En la mañana de este 19 de mayo, el Liceo Pedro Henríquez Ureña ( De San Francisco de Macorís), las fundaciones dedicadas a preservar la memoria del Coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez y del Comandante Francisco Caamaño, junto a agrupaciones de izquierda duartista, conmemoraron el 61.º aniversario de la caída en combate del patriota que, al frente del Movimiento Enriquillo, intentó recuperar la constitucionalidad pisoteada en 1963. El acto evocó no solo aquella carga épica hacia el Palacio Nacional, sino la lucha por justicia social y cambios profundos que aún late en las calles dominicanas.
Por Julio Guzmán Acosta
En el cenit de la primavera patria, cuando el sol de mayo se cierne sobre las cúpulas del casco histórico de Santo Domingo, la memoria se vuelve llama y el mármol de los recuerdos cobra voz de clarín. Ayer, 19 de mayo de 2026 —un día como aquel de 1965—, la ciudad amaneció impregnada de la épica que no envejece: sesenta y un años han transcurrido desde que el Coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, a la cabeza de un puñado de valientes del Movimiento Enriquillo, decidiera asaltar las puertas mismas del poder para restaurar la Carta Magna ultrajada en 1963.
La cita fue en el Liceo Pedro Henríquez Ureña, recinto donde el pensamiento crítico abre sus alas, y allí confluyeron las Fundaciones Fernández Domínguez y Caamaño, junto a representantes de organizaciones de izquierda con raíces en el ideario duartista. No se trató de un mero rito académico; fue una invocación vibrante a quienes, con el fusil en una mano y la Constitución en la otra, ofrendaron sus vidas por la soberanía popular.

Para entender la magnitud de aquel 19 de mayo, es menester volver los ojos al tiempo de la infamia. El 29 de septiembre de 1963, el gobierno constitucional del profesor Juan Bosch había sido derrocado por una alianza de oligarcas y militares reaccionarios, sepultando así el proyecto de justicia social y cambios estructurales que demandaba el pueblo dominicano. Fue entonces cuando surgió, desde las entrañas mismas de las Fuerzas Armadas leales a la Constitución, el Movimiento Enriquillo —nombre que evoca al cacique taíno que desafió el yugo extranjero—, liderado por el Coronel Fernández Domínguez. Su objetivo: ningún otro que no fuera recuperar la legalidad perdida y devolverle al Congreso y al Presidente electo su legítimo sitial.
La madrugada del 19 de mayo de 1965, mientras la ciudad dormía aún bajo el peso de un gobierno de facto, Fernández Domínguez y un grupo selecto de compañeros —entre ellos oficiales, estudiantes y civiles armados— lanzaron el asalto final contra el Palacio Nacional. El rugir de los fusiles cortó el silencio colonial. No era un golpe vulgar: era la rebelión de la conciencia nacional contra el despotismo. Sin embargo, la bala adversaria, cruel y certera, segó la vida del Coronel en el umbral mismo de la victoria posible. Su cuerpo heroico quedó tendido en las gradas de la historia, pero su espíritu encendió mas la mecha de la insurrección popular que, el 24 de abril, había estallado como Revolución Constitucionalista, donde otra leyenda, el Coronel Francisco Caamaño Deñó, elevaría su estandarte.

Durante el acto conmemorativo de este martes , los oradores —entre ellos historiadores, sobrevivientes de aquella gesta y líderes de movimientos populares— recordaron que la caída de Fernández Domínguez no fue un final, sino una semilla. “No honramos solo a un hombre”, expresó un representante de la Fundación que lleva su apellido, “honramos a todos los caídos en aquel proceso: obreros, estudiantes, sacerdotes, campesinos y soldados que entendieron que la verdadera paz solo se edifica sobre los cimientos de la justicia social y los cambios profundos”.
El Liceo Pedro Henríquez Ureña vibró con los versos de la guerra patriótica y las proclamas de una izquierda que se reivindica duartista, pues Juan Pablo Duarte, el Padre de la Patria, soñó con una República libre, soberana y justa, ideales por los cuales Fernández Domínguez entregó su último aliento. Al finalizar, los presentes depositaron ofrendas florales ante un retrato del Coronel, mientras una joven recitaba: “Tú caíste para que la Constitución no muriera; por eso, cada 19 de mayo, tu fusil aún dispara en nuestra memoria”.
A sesenta y un años del asalto al Palacio Nacional, la fecha sigue siendo una herida abierta y una antorcha encendida. Porque la constitucionalidad perdida en 1963 no ha sido aún del todo restaurada —reclaman los oradores— mientras persistan las desigualdades y el poder se aleje del pueblo. El acto concluyó con un minuto de silencio y la promesa de mantener vivo el Movimiento Enriquillo, no ya como una gesta armada, sino como una fuerza ética que empuja hacia la transformación definitiva de la sociedad dominicana.
Así, entre clarines imaginarios y el eco de los pasos del Coronel hacia el Palacio Nacional, San Francisco de Macorís rindió ayer gloria eterna a sus héroes caídos, porque la patria no se salva con discursos, sino con la memoria hecha acción.