La renuncia del senador Antonio Taveras Guzmán al bloque oficialista del Partido Revolucionario Moderno provoca una fractura invisible pero profunda: mientras el vocero de los diputados, Amado Díaz, califica la salida como un alivio para las bases desatendidas, la senadora Ginette Bournigal advierte que la decisión responde más a ambiciones legislativas que a principios. ¿El fin de una lealtad o el inicio de una depuración interna?
Por César Dalmasi Guzmán
Santo Domingo. – La renuncia del senador Antonio Taveras Guzmán al bloque del Partido Revolucionario Moderno (PRM) no ha pasado inadvertida. Más bien, ha abierto una grieta que muchos preferían mantener sellada. En un partido que se ufana de su disciplina, la decisión de Taveras resuena como un portazo que aún no termina de cerrarse.
Las reacciones no se hicieron esperar. Y como es norma en la política criolla, vinieron de dos orillas opuestas.
Del lado de quienes ven en la salida una purificación necesaria, habló el vocero de los diputados, Amado Díaz. Sin ambages, calificó la dimisión como “un peso menos” para la militancia. Explicó Díaz que las bases, particularmente en el Gran Santo Domingo, llevaban tiempo manifestando un creciente malestar. “Se sentían decepcionadas, desatendidas”, dijo el legislador, “como si el liderazgo de Taveras hubiera dejado de escuchar”. Incluso fue más lejos: planteó que los cargos electivos no deberían ser propiedad privada de quienes los ocupan, sino que deben rendir cuentas al partido que los postuló.

No fue el único en respaldar esa posición. Fuentes internas señalaron que sectores jóvenes del PRM ven en esta renuncia una oportunidad para reordenar las lealtades y priorizar el proyecto colectivo sobre los personalismos.
Pero la otra cara del espejo la mostró la senadora Ginette Bournigal, con un lamento que sonó más a advertencia. “Taveras no debió irse”, sostuvo, visiblemente afectada. Para Bournigal, el móvil es claro y mezquino: la molestia del senador por no haber sido escogido para presidir el Senado. “En política no siempre se logra lo que se quiere”, sentenció, en un recordatorio clásico de que la vida pública está hecha de derrotas y paciencia. Sugirió, además, que esta salida responde más a aspiraciones internas en el Congreso que a una genuina divergencia programática.
Entre una y otra posición, el silencio incómodo de la cúpula del PRM. Hasta el cierre de esta edición, ni la presidencia del partido ni voceros oficiales han emitido una declaración formal. Algunos analistas interpretan ese silencio como un cálculo: no herir al saliente, pero tampoco validar su gesto.

En las bases, el diagnóstico está lejos de ser unánime. Mientras en algunos sectores de Santo Domingo se respira alivio —“por fin alguien dijo basta”, comentó un dirigente de base bajo condición de anonimato—, en otras provincias se escucha preocupación. “Se va un hombre con arrastre electoral. Eso nunca es bueno”, confesó un miembro del comité intermedio de La Altagracia.
Lo cierto es que la renuncia de Taveras —un hombre que hasta hace poco era considerado pieza clave del engranaje oficialista— no es un hecho menor. Es, cuando menos, el síntoma de un malestar que el PRM intentaba ocultar bajo la alfombra del triunfo electoral. Y como todo síntoma, puede ser el preludio de algo más grande: una depuración, una reacomodación de fuerzas, o quizás el primer capítulo de una historia de desencuentros que todavía no ha terminado de escribirse.
Por ahora, el partido sigue. Pero con una grieta que, visto el tono de los comentarios, nadie sabe bien cómo reparar.