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Ganó Brasil: el pueblo que se negó a quedarse en silencio

La victoria de Lula da Silva representa, para quien suscribe, un triunfo de la participación ciudadana y de las políticas sociales que abren oportunidades a los más necesitados. En esta columna, reivindico mi respaldo al mandatario y destacó el compromiso de convertir la confianza popular en educación, derechos y bienestar.

El 23 de octubre de 2026 escribí un artículo en apoyo a la candidatura de Luiz Inácio Lula da Silva y advertí que todavía nada estaba decidido. Ayer habló el pueblo brasileño. En su decisión veo la defensa de una convicción que comparto: los recursos del Estado deben servir, ante todo, para abrir oportunidades a quienes más las necesitan.

Hay días en que la política recupera su significado más profundo. Ocurre cuando una persona sale de su casa, espera un autobús, hace una fila y deposita un voto convencida de que su vida y la de sus hijos merecen ser tomadas en cuenta. El domingo 25 de octubre, millones de brasileños participaron en una jornada cuyo alcance rebasa la victoria de un candidato.

Ganó Lula. Y, desde la posición que he defendido abiertamente, ganó Brasil.

Cuando expresé mi respaldo a su candidatura el pasado 23 de octubre, lo hice por una idea del país que representa: un Brasil capaz de reconocer la deuda con quienes durante generaciones trabajaron sin recibir una parte justa de la riqueza que ayudaban a crear. También sostuve que nada estaba decidido. Una elección permanece abierta mientras el ciudadano conserve la posibilidad de cambiar su rumbo.

Ayer, esa posibilidad se convirtió en decisión.

La abstención descendió hasta alrededor del 19,2 %, su menor nivel en una segunda vuelta presidencial desde 2006. Los votos blancos y nulos sumaron aproximadamente el 3,24 %. Cerca de tres millones de electores más acudieron a las urnas respecto de la primera vuelta. Detrás de esos porcentajes hubo un movimiento ciudadano que merece ser observado con respeto.

Las cifras permiten medir la participación. Las motivaciones de cada votante pertenecen a su conciencia. Sería apresurado adjudicar todos esos nuevos sufragios a una sola candidatura. Pero el resultado permite afirmar algo esencial: la contienda siguió viva hasta el último momento y la participación tuvo un peso decisivo en su desenlace.

Lula llegó a la segunda vuelta después de quedar por detrás de Flávio Bolsonaro. Terminó imponiéndose por más de cuatro millones de votos. Quienes daban por agotadas sus posibilidades olvidaron que los pueblos también deliberan lejos de los estudios de televisión: en el trabajo, en la mesa familiar, en el transporte público y en la preocupación por lo que ocurrirá al día siguiente.

Allí se discute cuánto alcanza el salario. Allí se sabe cuánto cuesta alimentar a una familia. Allí se comprende lo que significa que un hijo pueda estudiar.

Mi lectura de esta victoria nace de esa realidad. En ella reconozco al Brasil que encontró en las políticas sociales una oportunidad para salir de la pobreza; al joven cuya familia pudo imaginar por primera vez una formación universitaria; a la madre que conoce la diferencia entre una ayuda pública oportuna y la angustia de no tener qué poner en la mesa.

Para esas personas, las decisiones del Estado tienen consecuencias concretas. Una beca puede cambiar una trayectoria familiar. Una plaza universitaria puede ampliar el horizonte de una comunidad. La protección del ingreso puede evitar que una dificultad económica se convierta en una condena de años.

Por eso defiendo que las políticas sociales lleguen prioritariamente a los más necesitados. Un país profundamente desigual tiene la obligación de actuar sobre las barreras que impiden a millones de personas desarrollar sus capacidades. El presupuesto expresa prioridades: revela qué sufrimientos se consideran urgentes y qué oportunidades se está dispuesto a construir.

El valor político de Lula, a mi juicio, está ligado a haber colocado esas vidas en el centro de la discusión nacional. Su vínculo con amplios sectores populares se alimenta de experiencias que las familias recuerdan y juzgan por sí mismas. Esa memoria merece tanto respeto como cualquier análisis económico o pronóstico electoral.

También merece respeto el ciudadano que votó por su adversario. La alegría por el triunfo exige madurez democrática. Brasil seguirá siendo un país diverso, con diferencias profundas y demandas que ningún resultado electoral puede borrar.

Ahora corresponde gobernar.

La victoria aumenta las responsabilidades de Lula. Tendrá que responder a quienes lo respaldaron y ofrecer garantías a quienes no lo hicieron. Deberá convertir la confianza recibida en mejoras verificables: oportunidades de empleo, educación accesible, servicios públicos dignos y protección frente a la pobreza. Sus votantes tienen derecho a celebrar y también a exigir.

Apoyar un proyecto político implica mantener la capacidad de reclamarle coherencia. La lealtad a los sectores populares se demuestra examinando lo que un gobierno hace con el mandato que recibió.

El domingo dejó, además, una enseñanza que trasciende las fronteras brasileñas. La participación puede modificar un escenario que parecía cerrado. Las encuestas describen momentos; las urnas recogen decisiones. Entre unas y otras transcurre la vida de una sociedad que escucha, discute, duda y finalmente elige.

El 23 de octubre  dije que todavía nada estaba decidido. Ayer, Brasil decidió.

Celebro esa decisión porque veo en ella una nueva oportunidad para profundizar la inclusión y defender derechos. Celebro al pueblo que acudió a votar con sus necesidades, sus recuerdos y sus esperanzas. Y espero que el Gobierno esté a la altura de esa confianza.

Ganó Lula. Ganó la participación. Ahora toca hacer que esa victoria se sienta en la vida cotidiana de quienes más esperan de ella.

Ganó Brasil. Ganó el progresismo. Ganó Latinoamérica. ¡Que viva Brasil!

 

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