Con 60.067 almas como testigos, el Barcelona se da un festín de autoridad, belleza y goles ante su máximo rival. Alexia, en su partido 500, abre la puerta de la goleada; Graham Hansen convierte la banda derecha en una galería de regates imposibles; y el equipo azulgrana sella un 6-0 que no solo es un resultado, sino una declaración de principios. El Real Madrid, asfixiado desde el pitido inicial, apenas logra resistir cinco minutos antes de desmoronarse futbolística y emocionalmente. Con un global de 12-2, el Barça vuela a semifinales de la Champions League, donde espera el Bayern. Y el Camp Nou, rendido, ovaciona a sus diosas.
Por: Julio Guzmán Acosta
Hay noches que trascienden el marcador. Noches en que el balón rueda con una precisión casi coreográfica, en que cada pase parece escrito de antemano y cada regate, una celebración. El Spotify Camp Nou fue testigo de una de esas noches. El Barcelona no venció al Real Madrid: lo desdibujó, lo reescribió, lo convirtió en una sombra errante sobre el césped. El 6-0 final no fue una goleada; fue un homenaje.
Alexia abre el libro de los prodigios
El partido apenas respiraba cuando Alexia Putellas, en la noche de su partido número 500 con la camiseta azulgrana, decidió que el guion se escribiría con letras mayúsculas. Un rechace tras un disparo de Pajor cayó a sus pies como una fruta madura. Ella, con la calma de quien ha firmado ya cien epopeyas, empujó el balón al fondo de la red. Minuto 8. La fiesta había comenzado.

El Real Madrid había intentado plantar cara con una presión alta que prometía desconcierto. Pero el desconcierto, pronto, fue solo blanco. Angeldahl erró un penalti. Yasmim, en la banda derecha, fue descosida una y otra vez por una Caroline Graham Hansen que parecía jugar en otra dimensión. La noruega no corrió: bailó. Cada control era un amague, cada amague una autopista hacia el área rival.
Graham Hansen, pinceladas de fútbol total
El segundo gol llegó al cuarto de hora. Una jugaja colectiva, de esas que el Barcelona ejecuta con la naturalidad de quien respira, terminó con Graham definiendo en el área pequeña. El tercero, poco después, fue una obra de orfebrería: córner botado por la propia noruega, cabezazo de Irene Paredes al fondo de las mallas. El Camp Nou rugió. El Real Madrid, simplemente, desapareció.
Yasmim, convertida en el punto débil de un castillo de naipes, volvió a errar. De su error nació el cuarto: Vicky López asistió, Pajor ejecutó en dos tiempos y Misa, la portera blanca, solo pudo rezar. En el entreacto, el técnico visitante, Quesada, relevó a Yasmim por Irune. Pero la penitencia no hizo más que comenzar.
Arte, picaditas y una ovación eterna
Graham Hansen, insaciable, firmó el quinto con un reverso sobre sí misma que dejó sentada a Eva Navarro. Luego, una picadita ante Misa. Fútbol de salón en mitad de una batalla. El Real Madrid, ya desesperado, acumuló tarjetas (cuatro) y faltas, pero jamás encontró el camino del arco contrario. Ni un solo tiro entre los tres palos en todo el partido. Caicedo arrancó sin destino, Athenea corrió sin red. El bagaje ofensivo fue un espejismo.
Entonces, el Barcelona decidió que era hora de la generosidad. Kika, Camara, Schertenleib y Serrajordi pisaron el Camp Nou como futbolistas por primera vez. Y fue precisamente Clara Schertenleib quien, en su primer toque, asistió a Brugts para que marcara el sexto a placer. El fin de fiesta tuvo ola en las gradas, ovación cerrada para La Reina Alexia y un equipo entero celebrando con su gente el pase a semifinales.
Allí espera el Bayern. Pero lo que quedó grabado en la memoria de los 60.067 acólitos que llenaron el Camp Nou no fue solo un resultado. Fue la certeza de haber visto, una noche más, a un equipo que juega como si el fútbol fuera un arte que solo ellas hubieran aprendido a nombrar.