La selección española, irreconocible, sin fútbol, sin ideas y sin recursos, fue incapaz de doblegar a un animoso conjunto caboverdiano que protagonizó el primer milagro del Mundial de Atlanta. De la Fuente perdió el reloj, Lamine Yamal y Nico Williams llegaron tarde, y el sueño del favorito se estrelló contra los guantes de un portero de 40 años.
Por Redacción de Deportes
Atlanta. De repente, un desastre. Una España desconocida, sin brújula ni gol, mordió el polvo de la mediocridad en su debut mundialista. Cabo Verde, un puñado de voluntad vestido de equipo, le arrancó un empate que sabe a hazaña y dejó a la Roja en carne viva. Fue como si un amigo del polideportivo hubiera plantado cara al mejor Rafa Nadal. Fue, en esencia, el primer gran chasco de un torneo que ya es un laberinto donde la fiabilidad se pierde antes de empezar.
Se esperaba con expectación el estreno de España, señalada como favorita para la conquista del Mundial. Pero el equipo saltó al césped agarrotado, impreciso, cada jugador una versión peor de sí mismo. El problema de entrar en la cancha con una supuesta goleada a favor es que Cabo Verde, sin balón, era una trampa; con el esférico, mostraba las maneras de aquel Curazao al que Alemania le quitó el envoltorio. Los estrenos de España en los Mundiales han construido una estantería de recuerdos diversos —atraco a la samba armada, Hondurazo, insolación, ensayo de motín—, pero este empate sin goles añade un estante nuevo: el de la impotencia.
El dibujo del partido fue el de un equipo sin brújula. De la Fuente perdió el reloj a la hora de hacer los cambios. Había apostado por Gavi de inicio, confiado en que de ese fuego surgiera más producción que del toque de Baena. A los cinco minutos ya se añoraban los culebreos de Lamine Yamal y Nico Williams, poseedores del regate con el que desarticular cualquier sistema de emboscadas. Incluso se echaba de menos el turbo de Víctor Muñoz. Pero De la Fuente reservó sus balas para el tramo final, cuando el ruido del estadio pedía a gritos una chispa, y encontró apenas veinte minutos de regates sueltos y poca más verdad.
Cuando España se quitó las legañas, se topó con Vozinha. Un portero de 40 años, madre de los postes, cómplice del larguero en un remate de Ferran Torres que debía haber sido gol o gol. Cabo Verde, mientras tanto, necesitaba el descanso para respirar, y España para ser España. Pero la segunda parte no mejoró la piel española. Al final, el equipo terminó añorando a un Santillana o un Fernando Llorente, alguien capaz de subir a un segundo piso en busca de un balón aéreo. En lugar de eso, se enredó en melés y centros sin picante, mientras De la Fuente dejaba en el banco a Borja Iglesias y Cabo Verde empezaba una colecta para sus héroes.
Cabo Verde remató el desastre con algún susto a Unai Simón. Si fue para disimular, que sea bienvenido el chasco. El Mundial no se gana en un día, y la decepción colosal que supuso el debut se arreglará en las tripas del vestuario. Es pronto para perder la ilusión. Pero España había ganado el Mundial antes de tiempo, y Atlanta le recordó una vieja lección: en este laberinto, nadie regala nada. Toca aprender. Toca, sobre todo, ser España.