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Valencia Basket: Muros de acero

Joan Montero somete a Nunn en el quinto acto y se erige como el héroe inesperado de la gesta taronja

Por Redacción de Deportes

Atenas se queda a las puertas, pero la gloria se viste de naranja. Valencia Basket escribió la página más dorada de su historia al clasificarse por primera vez para una Final Four de la Euroliga, y lo hizo a costa de un gigante: el Panathinaikos. En un Roig Arena que tembló con cada posesión, el triunfo no fue solo un tanteo, sino una declaración de principios. Y si hubo un artífice silencioso, un guerrero de sombra que apagó la estrella rival, ese fue Brancou Badio.

Con la mística del duelo a muerte, el quinto partido se convirtió en un tapiz de defensas y emociones. Kendrick Nunn, el anotador implacable de los griegos, apareció en el segundo cuarto con un amago de rebelión. Pero Badio, como un centinela sin grieta, se pegó a su camiseta con una disciplina casi quirúrgica. Cada amago, cada finta, fue neutralizado por la zancada larga y las manos rápidas del defensor senegalés. Badio no solo defendió: anuló. Forzó pérdidas, terceras faltas absurdas y una técnica al desesperado entrenador turco Ergin Ataman, que llegó a lanzar una botella de agua a la pista. Nunn, el verdugo habitual, quedó atrapado en un laberinto naranja. Y mientras el faro visitante se apagaba, emergía la figura callada de otro héroe.

Porque si Badio fue el candado, Joan Montero se convirtió en la llave maestra de la eliminatoria. El dominicano, criado entre contrastes y sacrificios, ha sido el pulso silencioso del equipo en toda la serie. Frente al Panathinaikos, sus números no gritan, pero sus acciones retumban: promedió 14,6 puntos, 5,8 asistencias y una energía descomunal en los momentos decisivos. En este quinto partido, aunque los focos buscaron a otros, fue el encargado de ordenar el caos cuando los griegos soñaron con la remontada. Con Toliopoulos encendido y la diferencia reducida a siete puntos, Montero tomó el balón, enlenteció el ritmo y encontró a Thompson y De Larrea para los triples que sentenciaron (69-55). No fue el MVP de la noche por casualidad: lo fue de toda la guerra.

El dato que invita al optimismo, dirán las crónicas. Pero aquí, en la piel de toro, se habla de un equipo que supo sufrir, que perdió dos veces en casa y se rehízo en el infierno griego. Y que, de vuelta al Roig Arena, plantó un muro llamado Badio y encontró en Montero a su guía espiritual. Atenas, por fin, se mira desde lo más alto. Ahora, a por el título. Porque poder, se puede.

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