El extremo del Bayern se reinventó como mediapunta y desatascó el partido metálico ante Senegal con una asistencia de alta escuela para que Mbappé hiciera historia; el 10 iguala a Gerd Müller y acecha a Klose.
Por César Dalmasi Guzmán
Nueva York. No hubo fuegos de artificio en el primer tiempo, sino un partido de pólvora mojada. Francia dominaba la posesión, pero Senegal, como un resorte africano, aguardaba para partir al contraataque. Los choques eran duros, el espacio, un lujo y el balón, un objeto incómodo que se perdía en la maleza de piernas.
Deschamps lo sabía. Con una delantera de tronío—Olise a la derecha, Dembélé como falso 10, Doué a la zurda y Mbappé como punta—el técnico francés había puesto toda la carne en el asador. Pero la materia prima no carburaba. Dembélé fallaba pases fáciles, Mbappé no domaba el esférico y Olise, el talento natural del Bayern, se desdibujaba en la banda. Senegal, por su parte, ya había avisado con un disparo de Jackson que se estrelló en el poste tras un regate de bicicleta a Upamecano.
Entonces llegó la genialidad del banquillo. Deschamps movió el tablero: Dembélé a la derecha y Olise al centro. El partido se rompió. Ya no era un duelo de fuerzas, sino de ingenio.

El extremo del Bayern, con una visión de campo propia de los elegidos, empezó a orquestar el caos. Primero, filtró un pase entre un bosque de piernas que Mbappé no alcanzó por centímetros. Después, ya pasada la hora de juego, trazó un pase caído a la derecha, un arco raso de dentro hacia afuera, que Mbappé cruzó ante la salida de Mendy. 1-0. Un gol de alta escuela que, además, tenía sabor a récord: el 14º tanto de Mbappé en mundiales, superando a Fontaine (13) e igualando a Gerd Müller.
Senegal se descompuso. Barcola, recién ingresado, picó con suavidad el balón para hacer el 2-0 tras un robo de Rabiot. La sentencia parecía firme, pero los africanos apretaron. Mbaye recortó distancias con un remate que puso el 2-1 y encendió la incertidumbre.
Pero Francia tiene a un killer. Cuando el miedo acechaba, Mbappé sacó el cañón. Un latigazo lejano, seco, que se coló en la portería de Mendy para cerrar el 3-1 definitivo. Con este doblete, el delantero del Real Madrid ya suma 14 dianas, iguala a Torpedo Müller y se sitúa a solo una de Ronaldo Nazário y a dos de Miroslav Klose.
La noche, sin embargo, tuvo un nombre propio: Michael Olise. El extremo que se reinventó por dentro, que le dio la pausa y la velocidad justa a un equipo que a veces juega más con la fuerza que con la cabeza. Francia ganó, pero descubrió que su mejor versión quizás no es la de los extremos puros, sino la de los talentos que saben ocupar el centro.