Umbral

Opiniones

La batalla que la izquierda no puede seguir perdiendo

La expansión de la ultraderecha en América Latina obliga a repensar la lucha política en la era digital

Por Julio Guzmán Acosta

Mientras el mundo experimenta algunos de los niveles más altos de desigualdad económica de las últimas décadas, resulta paradójico observar cómo las fuerzas políticas que históricamente defendieron la reducción de las brechas sociales, la ampliación de derechos y la justicia distributiva pierden terreno en numerosos países. Más desconcertante aún es que, en medio de una creciente concentración de la riqueza y del poder económico, amplios sectores populares estén respaldando proyectos políticos que promueven agendas conservadoras o de ultraderecha.

Lo ocurrido en Colombia durante la segunda vuelta presidencial vuelve a colocar esta realidad sobre la mesa. Aunque oficialmente Abelardo de la Espriella aún no ha sido proclamado presidente y persisten cuestionamientos y recursos sobre el proceso electoral, la enorme cantidad de votos obtenida por su candidatura revela una tendencia política que trasciende las fronteras colombianas y que merece una profunda reflexión por parte de las fuerzas progresistas de toda la región.

Una realidad que se repite casi en toda América Latina

Colombia no es un caso aislado. En distintos países latinoamericanos las corrientes progresistas enfrentan dificultades crecientes para mantener la influencia política que alcanzaron durante las primeras décadas del siglo XXI.

En Perú, los sectores conservadores vuelven a posicionarse con fuerza y todo apunta a que Keiko Fujimori podría convertirse nuevamente en una figura central del escenario político nacional. En Chile, después de importantes avances progresistas, la derecha ha recuperado espacios de poder. En otros países de la región también se observa un fortalecimiento de proyectos políticos que hace apenas algunos años parecían haber quedado relegados por la historia.

La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que en sociedades marcadas por la desigualdad, la precariedad laboral, el aumento del costo de la vida y la concentración económica, las propuestas progresistas pierdan capacidad de convocatoria?

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La respuesta no puede reducirse únicamente a factores económicos o sociales. Existe una nueva dimensión de la lucha política que muchos sectores todavía no han comprendido en toda su magnitud.

La política ya no se libra solamente en las calles

Durante gran parte del siglo XX las disputas ideológicas se desarrollaban en sindicatos, universidades, organizaciones comunitarias, periódicos, emisoras de radio y espacios de movilización popular.

Hoy el principal campo de batalla es digital.

Las redes sociales han transformado radicalmente la forma en que las personas reciben información, construyen opiniones y toman decisiones políticas. La capacidad de influir en millones de ciudadanos ya no depende exclusivamente de la presencia territorial o de las estructuras partidarias tradicionales. Depende, cada vez más, de la capacidad para dominar algoritmos, plataformas digitales, producción audiovisual, inteligencia de datos y estrategias de comunicación en tiempo real.

Las grandes corporaciones tecnológicas se han convertido en actores con una influencia política sin precedentes. Desde sus plataformas circulan narrativas, emociones, percepciones y campañas que pueden moldear procesos electorales completos.

A ello se suma la inversión multimillonaria en estructuras de desinformación, propaganda digital y operaciones psicológicas que explotan los temores, las frustraciones y el descontento social para orientar conductas políticas.

Llegamos tarde a la revolución tecnológica

Durante años, buena parte de la izquierda latinoamericana continuó operando bajo lógicas comunicacionales propias del siglo pasado mientras sus adversarios comprendían rápidamente el potencial estratégico de las nuevas tecnologías.

La consecuencia ha sido evidente.

Mientras unos invertían en laboratorios digitales, análisis de datos, segmentación de audiencias y producción masiva de contenidos, otros seguían confiando casi exclusivamente en las formas tradicionales de organización política.

La realidad demuestra que tener razón en los diagnósticos económicos o sociales ya no es suficiente. Tampoco basta con poseer una historia de luchas populares o una sólida tradición ideológica.

En la actualidad, quien no logra comunicar eficazmente sus ideas simplemente desaparece del debate público.

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Formar cuadros para una nueva época

Durante décadas los movimientos progresistas dedicaron enormes esfuerzos a la formación política e intelectual de sus dirigentes. Aquella tarea fue fundamental para construir liderazgos capaces de interpretar la realidad y organizar a los sectores populares.

Hoy esa formación sigue siendo necesaria, pero ya no es suficiente.

La nueva etapa exige cuadros políticos preparados para comprender el funcionamiento de los algoritmos, las redes sociales, la inteligencia artificial, la comunicación digital, el análisis de datos y las dinámicas de las plataformas tecnológicas.

La lucha por la democracia, la justicia social y la soberanía popular también se desarrolla en los espacios digitales.

Quien renuncie a disputar esos escenarios estará renunciando a una parte decisiva de la batalla política contemporánea.

No es mañana, era ayer

Quizás el mayor error sería pensar que todavía existe tiempo para seguir postergando esta discusión.

La transformación tecnológica ya ocurrió. Las plataformas digitales ya son el principal escenario donde se forman las opiniones públicas. Los algoritmos ya influyen en millones de decisiones cotidianas.

La pregunta ya no es si debemos adaptarnos a esta realidad.

La pregunta es cuánto tiempo más podemos permitirnos llegar tarde.

Las generaciones anteriores enfrentaron luchas profundamente desiguales por los derechos laborales, la democracia, la libertad de expresión y la justicia social. Y aun así lograron avanzar.

Nuestra generación enfrenta una batalla distinta, pero igualmente decisiva. Debemos defender las ideas progresistas en el mismo terreno donde hoy se construye el poder: el espacio digital.

No basta con denunciar la desinformación. Hay que competir con profesionalidad, creatividad y capacidad tecnológica. No basta con señalar las ventajas de nuestros adversarios. Hay que construir las propias.

Porque si la política del siglo XXI se decide en las redes, en los algoritmos y en las plataformas digitales, la defensa de la democracia y de la justicia social también tendrá que librarse allí.

Y para esa batalla, llegamos tarde. Pero todavía estamos a tiempo de empezar a ganarla.

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