Más allá de su apellido y de la vida pública, Carolina Mejía tiene una historia marcada por las enseñanzas familiares, la formación profesional, la maternidad y las pérdidas. Héctor Ramírez recorre esas experiencias en un perfil que busca acercar al lector a la mujer detrás de la figura política.
Hay personas cuya historia parece comenzar el día en que alcanzan una posición importante. De pronto, su nombre aparece en los periódicos, en la televisión y en las conversaciones de la gente. Pero detrás de esa figura pública hay una vida que comenzó mucho antes, con sueños, sacrificios, alegrías, tropiezos y experiencias que van formando el carácter.
Ese es el caso de Carolina Mejía.
Muchos la conocen como la hija del expresidente Hipólito Mejía, la alcaldesa del Distrito Nacional o la mujer que aspira a dirigir los destinos de la República Dominicana. Pero pocos se han detenido a conocer a Carolina, la mujer de carne y hueso, la que ha vivido experiencias que también forman parte de la historia de miles de familias dominicanas.
Carolina no nació en la pobreza, pero tampoco creció ajena a ella. Desde niña conoció las raíces humildes de su familia paterna en Gurabo, Santiago. Allí, su abuela había levantado a sus hijos criando cerdos y cultivando tabaco, trabajando cada día para llevar el sustento a su hogar. Aquellas visitas le permitieron conocer de cerca una realidad que no se aprende en los libros: la de quienes tienen que luchar diariamente para sobrevivir.
En su hogar tuvo dos grandes maestros. Hipólito, con su espontaneidad, sus raíces campesinas y su manera de relacionarse con la gente. Y Rosa Gómez, una mujer disciplinada, austera y profundamente comprometida con el servicio a los demás.
Doña Rosa le enseñó desde pequeña una de esas lecciones que nuestras madres y abuelas repetían con frecuencia: hay que arroparse hasta donde alcance la sábana.
Carolina recuerda que su madre le entregaba el dinero de la merienda en monedas para que aprendiera a administrarlo. Pero aquella enseñanza iba mucho más allá de saber cuánto podía gastar. Era una escuela de vida: aprender a vivir con lo que se tiene, no ambicionar lo ajeno, no dejarse deslumbrar por el dinero y comprender que la honestidad comienza por respetar lo que nos pertenece y lo que pertenece a los demás.
Y doña Rosa no enseñaba solamente con palabras. Durante alrededor de 25 años dedicó parte de su vida a alfabetizar y ayudar a personas necesitadas en Buenos Aires de Herrera. Lo hizo mucho antes de convertirse en primera dama.
Con su ejemplo enseñó que para servir no hay que ser rico ni ocupar un cargo importante. Que aun en medio de las limitaciones siempre podemos compartir algo con quienes tienen menos. Y que la verdadera vocación de servicio no comienza cuando se llega al poder, sino cuando se descubre que podemos hacer algo por los demás.
A los 17 años viajó a Montreal, Canadá, donde estudió tecnología de sistemas de oficina y francés como segunda lengua. Y a los 18 años ya impartía clases de francés en el Colegio Santo Domingo. Aquella jovencita que había salido a adquirir conocimientos encontró también la oportunidad de transmitirlos.
Después se graduó de licenciada en Economía en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, en 1991. Continuó ampliando su formación con estudios de Dirección de Marketing en BARNA y estrategia y ventaja competitiva en Harvard Business School.
Entre 1991 y 1993 fue encargada de Relaciones Comerciales con empresas telefónicas de Estados Unidos y Canadá en CODETEL. Posteriormente se incorporó a la empresa familiar R. H. Mejía y Co., dedicada a la comercialización de productos agrícolas, donde desempeñó funciones comerciales y administrativas.
Cuando Hipólito Mejía llegó a la Presidencia de la República en el año 2000, Carolina tenía 31 años. Ya era economista, había estudiado en el extranjero, trabajado en el sector privado, formado su propia familia y adquirido experiencia profesional.
Durante aquel gobierno desempeñó responsabilidades en el Consejo Asesor de la Presidencia, la Cancillería, las negociaciones comerciales con Estados Unidos y la Junta Monetaria del Banco Central. Experiencias que ampliaron sus conocimientos sobre el funcionamiento del Estado y las relaciones económicas internacionales.
Sin embargo, los estudios y las responsabilidades profesionales no son las únicas experiencias que forman a un ser humano. Hay otras que dejan huellas mucho más profundas, que no se enseñan en las universidades y para las cuales nadie puede prepararnos.
Carolina conoció el amor, formó un hogar junto a Juan Garrigó y vivió una de las ilusiones más hermosas de muchas mujeres: convertirse en madre.
Pero también conoció el dolor de perder un embarazo. Y no fue una sola vez. Fueron tres.
Tres ilusiones que se interrumpieron. Tres esperanzas que terminaron en lágrimas. Tres momentos en los que aquella mujer, como tantas madres dominicanas, tuvo que encontrar fuerzas para continuar.
Porque ante el dolor de perder un hijo que se espera, no hay apellido, posición económica ni privilegio que pueda evitar el sufrimiento.
Es fácil hablar de fortaleza cuando la vida nos sonríe. Lo difícil es demostrarla cuando los sueños se desvanecen, cuando las lágrimas sustituyen las alegrías y cuando hay que volver a levantarse después de haber caído.
En aquellos momentos difíciles, Carolina encontró fortaleza en su fe inquebrantable en Dios y en la Virgen María. Una fe acompañada del temor de Dios, que enseña a vivir con humildad, honestidad, respeto por la vida y amor al prójimo. Con esa fortaleza espiritual, como el ave Fénix, supo levantarse de las cenizas del sufrimiento y continuar adelante.
La maternidad siguió ocupando un lugar central en su vida. Junto a Juan formó una familia con sus tres hijos: Juan de Jesús, Diego José e Isabel Carolina.
Y cuando parecía que la vida ya le había enseñado bastante sobre las pérdidas, llegó otro golpe: la muerte de su madre, Rosa Gómez, en marzo de 2022.
Carolina perdió a la mujer que le había enseñado a administrar sus primeras monedas, a valorar la familia y a comprender que servir a los demás era una responsabilidad humana. Después de aquella pérdida, ella y sus familiares se organizaron para acompañar a Hipólito Mejía durante meses, procurando que no pasara solo las noches sin su compañera de toda una vida.
En ese gesto familiar volvía a manifestarse una de las enseñanzas de doña Rosa: estar presente cuando alguien nos necesita.
Carolina también es una mujer alegre, espontánea, conversadora, amante del baile y de las reuniones familiares. Conserva amistades desde la infancia y reconoce que tiene un carácter fuerte. No ha pretendido presentarse como una persona sin defectos ni temores.
«La política te puede empujar a ser una cosa que tú no eres».
Una frase que encierra una manera de entender el poder: no dejar que se suba a la cabeza, no sentirse superior ni menospreciar a nadie. Porque la cercanía no se fabrica con sonrisas ensayadas, ni el afecto se demuestra con abrazos de ocasión. La autenticidad consiste en seguir siendo la misma persona, con o sin poder, sin necesidad de fingir sentimientos ni cambiar el trato hacia los demás según su posición social.
De hecho, cuando Luis Abinader le propuso acompañarlo como candidata vicepresidencial en 2016, reconoció que sintió miedo. Sabía que aquella decisión cambiaría su vida y que su familia quedaría expuesta a las exigencias y dificultades de la política.
Aceptó el desafío. Participó en una contienda que no ganaron, pero continuó desarrollando su trayectoria política.
En 2018 asumió la secretaría general del Partido Revolucionario Moderno. En 2020 decidió competir por la Alcaldía del Distrito Nacional y obtuvo el 70.22 % de los votos, convirtiéndose en la primera mujer elegida para dirigir el Ayuntamiento de la capital.
Y aquí hay algo que no debe pasarse por alto: Carolina no llegó a la Alcaldía por un decreto, por una designación presidencial ni porque alguien le entregara el cargo. Tuvo que participar en una contienda electoral, presentar su candidatura y someterse a la decisión de los ciudadanos.
En 2024 volvió a competir y obtuvo la reelección.
Hoy, cuando Carolina Mejía expresa sus aspiraciones presidenciales, resulta importante conocer esa historia que precede a sus responsabilidades públicas.
La niña que conoció las raíces campesinas de su familia. La joven que estudió en Canadá y enseñaba francés a los 18 años. La economista que trabajaba cuando su padre todavía no era presidente. La esposa que formó su hogar. La madre que conoció la alegría de tener hijos y el sufrimiento de perder embarazos. La hija que tuvo que despedir a su madre.
Porque antes de conocer a una persona por el cargo que ocupa, vale la pena conocer el camino que ha recorrido para llegar hasta allí.
Y la historia de Carolina Mejía comenzó mucho antes de que su apellido volviera a ocupar los titulares nacionales.




