Ayer, como director de Umbral, respaldé el llamado del editorial de The New York Times a votar contra la política de Donald Trump. Hoy recibo la respuesta de las urnas con un regocijo que no necesito disimular. Hay jornadas en las que uno vuelve a respirar con mayor confianza en la capacidad de los pueblos para hacerse escuchar. Esta es una de ellas.
Felicito a los ciudadanos estadounidenses que acudieron a votar para ponerle un límite a una administración cuya arrogancia ha desbordado las fronteras de su país. A quienes se negaron a aceptar que el insulto fuera un argumento, que la crueldad acreditara firmeza y que la voluntad de un presidente pudiera colocarse por encima de las instituciones. A quienes comprendieron que también se defiende la dignidad haciendo una fila, entrando en una cabina y depositando una papeleta.
La recuperación demócrata de la Cámara de Representantes y del Senado constituye un golpe político de gran alcance para Trump. El presidente conserva la Casa Blanca, pero los electores han decidido retirarle la mayoría parlamentaria que sostenía su agenda. Esa decisión abre una nueva etapa de contrapesos y fiscalización.
Y eso merece celebrarse.
Durante demasiado tiempo, el mundo ha tenido que vivir pendiente de los arrebatos de un hombre que parece confundir la presidencia con una propiedad privada. Cada amenaza, cada descalificación y cada gesto de desprecio hacia los demás ha ido alimentando una manera de ejercer el poder que encuentro profundamente peligrosa. Gobernar exige reconocer que existen derechos que no dependen del humor del gobernante y personas cuya dignidad no puede someterse a sus conveniencias electorales.
Por eso ayer tomé posición. Lo hice con la responsabilidad de quien dirige un medio de comunicación y sabe que sus palabras deben poder sostenerse también al día siguiente. Consideré necesario acompañar una advertencia frente al deterioro de la convivencia democrática. Hoy mantengo aquella posición con la misma claridad.
Un periódico tiene el deber de verificar los hechos, escuchar y rectificar cuando se equivoca. También tiene el derecho de expresar, en sus páginas de opinión, qué valores defiende y ante qué peligros considera necesario levantar la voz. En Umbral defendemos una sociedad en la que ningún ser humano tenga que pedir permiso para existir con dignidad. Desde esa convicción juzgo la política de Trump y desde ella celebro el voto que la ha castigado.
Pienso especialmente en quienes han vivido estos años sintiéndose señalados. En los inmigrantes que trabajan, pagan impuestos y sostienen comunidades enteras mientras escuchan discursos que los presentan como una amenaza. En las familias que intentan construir un porvenir y encuentran su origen convertido en sospecha. Para ellas, una elección puede tener una dimensión íntima: la posibilidad de mirar el mañana con algo menos de miedo.
El descontento también se expresó desde la mesa familiar. El costo de la vida estuvo entre las principales preocupaciones de los votantes, según los sondeos a pie de urna. Hay una realidad doméstica que termina atravesando cualquier propaganda: la compra que alcanza menos, la factura que obliga a posponer otra necesidad, el salario que se agota antes de terminar el mes.
Ninguna retórica de grandeza resuelve por sí sola esas angustias. Quien gobierna debe responder por la vida concreta de la gente. Cuando el poder pierde esa noción, el voto puede devolvérsela con una contundencia que ningún aplauso de sus seguidores consigue borrar.
Mi felicitación lleva también una exigencia para quienes han recibido esta victoria. Los demócratas tendrán que estar a la altura de la confianza depositada en ellos. Deberán fiscalizar, defender derechos y ofrecer respuestas a las preocupaciones que llevaron a millones de ciudadanos a las urnas. La alegría de esta jornada se malograría si terminara convertida en acomodo, cálculo electoral o reparto de posiciones.
Desde mis convicciones de izquierda, seguiré juzgando sus actos con independencia. La derrota política de Trump abre posibilidades; aprovecharlas requerirá organización, valentía y una voluntad sostenida de servir a quienes viven de su trabajo. Los ciudadanos han hecho su parte. Ahora corresponde a sus representantes demostrar que entendieron el mandato.
Hoy, sin embargo, quiero detenerme en el valor de ese gesto ciudadano. En la persona que venció el desaliento y salió de su casa para votar. En quien pudo haber pensado que nada cambiaría y decidió intentarlo. En quienes siguieron organizándose cuando la estridencia del poder parecía ocuparlo todo.
A ese pueblo estadounidense, diverso, contradictorio y capaz de corregir el rumbo, le expreso mi reconocimiento.
Ayer respaldé un llamado a frenar a Trump. Hoy celebro a quienes hicieron de esa voluntad un resultado político.
Las urnas han hablado. Ojalá quienes recibieron su mandato sepan escuchar con la misma seriedad con que el pueblo acaba de pronunciarlas.




