Referente histórica de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, dedicó más de medio siglo a buscar a su hijo desaparecido por la dictadura militar y a exigir verdad y justicia para las víctimas del terrorismo de Estado. Falleció a los 95 años sin haber encontrado los restos de Alejandro Almeida, cuya ausencia marcó para siempre su vida y la historia de los derechos humanos en la Argentina.
Por Virtudes Álvarez Sampedro
La Argentina despide a una de las figuras más emblemáticas y respetadas de la lucha por los derechos humanos. Lydia Estela Mercedes Miy Uranga, conocida por todos como Taty Almeida, falleció este sábado 14 de junio a los 95 años en el Hospital Italiano de Buenos Aires, dejando tras de sí una trayectoria atravesada por el dolor, la dignidad y una perseverancia que se convirtió en símbolo de toda una nación.
Con su partida se extingue una voz fundamental de la memoria colectiva argentina, aunque permanece intacto el legado de una mujer que transformó una tragedia personal en una causa universal.
La búsqueda de Taty comenzó el 17 de junio de 1975, cuando su hijo Alejandro Almeida fue secuestrado y desaparecido por las fuerzas represivas que, poco tiempo después, instaurarían la última dictadura militar. Desde entonces, y durante cinco décadas ininterrumpidas, sostuvo una lucha incansable por conocer la verdad sobre su destino y por obtener justicia para las miles de víctimas del terrorismo de Estado.
Jamás encontró sus restos.
Sin embargo, aquella ausencia irreparable terminó convirtiéndose en el motor de una de las trayectorias más admirables del movimiento de derechos humanos argentino.
Nacida el 28 de junio de 1930, Taty provenía de una familia profundamente vinculada al ámbito militar. Su padre era teniente coronel y ella misma reconoció durante años haber crecido en un entorno conservador y antiperonista. Estudió magisterio y llevó una vida alejada de la militancia política hasta que la desaparición de su hijo demolió todas sus certezas.
Con el tiempo repetiría una frase que sintetizaba esa transformación personal y política: “Alejandro me parió a mí”.
Aquella mujer que había vivido, según sus propias palabras, dentro de una “burbuja”, encontró en la búsqueda de su hijo una nueva razón de existencia. También un compromiso que ya no sería individual, sino colectivo.
“Fui la oveja negra de la familia por ser fiel a mi hijo y a las causas por las cuales él militaba”, recordaría años más tarde.
Alejandro estudiaba Medicina en la Universidad de Buenos Aires, trabajaba en la agencia estatal Télam y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Poco antes de su secuestro había escrito un conmovedor poema dedicado a su madre, en el que dejaba entrever la conciencia del peligro que lo rodeaba y el profundo vínculo que los unía.
Aquellas palabras se convertirían con el tiempo en una suerte de testamento emocional para Taty, quien las evocó innumerables veces durante su larga travesía por la memoria y la justicia.
En los primeros años de desesperación acudió a todas las puertas posibles. Intentó obtener respuestas a través de contactos familiares y conocidos dentro de las Fuerzas Armadas, incluidos altos mandos del régimen como Jorge Rafael Videla y Leopoldo Fortunato Galtieri. No encontró más que silencio.
La búsqueda individual derivó entonces en un camino colectivo.
Taty se incorporó a las Madres de Plaza de Mayo y comprendió que la historia de Alejandro era también la historia de miles de familias argentinas atravesadas por la misma tragedia. En septiembre de 1979 denunció el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y posteriormente declaró ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), contribuyendo a documentar uno de los capítulos más oscuros de la historia contemporánea argentina.
Con el correr de los años se convirtió en una de las referentes más firmes de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Su figura trascendió generaciones y fronteras. Defendió con convicción la necesidad de preservar la memoria histórica y sostuvo siempre que la represión estatal había comenzado antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976.
También rechazó una idea que consideraba injusta: que el paso del tiempo pudiera aliviar el dolor de las familias de los desaparecidos.
“Nunca se supera”, repetía.
Porque para ella la ausencia de Alejandro no era una herida del pasado, sino una presencia constante que acompañaba cada una de sus luchas.
Desde 2024 encabezó Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y continuó participando activamente en actos públicos, movilizaciones y actividades educativas, aun cuando el deterioro de su salud comenzaba a limitarla. Recientemente había recibido un reconocimiento honorífico de la Universidad de Buenos Aires por su trayectoria y compromiso con los derechos humanos.
Su última gran aparición pública tuvo lugar el pasado 24 de marzo, durante la conmemoración de los cincuenta años del inicio de la dictadura militar. Allí compartió escenario con Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, en una jornada cargada de memoria y simbolismo.
Hoy, la Argentina despide a una mujer que convirtió el dolor en resistencia y la ausencia en una bandera de lucha.
Taty Almeida murió sin encontrar a su hijo.
Pero encontró algo igualmente trascendente: la capacidad de transformar una tragedia personal en una causa colectiva que ayudó a construir conciencia, memoria y democracia para generaciones enteras.
Su voz ya no resonará en las plazas ni en las marchas.
Su ejemplo, en cambio, seguirá hablando por ella.