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La UASD que elegimos: El 17 de junio no es un trámite, es una decisión sobre el futuro

«La autonomía universitaria no es un privilegio, es la condición que hace posible que la universidad piense, critique y sirva sin tutelas»

I. Introducción

El 17 de junio de 2026, la comunidad de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) acudirá a las urnas para elegir a su Rector y a sus cuatro Vicerrectores. Para muchos, será un día más en el calendario institucional: votos, urnas, resultados, juramentación. Pero reducir esta elección a un trámite administrativo es no entender lo que está en juego.

La UASD de hoy no es la misma que conquistó su autonomía en 1961 ni la que se transformó con el Movimiento Renovador en 1966. Es una universidad masificada, territorialmente extendida, financieramente asfixiada y, al mismo tiempo, la institución que sigue siendo la principal puerta de acceso a la educación superior para los sectores populares del país. La pregunta que esta elección debe responder no es solo quién dirigirá la universidad durante los próximos cuatro años, sino qué modelo de universidad queremos sostener, y si el modelo heredado del Movimiento Renovador, sesenta años después, sigue respondiendo a las necesidades de la Primada de América.

Esa es la tesis de este artículo: la UASD que fuimos nos dio un modelo de universidad democrática y popular; la UASD que tenemos enfrenta ese modelo con una realidad que lo desborda; y la UASD que elegimos el 17 de junio definirá si esa brecha se cierra o se profundiza.

II. La UASD que fuimos

La Universidad Autónoma de Santo Domingo es la institución de educación superior más antigua del Nuevo Mundo, fundada en 1538. Pero la UASD que conocemos hoy, autónoma, cogobernada, abierta, es producto de un proceso mucho más reciente: la conquista de la autonomía universitaria mediante la Ley No. 5778, promulgada el 31 de diciembre de 1961 por el entonces presidente Joaquín Balaguer, apenas días después de la caída de la dictadura de Trujillo. Esa ley estableció no solo la autonomía jurídica de la institución, sino también el fuero universitario, la protección del recinto frente a la intervención de la fuerza pública.

Pero ese fuero sufrió un golpe en 1964. El gobierno de facto del Triunvirato, tomando como pretexto la explosión de un polvorín del Campamento Militar 27 de Febrero, promulgó el Decreto-Ley No. 292 del 12 de junio de 1964, que derogó el párrafo único del Artículo 2 de la Ley 5778, es decir, la disposición que establecía el fuero. Sorprendentemente, ese Decreto-Ley sigue vigente como norma hasta hoy. El actual Estatuto Orgánico de la UASD no hace referencia específica a lo que se entiende por fuero; simplemente, en su Artículo 38, señala que entre las atribuciones del Rector está el llamar en auxilio la fuerza pública en caso de que la seguridad personal de los universitarios y los bienes de la institución se encuentren en peligro. Es decir, la UASD no posee fuero universitario desde hace sesenta y dos años, aunque algunos aún lo reclamen como si existiera.

La autonomía formal, sin embargo, no se tradujo de inmediato en una universidad democrática. Esa transformación llegó con el Movimiento Renovador Universitario, un proceso que nació al calor de la Revolución de Abril de 1965. El 21 de septiembre de ese año, una asamblea masiva de profesores y estudiantes eligió al ingeniero Andrés María Aybar Nicolás como rector provisional, dando paso a un Consejo Universitario Provisional encargado de refundar la institución. Cinco meses después, el 28 de febrero de 1966, el doctor Julio César Castaños Espaillat fue elegido como el primer rector del nuevo modelo, el modelo que instituyó el cogobierno universitario, abrió las puertas de la academia a las clases trabajadoras y campesinas, y convirtió a la UASD en el principal motor de movilidad social del país.

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Esa victoria tuvo un costo de sangre. El 9 de febrero de 1966, cuatro estudiantes fueron asesinados, Antonio Santos Méndez, Miguel Tolentino, Luis Jiménez Mella y Amelia Ricart Calventi, y cuarenta resultaron heridos en una movilización frente al Palacio Nacional exigiendo el reconocimiento de las nuevas autoridades universitarias. El Movimiento Renovador no fue una reforma de escritorio: fue una conquista pagada con vidas jóvenes.

Desde Castaños Espaillat hasta el actual rector, Editrudis Beltrán Crisóstomo, veinte rectores han ocupado la Rectoría bajo el modelo nacido en 1966, más Andrés María Aybar Nicolás como rector interino previo a esa fecha. El 17 de junio de 2026 se elegirá al vigésimo primer rector de esa larga línea.

El proceso mismo de esa elección es también herencia del Movimiento Renovador, aunque ha sido modificado con el tiempo. El Estatuto Orgánico, redactado originalmente en 1966 y reformado en cinco ocasiones, establece que el Rector se elige en el Claustro Mayor, la máxima autoridad de la Universidad, mediante votación directa, personal y secreta en urnas distribuidas por Facultades, Recintos, Centros y Subcentros. Cuando el Claustro Mayor se reúne para elegir autoridades, su composición está integrada por el personal académico en servicio activo a partir de la categoría de Adscrito, los profesores meritísimos (activos o jubilados), los profesores ayudantes con más de dos años en servicio activo en una proporción igual al 2% del total de los profesores, los delegados estudiantiles en una proporción igual al 5% del total de los profesores, y los representantes del personal administrativo en una proporción igual al 1% del total de los profesores (Art. 26, Párrafo II del Estatuto Orgánico). Para que la elección sea válida debe participar al menos el 60% de los miembros inscritos, y el triunfo se decide por mayoría absoluta; si ningún candidato la alcanza, los dos más votados van a una segunda vuelta.

La duración del mandato también ha cambiado con el tiempo: de 1966 a 1978 fue de dos años; de 1978 a 2014, de tres años; y desde 2014, de cuatro años, sin posibilidad de reelección inmediata. Estos ajustes sucesivos muestran que el modelo del Movimiento Renovador nunca fue estático, y que, sesenta años después, sigue siendo objeto de reforma.

III. La UASD que tenemos

Si el Movimiento Renovador soñó con una universidad masiva y popular, ese sueño se cumplió, quizás más allá de lo que sus arquitectos imaginaron. Hoy la UASD tiene una matrícula de 153,629 estudiantes inscritos en la Sede Central, recintos, centros y subcentros, cifra que no incluye los estudiantes de postgrado, con una participación femenina que supera el 70%.

Pero esa matrícula es también el reflejo de una herida que no ha cicatrizado del todo. Antes de la pandemia del COVID-19, la UASD mantenía una matrícula de alrededor de 225,000 estudiantes. La crisis sanitaria la redujo a 176,000, y aunque ha habido recuperación, los 153,629 actuales muestran que la institución no ha logrado revertir completamente la caída. Mientras tanto, las universidades privadas del país han continuado creciendo, y por primera vez la matrícula del sector privado supera a la de la UASD. La Primada de América, que durante siglos fue sinónimo de educación superior en República Dominicana, ya no es la universidad con más estudiantes del país.

Esa masificación se sostiene sobre una estructura que se ha expandido de manera constante: la UASD opera hoy con la Sede Central, 4 recintos, 17 centros regionales y 16 subcentros distribuidos por todo el territorio nacional, habiendo abierto nuevas instalaciones en los últimos años en localidades como Cotuí, Neyba, Azua, Baní, Constanza, Santo Domingo Este, Yamasá y Santo Domingo Norte. Detrás de esa estructura trabajan más de 3,300 profesores y más de 5,000 empleados administrativos.

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Pero esa expansión choca con una realidad presupuestaria que no ha crecido al mismo ritmo. El presupuesto aprobado para 2026, según la Ley N.º 99-25 de Presupuesto General del Estado promulgada el 17 de diciembre de 2025, asciende a 16,411.4 millones, de los cuales la mayor parte se destina a remuneraciones y contribuciones del personal. Sin embargo, la UASD formuló un presupuesto de necesidades de 28,983.6 millones para el mismo año, lo que deja un déficit presupuestario que supera los 12,500 millones, casi el 80% de lo que recibe. Es decir, la universidad opera con poco más de la mitad de lo que necesita.

El diagnóstico, entonces, es claro: la UASD que tenemos es una universidad que cumplió la promesa de masificación del Movimiento Renovador, pero que arrastra esa masificación sobre una base financiera que no ha sido resuelta. Es una universidad que creció en territorio y en matrícula sin que el modelo de financiamiento, nacido también en los años sesenta, se haya actualizado al mismo ritmo. Esa es, precisamente, la tensión que la elección del 17 de junio no puede seguir postergando.

IV. La UASD que elegimos

El 17 de junio no eligamos solo personas: elijamos compromisos. Y no solo se elegirá al Rector y a los cuatro Vicerrectores. En total, 121 puestos electivos estarán en juego: un decano y un vicedecano por cada una de las nueve facultades, un director por cada una de las 52 escuelas, un director general y dos subdirectores por cada uno de los cuatro recintos, y un director y un subdirector por cada uno de los 17 centros. Es decir, se renueva toda una estructura de gobierno que definirá la vida académica y administrativa de la universidad durante los próximos cuatro años.

Más allá de los nombres que aparezcan en las boletas, la comunidad universitaria, profesores, estudiantes y empleados que integran el Claustro Mayor, tiene derecho a exigir respuestas concretas a quienes aspiran a dirigir la institución. Estas son algunas de las preguntas que no deberían quedar sin respuesta:

Primero, sobre el déficit presupuestario: ¿con qué plan concreto se cerrará la brecha entre los 16,411 millones que recibe la institución y los casi 29,000 millones que necesita para operar con dignidad, y qué fuentes de financiamiento adicionales, más allá del subsidio estatal, se explorarán de manera responsable?

Segundo, sobre la masificación y la caída de matrícula: ¿cómo se sostendrá la calidad académica frente a una matrícula de más de 153,000 estudiantes, sin que «calidad» se convierta en una palabra hueca frente a aulas saturadas y profesores sobrecargados? ¿Y qué se hará para recuperar a los estudiantes perdidos durante la pandemia y competir con las universidades privadas que hoy superan en número a la UASD?

Tercero, sobre la expansión territorial: ¿se consolidará la red actual de recintos, centros y subcentros antes de seguir abriendo nuevas instalaciones, o se continuará una política de expansión que, sin los recursos adecuados, termina debilitando a todos los campus por igual?

Cuarto, sobre el modelo heredado del Movimiento Renovador: sesenta años después de 1966, ¿qué aspectos de ese modelo merecen ser defendidos como conquistas irrenunciables, y cuáles requieren una revisión seria, no para abandonar su espíritu democrático y popular, sino para que ese espíritu siga siendo viable en el siglo XXI?

Y quinto, sobre la transparencia: ¿se compromete la nueva gestión a hacer pública, de manera periódica y accesible, la ejecución presupuestaria y los indicadores de gestión, de modo que la rendición de cuentas no dependa de la buena voluntad de cada administración sino de un mecanismo institucionalizado?

Estas no son preguntas técnicas para especialistas. Son las preguntas que cualquier integrante de la comunidad universitaria, profesor, estudiante o empleado, debería poder hacerle a quienes piden su voto. Y son, sobre todo, los compromisos que deberían poder exigirse después del 17 de junio, no solo antes.

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V. Conclusión

La UASD que fuimos nos legó una universidad autónoma, democrática y popular. La UASD que tenemos es la prueba viviente de que esa promesa se cumplió, y también de que, sesenta años después, necesita ser actualizada para seguir siendo sostenible. La UASD que elijamos el 17 de junio no será solo el resultado de un proceso electoral interno: será la señal de si esta institución, la más antigua del Nuevo Mundo, sigue siendo capaz de renovarse a sí misma como lo hizo en 1966.

La autonomía que se conquistó hace más de sesenta años no fue un punto de llegada. Fue, y sigue siendo, una responsabilidad que se renueva con cada elección.

Nota sobre las fuentes:

Las cifras presupuestarias provienen del Plan Operativo Anual 2026 de la UASD y de la Ley N.º 99-25 de Presupuesto General del Estado, promulgada el 17 de diciembre de 2025. Los datos históricos sobre el Movimiento Renovador y los rectores desde 1966 fueron verificados en múltiples fuentes periodísticas e institucionales. La información sobre el Decreto-Ley No. 292 fue confirmada mediante artículos de Jesús de la Rosa publicados en el diario Hoy. Las cifras de matrícula pre y post pandemia fueron proporcionadas por el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (Mescyt). La composición del Claustro Mayor se extrajo del Artículo 26, Párrafo II del Estatuto Orgánico de la UASD vigente. El dato sobre las universidades privadas superando en matrícula a la UASD proviene de declaraciones del ministro Franklin García Fermín en marzo de 2021.

Agradecimiento:

Agradezco al amigo y camarada Roberto Antonio Reyna Tejada, académico, investigador y exrector de la UASD (2005-2008), cuyas atinadas sugerencias enriquecieron este texto.

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