La tierra que defendía era sustento, memoria y dignidad. El 1 de noviembre de 1974, el asesinato de Mamá Tingó convirtió la lucha campesina de Hato Viejo en una herida de la historia dominicana. Cincuenta y dos años después, su ejemplo exige llegar a las nuevas generaciones: la democracia, todavía imperfecta, también se ha cimentado en la resistencia de quienes enfrentaron el despojo y pagaron con su vida el derecho a reclamar justicia.
Por Julio Guzmán Acosta | Umbral
Cincuenta y dos años después de su asesinato, Mamá Tingó sigue interpelando a la República Dominicana. Su defensa de las familias campesinas de Hato Viejo recuerda que la democracia, todavía imperfecta, tiene entre sus raíces las luchas de quienes reclamaron tierra, justicia y dignidad frente al abuso de poder.
Para Florinda Soriano Muñoz, conocida por el pueblo como Mamá Tingó, la tierra era sustento, trabajo y pertenencia. En ella descansaba la posibilidad de alimentar a una familia y permanecer en la comunidad donde transcurría la vida. Defenderla significaba defender un lugar en el mundo.
El 1 de noviembre de 1974 fue asesinada en Hato Viejo, Yamasá, en medio de un conflicto agrario que la había convertido en una de las voces de la resistencia campesina dominicana. Su muerte quedó asociada a la defensa de quienes se enfrentaban al despojo de los terrenos que cultivaban.
Recordarla hoy exige reconstruir los acontecimientos y preguntarnos qué estamos haciendo para que los jóvenes conozcan esa historia. Porque una sociedad puede repetir el nombre de sus mártires y, al mismo tiempo, olvidar las razones por las que lucharon.
Una disputa por la tierra y el derecho a permanecer
A principios de 1974, el terrateniente Pablo Díaz Hernández reclamó terrenos ocupados y trabajados durante más de medio siglo por familias campesinas de Hato Viejo. Alegaba haberlos comprado. Los agricultores defendían su permanencia en aquellas parcelas, de las que dependía su subsistencia.
Mamá Tingó, integrante de la Federación de Ligas Agrarias Cristianas —FEDELAC—, asumió un papel destacado en las movilizaciones. Su liderazgo expresaba una reivindicación colectiva: que las familias del campo fueran escuchadas y que su trabajo y sus derechos recibieran protección.
La reseña de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias recoge que Díaz Hernández cercó con alambre de púas más de ocho mil tareas y que tractores destruyeron las cosechas campesinas. Detrás de esos hechos había alimentos perdidos, jornadas de trabajo arrasadas y hogares amenazados por la incertidumbre.
El conflicto revelaba una desigualdad profunda: mientras una parte podía imponer alambradas y disponer de maquinaria, las familias campesinas dependían de su organización y de la posibilidad de encontrar amparo en la justicia.
El día del asesinato
El primero de noviembre, los campesinos acudieron al tribunal de Monte Plata, donde se conocería el conflicto. La audiencia fue aplazada por la ausencia de Díaz Hernández, según la reconstrucción histórica difundida por la Junta Distrital El Belloso.
Al regresar, Mamá Tingó recibió la información de que habían soltado los cerdos que criaba. Según la versión de sus familiares recogida en esa reconstrucción, Ernesto Díaz, conocido como Durín y capataz del terrateniente, permanecía escondido y le disparó cuando fue a amarrar los animales.
Las reseñas consultadas describen que la dirigente intentó defenderse con un machete y recibió disparos en la cabeza y el pecho. Su vida terminó en el mismo entorno rural cuya defensa había asumido.
El recorte periodístico que acompaña este reportaje, fechado el martes 5 de noviembre de 1974, permite acercarse a la conmoción de aquellos días. Además del relato del enfrentamiento, su subtítulo advertía sobre amenazas contra un hijo de la dirigente.

Esa página conserva el lenguaje y las preocupaciones de una noticia todavía reciente. Leída hoy, recuerda que detrás del símbolo hubo una mujer concreta, una familia golpeada y una comunidad enfrentada al miedo.
Una raíz popular de la democracia
El crimen ocurrió durante el período de los Doce Años de Joaquín Balaguer. La trayectoria de Mamá Tingó pertenece a la historia de las resistencias populares que reclamaron espacio, derechos y reconocimiento en una sociedad atravesada por relaciones autoritarias.
Su lucha permite comprender una dimensión esencial de la democracia: la capacidad de una persona humilde para organizarse, reclamar ante los tribunales
y defender su sustento sin que hacerlo le cueste la vida.
Desde esa perspectiva, Mamá Tingó forma parte de los cimientos sociales y morales de la democracia dominicana. Su aporte debe entenderse junto al de tantas mujeres y hombres cuyas luchas ampliaron la conciencia sobre la dignidad humana y los límites que deben imponerse al poder.
La República Dominicana de hoy conserva una democracia imperfecta. Evaluar su calidad exige mirar también hacia el campo, hacia el acceso a la justicia y hacia las condiciones en que viven quienes producen los alimentos. La igualdad proclamada por las instituciones necesita hacerse efectiva en la vida cotidiana.

Que los jóvenes conozcan a la mujer detrás del nombr
Para las nuevas generaciones, conocer a Mamá Tingó significa descubrir que la historia nacional también fue construida por campesinas capaces de convertirse en dirigentes y de asumir riesgos en defensa de su comunidad.
Su vida ayuda a entender que los derechos requieren organización, participación y vigilancia. También permite reconocer el protagonismo de las mujeres rurales, con demasiada frecuencia relegadas en los relatos sobre las grandes transformaciones del país.
En 2021, el Ministerio de la Mujer presentó el libro Mamá Tingó: la resistencia campesina, de la periodista Margarita Cordero. La iniciativa destacó la necesidad de recuperar la memoria de las mujeres y de estudiar su participación en los movimientos sociales.
Ese esfuerzo debe encontrar continuidad en las escuelas, las universidades, los medios de comunicación y las organizaciones comunitarias. Los documentos de época, los testimonios y las investigaciones permiten acercar a los jóvenes a una historia que les pertenece, aunque haya ocurrido mucho antes de su nacimiento.
Conviene que sepan quién fue Florinda Soriano Muñoz, qué defendía y por qué su asesinato sigue siendo una herida de la memoria nacional.
Una deuda que se mide en derechos
Hato Viejo fue elevado en 2010 a distrito municipal con el nombre de Mamá Tingó, mediante la Ley 47-10. El reconocimiento inscribió su memoria en el territorio vinculado a su lucha.
Pero el homenaje adquiere mayor sentido cuando inspira compromisos concretos: proteger a quienes reclaman sus derechos, garantizar una justicia accesible y reconocer el valor del trabajo campesino.
A cincuenta y dos años de aquel primero de noviembre, recordar a Mamá Tingó es asumir una responsabilidad con el presente. La democracia que hoy vivimos tiene deudas con quienes resistieron el abuso cuando hacerlo podía conducir a la muerte.
Que las nuevas generaciones conozcan su historia es parte de esa responsabilidad. En la tierra que defendió y en la dignidad que sostuvo hay una enseñanza que el país necesita conservar: ningún poder debe estar por encima del derecho de una persona a vivir, trabajar y reclamar justicia.




