La reorganización que Pete Hegseth ha venido aplicando mediante destituciones, retiros anticipados y bloqueo de promociones entra ahora en una etapa estructural: el Pentágono pretende eliminar o rebajar una quinta parte de las plazas destinadas a generales y almirantes antes del 1 de enero de 2027, en una reforma que reaviva el debate sobre burocracia, eficacia militar y estabilidad del alto mando estadounidense.
Por Julio Guzmán Acosta
WASHINGTON.– El Pentágono se prepara para una nueva poda en sus alturas. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, prevé reducir en un 20 % los puestos reservados a generales y almirantes, una decisión que profundiza la transformación de la estructura militar impulsada desde su llegada al cargo y que vuelve a colocar bajo escrutinio la conducción de las Fuerzas Armadas estadounidenses.
El proyecto duplica el recorte mínimo del 10 % planteado anteriormente y se extenderá a los rangos de una a cuatro estrellas de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas y de los mandos conjuntos.
Según funcionarios estadounidenses citados por Reuters, Hegseth presentará la iniciativa como parte de su propósito de adelgazar una estructura que considera excesivamente burocrática y devolver recursos y capacidad de decisión hacia las unidades operativas.
No implica despedir al 20 % de los generales
La magnitud del porcentaje puede inducir a una lectura equivocada.
El plan no supone que uno de cada cinco generales y almirantes en servicio vaya a recibir inmediatamente una orden de retiro. La reducción se concentra en los puestos militares —conocidos como billets— que actualmente exigen ser ocupados por oficiales generales o almirantes.
Algunas de esas plazas desaparecerán. Otras serán reclasificadas para que puedan desempeñarlas oficiales de menor rango, como coroneles del Ejército, la Fuerza Aérea o los Marines, o capitanes de la Armada.
Associated Press sitúa en alrededor de 800 las posiciones de generales y oficiales de bandera sujetas al proceso general de revisión y señala que el objetivo es completar la reducción para el 1 de enero de 2027.
La diferencia es sustancial: no se trata únicamente de cambiar nombres en los despachos, sino de modificar la arquitectura de mando de la principal potencia militar del mundo.

De las destituciones a una reforma estructural
Hasta ahora, la transformación de Hegseth había tenido rostros concretos.
Desde su llegada al Departamento de Defensa, más de una veintena de altos oficiales han sido destituidos o empujados hacia el retiro, según los recuentos de medios estadounidenses. A ello se han sumado promociones bloqueadas y cambios en diferentes niveles de la conducción militar.
Pero la decisión anunciada ahora tiene otra dimensión.
Lo que anteriormente parecía una sucesión de relevos individuales comienza a adquirir los contornos de una política permanente: menos generales, menos almirantes y una cadena de mando más reducida.
Hegseth sostiene que una organización con menos capas superiores puede adoptar decisiones con mayor rapidez, disminuir estructuras duplicadas y concentrarse en lo que denomina la misión esencial de las Fuerzas Armadas: prepararse para combatir y ganar guerras.
Para sus críticos, la pregunta es otra: cuánto puede podarse un árbol antes de comenzar a afectar sus ramas esenciales.
La sombra de Dan Driscoll
La reforma adquiere especial significado después de la renuncia del entonces secretario del Ejército, Dan Driscoll, ocurrida a comienzos de septiembre.
Driscoll abandonó el cargo después de 18 meses y nunca ofreció públicamente una causa específica para su decisión. Associated Press confirmó entonces que su mensaje de despedida no explicaba las razones de la salida, aunque las tensiones con Hegseth habían sido ampliamente documentadas.
Medios estadounidenses señalaron que dos de los principales elementos de fricción fueron las interferencias en los proyectos de modernización del Ejército y las continuas destituciones de generales vinculados a esos programas.
Axios informó que Driscoll consideraba que sus iniciativas para transformar el Ejército estaban siendo obstaculizadas y que el relevo de altos oficiales estaba generando desorden en la institución.
The Washington Post fue más lejos: cuando Driscoll comunicó personalmente su decisión al presidente Donald Trump, habría expresado su preocupación por el daño que, a su juicio, determinadas decisiones de Hegseth estaban provocando en el Ejército. Trump le sugirió permanecer en el cargo al menos hasta las elecciones legislativas, pero Driscoll mantuvo su decisión de marcharse.
Nada de ello equivale, sin embargo, a una explicación oficial de su renuncia. Driscoll nunca declaró públicamente que Hegseth fuera la causa directa de su salida.
La batalla por el tamaño de la cúpula
Estados Unidos ha debatido durante décadas cuánto alto mando necesita realmente un aparato militar que, mientras se hace tecnológicamente más complejo, también enfrenta presiones para reducir estructuras administrativas.
Los defensores de disminuir el número de generales sostienen que la proliferación de mandos superiores puede aumentar los niveles burocráticos sin traducirse necesariamente en mayor capacidad de combate.
Hegseth ha hecho suyo ese argumento y lo ha convertido en una de las banderas de su reforma.
Pero el senador demócrata Jack Reed, principal representante de su partido en el Comité de Servicios Armados del Senado, ha advertido sobre las consecuencias de retirar altos dirigentes militares sin suficiente consulta con el Congreso, especialmente mientras Estados Unidos mantiene compromisos militares en distintos escenarios internacionales.
La controversia, por tanto, no gira únicamente alrededor de cuántas estrellas deben permanecer sobre los uniformes.
Detrás de las cifras se libra una discusión mucho más profunda sobre qué tipo de Fuerzas Armadas quiere Estados Unidos para los conflictos del siglo XXI, quién debe dirigirlas y cuánto espacio deben ocupar la experiencia institucional, la tecnología y el poder político en esa nueva estructura.
Un Pentágono que cambia mientras el mundo observa
La reforma llega en un momento en que Washington enfrenta un escenario internacional especialmente exigente y en el que sus Fuerzas Armadas continúan siendo una pieza central de la estrategia estadounidense en Europa, Oriente Medio y el Indo-Pacífico.
Por eso, cualquier movimiento en la cúspide del Pentágono rebasa las paredes del enorme edificio de Arlington.
Cuando una potencia militar cambia la manera en que distribuye sus generales, modifica también la forma en que piensa sus guerras.
Y Hegseth parece decidido a dejar una huella profunda en esa arquitectura.
La incógnita será si la reducción de mandos producirá la estructura más ágil que promete el secretario de Defensa o si, como temen sus críticos, Estados Unidos descubrirá que algunas estrellas fueron retiradas antes de comprobar cuánto peso sostenían.




