Tras la tormenta de señalamientos y misiles, el presidente colombiano y su homólogo estadounidense buscan un nuevo cauce para una relación histórica. La foto en la Casa Blanca es sólo la punta del iceberg: operaciones militares, deportaciones y una posible lluvia de inversiones marcan el camino de una normalización calculada al milímetro.
Por Servicios Umbral.com.do
WASHINGTON, D.C.— El aire en la Sala de los Tratados de la Casa Blanca olía a cera antigua y a un alivio tenso, cuidadosamente negociado. Allí, el miércoles pasado, dos hombres que durante meses se habían intercambiado acusaciones de narcotráfico e intervencionismo se dieron la mano. No fue un gesto de amistad, sino el cierre ritual de una crisis. Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda de Colombia, y Donald Trump, el mandatario estadounidense que llegó a sugerir que “cuidara su trasero”, trazaron con ese apretón la frontera visible de una tregua. Pero la política, como el agua, siempre busca su nivel. Y las aguas, tras meses de tormenta, “vuelven al cauce del que nunca debían haber salido”, sentencia Xavier Vendrell, asesor político y antiguo colaborador de Petro.
Sin embargo, este reencuentro no es un simple retorno al statu quo. Es la reanudación de una coreografía geopolítica donde cada paso, sincronizado o no, tiene consecuencias inmediatas y terrenales. Mientras los titulares se centraban en la foto, el terreno ya cambiaba: el miércoles, el Ejército colombiano retomó con fuerza operaciones ofensivas contra el ELN. El jueves, la Operación Lanza del Sur de la Armada estadounidense extendió su radio de acción al Pacífico, interceptando una narcolancha en aguas internacionales frente a las costas colombianas. Y el 6 de febrero de 2026, un primer vuelo con deportados colombianos desde Estados Unidos ha aterrizado en Bogotá. Son los primeros frutos, amargos y dulces, de esta normalización.
El distanciamiento había sido brutal y público. Comenzó hace un año, precisamente por el espinoso asunto de las deportaciones, y escaló en una espiral de improperios en redes sociales. La “extracción” militar de Nicolás Maduro en Venezuela por fuerzas estadounidenses, que Petro calificó de “aberrante”, y la posterior amenaza velada de Trump hacia Colombia, llevaron la relación al borde del abismo. La inclusión de Petro y su familia en la llamada “lista Clinton” –que le costó la cancelación de su visa– y la suspensión de la ayuda financiera fueron el punto álgido de un invierno diplomático.
“Todo esto tiene que ver mucho con una intoxicación voluntaria y malévola por parte de la extrema derecha colombiana”, analiza Vendrell desde Barcelona. “Habían logrado convencer a Trump de unos vínculos con el narcotráfico que son sencillamente absurdos. Yo creo que la extrema derecha se ha marcado un autogol y Petro sale claramente reforzado”.
Una politóloga colombiana, quien participó en el Proceso de Paz y pidió reserva de su nombre, coincide: “Una de las banderas de la derecha siempre fue su buena relación con Washington y vendían la idea de que un gobierno de izquierda no la tendría. Esa carta se les ha caído”.
El diálogo de los “libres” (y los pragmáticos)
La reunión en sí fue un ejercicio de realpolitik envuelto en retórica de principios. “Fue una reunión entre libres”, declaró Petro después, parado en el jardín de la Casa Blanca. “Entre iguales, que piensan diferente, sí, con poderes diferentes, obviamente, pero capaces de encontrar caminos comunes”. Su anfitrión fue más conciso: “Él y yo no éramos precisamente los mejores amigos… Nos llevamos muy bien”. Trump incluso dejó una dedicatoria para Petro: “You are great”.
Pero detrás de la cordialidad forzada, no hubo concesiones programáticas. Petro, incluso durante su visita, no se mordió la lengua. En la Universidad de Georgetown, lanzó dardos contra la intervención en Venezuela: “En donde nació Bolívar cayeron misiles… Caracas se convirtió en la primera ciudad latinoamericana en toda la historia mundial en ser bombardeada”. Y en la rueda de prensa conjunta, redobló su crítica al enfoque fallido de la guerra contra las drogas, entregándole a Trump una lista con nombres y lugares: “La primera línea del narcotráfico vive en Dubái, en Madrid, en Miami… Sus capitales están fuera de Colombia y hay que perseguirlos conjuntamente”.
¿Quién cedió entonces? Para Vendrell, el giro es más atribuible a Washington que a Bogotá. “Ha habido un cambio de visión grande por parte de Trump. Petro no ha moderado su postura; ha mantenido su discurso, pero en un marco de diálogo”. Un diálogo que, advierten los analistas, es frágil. “No estamos a salvo de un nuevo episodio”, señala Yann Basset, profesor de la Universidad del Rosario, en declaraciones a Efe. “Ambos son presidentes que suelen comunicar lo que piensan mediante redes sociales y eso, en cualquier momento, puede llevar a una nueva crisis”.
Las consecuencias sobre el terreno: de las armas a los capitales
Más allá de la foto y los discursos, la normalización promete un impacto tangible. La politóloga consultada por Umbral anticipa varios frentes: “Va a haber una recuperación de la cooperación estadounidense, sobre todo en sustitución de cultivos; se fortalecerá el apoyo militar en la frontera con Venezuela; veremos un enfrentamiento más directo con el ELN; y aumentará la atención de los empresarios estadounidenses, que tendrán menos prevenciones”.
Es el cálculo frío de Petro en año electoral. Con su sucesor en juego, demostrar que puede “hacer las Américas grandes de nuevo” –en una peculiar adaptación del lema trumpista– no es un eslogan, sino una necesidad. Sostener la inversión extranjera y recuperar el flujo de cooperación son argumentos poderosos frente a una oposición que lo acusa de aislamiento.
El viaje a Washington, pues, no fue una peregrinación ideológica. Fue una operación de alto riesgo para reubicar a Colombia en el tablero. La foto con Trump era incómoda, pero necesaria. Las aguas, ahora, parecen fluir de nuevo por el cauce profundo y antiguo de la relación bilateral: un torrente de intereses estratégicos, donde la soberanía negocia y la seguridad se co-administra. El cauce nunca se secó; sólo estuvo turbulento por un tiempo. Y, como advierten todos, la próxima tormenta podría no tardar.