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Milei equipara socialismo y fascismo en la Cumbre Iberoamericana

El presidente argentino arremete contra las agendas progresistas europeas sin atacar personalmente a Pedro Sánchez, quien defiende el respeto y la cooperación entre gobiernos.

Redacción Londres | Umbral

La confrontación ideológica encontró espacio en una cumbre convocada para buscar consensos. El presidente argentino, Javier Milei, equiparó este jueves en Madrid el socialismo con el fascismo y cuestionó las agendas progresistas europeas, aunque evitó mencionar directamente al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, con quien mantiene notorios desencuentros.

La intervención tuvo lugar en el plenario de la XXX Cumbre Iberoamericana, celebrado en la Galería de las Colecciones Reales. Ante los mandatarios reunidos y el rey Felipe VI, Milei trasladó al escenario multilateral su defensa del libre mercado y sus críticas a la intervención estatal.

Un discurso contra el socialismo y las agendas progresistas

Invocando al escritor y diplomático español Salvador de Madariaga, el mandatario argentino afirmó que “el socialismo es fascista en política y el fascismo es socialista en economía”.

Javier Milei momentos en que saludaba al presidente del gobierno español, Pedro Sánchez

A partir de esa comparación, sostuvo que ambas doctrinas concentran las decisiones en una minoría y convierten la dependencia económica en un mecanismo de dominación política. También vinculó el intervencionismo, las nacionalizaciones y la regulación económica con prácticas de control y propaganda.

La equiparación fue planteada por Milei como argumento político de su discurso. Su intervención extendió esa crítica a las corrientes progresistas europeas, a las que presentó como continuadoras de las tendencias que cuestionaba.

Aunque no nombró a Sánchez, la referencia adquirió especial resonancia por los enfrentamientos anteriores entre ambos dirigentes. En esta ocasión, el presidente argentino mantuvo el tono de confrontación ideológica, pero prescindió de los ataques personales que habían marcado otros episodios de la relación.

Sánchez apela al respeto entre gobiernos

El discurso contrastó con el llamado inicial de Felipe VI a preservar la voluntad de entendimiento. El monarca había recurrido a una imagen musical para pedir a los participantes que se ciñeran a una partitura común, capaz de armonizar las diferencias políticas de la comunidad iberoamericana.

Sánchez no respondió a Milei durante su intervención de cierre del plenario. Posteriormente, al ser consultado en rueda de prensa, defendió que la responsabilidad de los presidentes consiste en unir, especialmente en los espacios multilaterales, y evitar la confrontación entre Estados y gobiernos.

“El insulto no forma parte de mi forma de hacer política”, señaló el jefe del Ejecutivo español, quien reivindicó el respeto como condición primordial incluso cuando existen diferencias de ideas.

Los demás mandatarios tampoco abrieron una controversia directa con el presidente argentino. El intercambio se mantuvo dentro de los cauces diplomáticos, mientras las intervenciones buscaron destacar posibilidades de cooperación entre gobiernos de distintas orientaciones.

Una visita marcada por la distancia diplomática

La participación de Milei estuvo precedida por gestos que habían elevado la atención sobre su encuentro con las autoridades españolas. El mandatario no asistió a la ceremonia inaugural ni a la cena de gala en el Palacio Real y optó por reunirse con Santiago Abascal, líder de Vox.

Ya en la cumbre, leyó una intervención preparada y abandonó el encuentro antes del almuerzo a puerta cerrada reservado a los mandatarios, un espacio concebido para conversaciones más directas.

Pese a la dureza de sus planteamientos, Milei agradeció a Felipe VI su perseverancia para mantener un foro en el que países con diferencias políticas pueden trabajar juntos. Ese reconocimiento convivió con un discurso que puso de manifiesto las distancias ideológicas presentes en la reunión.

La jornada dejó así dos acentos: el del presidente argentino, centrado en la disputa doctrinal, y el de los anfitriones, empeñados en defender el diálogo. La ausencia de una confrontación personal permitió que esas diferencias no desembocaran en una ruptura del intercambio diplomático.