El tribunal condena a 20 años a Cáceres, Torres Robiou y Núñez de Aza por lavado de activos; De los Santos Viola y Rossy Guzmán reciben 15 años, y el delator Girón Jiménez queda libre por tiempo cumplido. Además, fija una indemnización de 5,000 millones de pesos al Estado en un fallo histórico contra la corrupción
Por Julio Guzmán Acosta
Santo Domingo, Distrito Nacional
El lamento de los hierros al cerrarse tras los muros de la justicia no fue un rumor, sino una sentencia que estremeció los cimientos del poder. En un salón blindado por la solemnidad de la ley, el Primer Tribunal Colegiado del Distrito Nacional desnudó la arquitectura criminal del caso Coral/Coral 5G, y con su veredicto escribió una página que la historia política de este país no podrá rasgar sin sangrar.
Adán Cáceres, el hombre que alguna vez custodió la sombra del presidente, escuchó el dictamen que lo ata por 20 años a una celda, mismo destino que compartirán Juan Carlos Torres Robiou y Rafael Núñez de Aza. No fue un castigo divino, sino humano, terrenal, firmado con la tinta de las pruebas y el sudor de los fiscales. La acusación por lavado de activos, ese arte oscuro de blanquear el oro público en las arcas privadas, encontró su eco en una condena que también les exige devolver, en especie, 400 salarios mínimos, como si con monedas pudieran resarcir la confianza quebrada.
Pero el martillo judicial no solo cayó sobre los generales. El general Julio Camilo de los Santos Viola y la pastora Rossy Guzmán, esa figura que mezclaba lo sacro con lo profano, recibieron 15 años de prisión y la misma multa salarial. La fe, al parecer, no fue escudo suficiente para protegerlos del peso de la ley, y su caída resuena como una advertencia para aquellos que usan la investidura pública o religiosa como manto para el saqueo.

Y en este drama de corrupción y delaciones, el mayor del Ejército Raúl Alejandro Girón Jiménez, el «delator» que abrió las compuertas del escándalo, recibió cinco años de prisión, pero el tribunal, quizás reconociendo el valor de su testimonio o el desgaste de un proceso eterno, decidió que su condena ya estaba cumplida. El tiempo, ese juez silencioso, le devolvió la libertad, mientras su nombre queda grabado en la memoria colectiva como el soplón que cambió el rumbo de una nación.
No todos, sin embargo, morderán el polvo de la prisión. Para Yehudy Blandesmil Guzmán Alcántara, Alejandro José Montero Cruz, Epifanio Peña Lebrón, Lucía de los Santos Viola y Onoris Beatriz Soto de los Santos, la sentencia fue de cinco años suspendida, un respiro que los mantiene en el limbo de la libertad condicional. Y para Carlos Lantigua, Pedro Roberto Castillo Nolasco y Raymel Pastor del Rosario Viola, tres años en la misma cuerda floja.
El tribunal, en un gesto de ecuanimidad, absolvió a Tanner Antonio Flete Guzmán, Manuel de Jesús Alba Solano, Guillermo de Jesús Torres Robiou, Santiago Antonio Suárez Peguero, Miguel Ventura Pichardo y Erick Daniel Pereyra Núñez. La espada de Damocles no cayó sobre ellos, pero el estigma del proceso queda como una sombra en sus expedientes.

Pero el dato que hace temblar las estructuras del poder no es solo el tiempo en prisión, sino la indemnización de 5,000 millones de pesos que deberán pagar al Estado. Una cifra que no es simbólica, sino quirúrgica: pretende extirpar el botín malhabido y devolverlo, aunque sea en parte, a las arcas que alimentan escuelas, hospitales y caminos.
Esta sentencia, leída con la gravedad de un réquiem, no solo condena a hombres y mujeres de uniforme y de fe, sino que pone en el banquillo a un sistema que permitió que el poder se convirtiera en botín. La pregunta que flota en el aire de los tribunales y las calles es si esta condena será el principio del fin de la impunidad o simplemente un capítulo más en la interminable novela de la corrupción dominicana.
Por ahora, los nombres de Cáceres, Torres Robiou, Núñez de Aza y los demás quedarán grabados en el mármol de la infamia, mientras el país observa, expectante, si la justicia que hoy cayó con todo su peso será la semilla de un nuevo amanecer o solo el eco de un trueno que se diluye en la lluvia.