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Trump en Pekín: historia y poder de una relación que define el mundo (Parte I de II)

Hay viajes que son simplemente viajes. Y hay viajes que son mensajes. El del presidente Donald Trump a la República Popular China, entre el 13 y el 15 de mayo de 2026, pertenece decididamente a la segunda categoría.

Por primera vez en nueve años, un presidente estadounidense pisó suelo chino. Lo hizo en un mundo en llamas: el Estrecho de Ormuz prácticamente cerrado por la guerra con Irán, una guerra arancelaria que en 2025 sacudió los cimientos del comercio global, y la inteligencia artificial como nuevo campo de batalla estratégica. Taiwán seguía siendo la mecha más peligrosa del sistema internacional. Ucrania se desangraba sin solución a la vista. Cuba resistía bajo décadas de bloqueo inhumano y criminal del Imperio estadounidense. Venezuela atravesaba una crisis política sin precedentes tras la captura de su presidente.

Trump aterrizó en Pekín con su gabinete, sus secretarios de Estado y Defensa, y con algo inusual: una delegación empresarial sin precedentes que él mismo calificó como «los mejores del mundo.» Elon Musk, Jensen Huang de Nvidia, Tim Cook de Apple. La punta de lanza de las transnacionales estadounidenses, convocadas al epicentro mismo de la diplomacia global.

La pregunta que el mundo se hizo antes, durante y después fue siempre la misma: ¿acercamiento real o simple gestión del abismo?

II. Breve historia de las relaciones bilaterales (1949–actualidad)

Las relaciones entre Estados Unidos y la República Popular China no nacieron de la amistad, sino del enfrentamiento ideológico más profundo del siglo XX. Cuando Mao Zedong proclamó la República Popular en 1949, Washington se negó a reconocer al nuevo gobierno y mantuvo sus relaciones con el régimen de Chiang Kai-shek, derrotado en la guerra civil y refugiado en Taiwán. El choque no tardó en hacerse militar: durante la Guerra de Corea, soldados chinos y estadounidenses se enfrentaron directamente en la península, sellando una hostilidad que duraría más de dos décadas.

El deshielo: Nixon y la apertura de 1972

El mundo cambió el 21 de febrero de 1972. Richard Nixon, el mismo político que había construido su carrera sobre un férreo anticomunismo, puso fin a veinticinco años de estancamiento con su histórica visita a China. La lógica era puramente geopolítica: ambas potencias compartían un enemigo común, la Unión Soviética. Sin ese factor, no habría habido distensión. La visita culminó en el Comunicado de Shanghái, que trazó los principios de una nueva relación bilateral.

De socios a rivales

A fines de 1978, Washington reconoció formalmente a la República Popular como el único gobierno legítimo de China. Las reformas de Deng Xiaoping transformaron al gigante asiático en la potencia que hoy conoce el mundo. En 2001, su adhesión a la Organización Mundial del Comercio reconfiguró para siempre las cadenas de suministro del planeta. Desde que Xi Jinping asumió en 2012, China amplió sus ambiciones globales con una claridad estratégica que Washington tardó en comprender. La era Trump 1.0 (2017–2021) marcó el punto de inflexión: aranceles, sanciones tecnológicas y una retórica de confrontación que Biden continuó en esencia. El mundo de 2026 ya no es el de 2017, y las reglas del juego han cambiado.

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III. La diplomacia se escribe con las suelas de los zapatos

Cada visita presidencial entre Washington y Pekín ha sido un termómetro del estado de la relación. Nixon fue el pionero en 1972. Gerald Ford le siguió en 1975. Reagan, George H. W. Bush, Clinton, George W. Bush y Obama dejaron también su huella en suelo chino. Trump realizó su primera visita de Estado en noviembre de 2017. Biden no pisó China durante su mandato. La visita actual es la primera de un presidente estadounidense en nueve años.

Lo que pocas veces se menciona es que la diplomacia fue de doble vía. Jiang Zemin visitó EE. UU. en 1993, 1997 y 2001. En aquella visita de 1997 sorprendió cantando ópera de Pekín en California y tocando el ukelele en Hawái. Hu Jintao visitó Washington en 2006 y 2011. Xi Jinping realizó su propia visita de Estado en septiembre de 2015. El águila y el dragón han bailado siempre en pareja, aunque no siempre al mismo ritmo.

IV. Acuerdos históricos que definieron una era

Detrás de cada cima de tensión hubo momentos de construcción diplomática. El Comunicado de Shanghái (1972) estableció el principio de «Una sola China.» El reconocimiento diplomático de 1979 abrió décadas de intercambio creciente. La adhesión de China a la OMC en 2001 reconfiguró las cadenas de suministro mundiales de manera irreversible. El Acuerdo de París (2015) necesitó el respaldo conjunto de ambas potencias para tener sustento real. La Fase uno del acuerdo comercial (2020) fue el único momento de distensión del primer mandato Trump, aunque su implementación resultó parcial. Cada acuerdo ganó tiempo. Ninguno resolvió las contradicciones de fondo.

V. Las confrontaciones que marcaron a fuego la relación

En mayo de 1999, aviones de la OTAN bombardearon la embajada china en Belgrado, causando la muerte de tres ciudadanos chinos. Washington habló de error de inteligencia. Millones de chinos nunca lo creyeron. En abril de 2001, un avión J-8 chocó con un EP-3 estadounidense cerca de la costa sur de China, desatando una crisis que anticipaba décadas de rivalidad. El Mar del Sur de China, Taiwán, Hong Kong y los derechos humanos han sido líneas rojas permanentes que Xi Jinping ha defendido con determinación creciente.

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Y luego llegó 2025. La guerr comercial y tecnológica no fue solo un intercambio de aranceles: fue una declaración de que el mundo se está partiendo en dos. Aranceles recíprocos superiores al 100%, restricciones de chips desde Washington, limitaciones de tierras raras desde Pekín. Dos potencias que se necesitan y se temen, construyendo muros mientras fingen negociar. La industria automotriz alemana, los fabricantes japoneses de electrónica, toda la cadena global de semiconductores: todos pagaron el precio de una guerra que ninguno de los dos contendientes ha tenido el valor de llamar por su nombre.

VI. El ascenso imparable de China

En pocas décadas, China pasó de economía planificada a segunda potencia económica del planeta. En 2025, su PIB alcanzó un récord de 20 billones de dólares, con crecimiento del 5% y un superávit comercial histórico de 1,2 billones, el mayor jamás registrado por país alguno. En cuatro décadas, sacó de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas: la mayor operación de reducción de la pobreza de la historia humana. EE. UU., por su parte, cerró 2025 con un PIB de 29 billones, pero con un déficit de 1,775 billones y una deuda pública que supera el 120% de su propio PIB. Dos gigantes, dos modelos, dos fragilidades distintas.

China cuenta con más de 4 millones de estaciones base 5G y una industria de inteligencia artificial que superó los 174.000 millones de dólares en 2025. Su plan quinquenal 2026-2030 apunta al dominio en robótica, biomedicina, computación cuántica y comunicaciones 6G. La Iniciativa de la Franja y la Ruta, presente en más de 150 países, redefine las rutas del comercio mundial. El puerto de Chancay, inaugurado por Xi Jinping en 2024 en el Pacífico sudamericano, acerca Asia a América del Sur y despertó el recelo inmediato de Washington.

VII. La paradoja de la deuda: el acreedor como adversario

Pocos datos ilustran mejor la paradoja de esta5 relación: el mayor rival estratégico de Estados Unidos es también uno de sus principales acreedores. China acumuló hasta 1,3 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense. A febrero de 2026, esa cifra había caído a 693.300 millones, el nivel más bajo desde la crisis de 2008, superada ya por Japón y el Reino Unido. Pekín ha reducido su exposición en más de 600.000 millones desde su pico histórico, mientras acelera la compra de oro, acumulando hoy reservas de 343.000 millones en ese metal. La desdolarización no es una amenaza hipotética: es una política de Estado en marcha. Como lo resumió un economista con precisión quirúrgica: sería como lanzar una granada de mano a alguien sentado frente a ti en la misma habitación.

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El contexto está trazado. La historia está clara. Ahora viene lo que los comunicados oficiales no dijeron, lo que los aplausos del Gran Salón del Pueblo no pudieron tapar, y lo que millones de seres humanos en Gaza, en Ucrania, en Cuba, tienen el derecho de exigir que se diga en voz alta.

La Parte II llegará en los próximos días. No es un análisis más. Es una cuenta pendiente.

Nota: Este artículo se publica en dos partes. La segunda entrega aborda los acuerdos de la cumbre, las grandes ausencias y las implicaciones geopolíticas para el mundo.

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