La selección española derrotó 1-0 a Argentina en una final de enorme tensión, resuelta por Ferran Torres en la prórroga, y agregó una segunda estrella a la conquistada en Sudáfrica 2010.
Por Julio Guzmán Acosta
East Rutherford, Nueva Jersey. España regresó a la cima del fútbol mundial. Dieciséis años después de la inolvidable noche de Johannesburgo, la selección española conquistó su segunda Copa del Mundo al derrotar 1-0 a Argentina en una final dramática, cerrada y profundamente táctica, decidida por Ferran Torres durante la prórroga.
El delantero valenciano apareció cuando el cansancio había comenzado a borrar las piernas, cuando los espacios escaseaban y cuando la posibilidad de una definición por penales parecía instalarse sobre el estadio. Su gol, marcado en el minuto 106, derribó la resistencia argentina y abrió las puertas de la eternidad para una generación española que confirmó en Nueva Jersey su lugar entre las grandes selecciones de la historia.
España fue campeona porque mantuvo hasta el final la fidelidad a su juego. Dominó el balón, adelantó sus líneas, presionó con determinación y obligó a Argentina a defender durante extensos pasajes del encuentro. No siempre encontró profundidad, pero nunca renunció a gobernar el partido ni se apartó de una idea que había sostenido durante todo el campeonato.
La final, disputada en el New York New Jersey Stadium de East Rutherford, reunió a los campeones de Europa y América, a dos tradiciones futbolísticas distintas y a dos generaciones separadas por el tiempo. De un lado, Lionel Messi, a sus 39 años, conduciendo a la campeona de Catar 2022. Del otro, Lamine Yamal, de 19, como rostro de una España joven, atrevida y dispuesta a prolongar un ciclo ganador.
España tomó el control
Desde los primeros minutos, España asumió la iniciativa. Rodri se colocó en el centro de todas las operaciones, acompañado por Fabián Ruiz y Dani Olmo, mientras Lamine Yamal buscaba ensanchar el campo y provocar desequilibrios desde la banda derecha.
Argentina respondió con un bloque compacto y una vigilancia permanente sobre los espacios interiores. Lionel Scaloni reforzó el mediocampo con Rodrigo De Paul, Alexis Mac Allister, Enzo Fernández y Nicolás González, dejando a Messi y Julián Álvarez como referencias ofensivas. La intención argentina era contener la circulación española y encontrar algún contragolpe que sorprendiera a una defensa situada lejos de su portería.

La pelota pertenecía a España, pero Argentina encontraba refugio en el orden defensivo y en la seguridad de Emiliano Martínez. El guardameta argentino sostuvo a su selección en los momentos de mayor exigencia, especialmente cuando el conjunto español consiguió acelerar la circulación y aproximarse con mayor claridad al área.
España movía el balón de un lado a otro, buscando una grieta. Argentina resistía, cerraba líneas y trataba de conducir el encuentro hacia un territorio más incómodo, donde la paciencia española pudiera convertirse en ansiedad.
El primer tiempo terminó sin goles, aunque el desarrollo dejaba la impresión de que España había conseguido imponer las condiciones generales del partido. Argentina se mantenía viva, pero necesitaba demasiado esfuerzo para recuperar la pelota y apenas podía sostenerla cuando intentaba alejar el peligro.
Una final atrapada por la tensión
La segunda mitad profundizó el mismo paisaje. España adelantó todavía más su defensa y encerró a Argentina cerca de su área. La campeona sudamericana defendió con sacrificio, esperando alguna aparición de Messi o una carrera de Julián Álvarez que permitiera cambiar la dirección de la final.
Pero España no perdió el orden. El equipo dirigido por Luis de la Fuente siguió atacando con amplitud, paciencia y disciplina. No se lanzó desesperadamente sobre la portería argentina, sino que buscó desgastar al rival mediante posesiones largas, recuperaciones rápidas y una presión constante después de cada pérdida.
El partido se fue endureciendo. Cada balón dividido comenzó a jugarse como si fuera el último. La belleza del juego cedió espacio a la tensión, al esfuerzo y al miedo natural de cometer un error irreversible.
Argentina tuvo cada vez menos posibilidades de salir. Messi descendía algunos metros para entrar en contacto con el balón, pero se encontraba rodeado y lejos de la portería de Unai Simón. La defensa española neutralizó las conexiones argentinas y mantuvo el encuentro instalado en campo sudamericano.
España acumuló remates y aproximaciones, aunque sin conseguir romper la igualdad. Argentina, sometida durante buena parte de la final, encontró en Emiliano Martínez una muralla. Las estadísticas reflejaron una superioridad española muy amplia, con una diferencia de disparos que llegó a ser abrumadora.

La expulsión que inclinó el partido
Cuando el tiempo reglamentario entraba en sus últimos instantes, Argentina sufrió un golpe decisivo. Enzo Fernández recibió una segunda tarjeta amarilla por una infracción sobre Pau Cubarsí y dejó a su selección con diez futbolistas.
El empate sin goles al término de los noventa minutos obligó a disputar la prórroga, pero el escenario ya era distinto. Argentina debía resistir media hora adicional en inferioridad numérica frente a una España que conservaba la iniciativa y comenzaba a encontrar espacios más amplios.
La expulsión no anuló el espíritu competitivo argentino. Los campeones de 2022 se replegaron todavía más, multiplicaron sus esfuerzos y se dispusieron a defender la posibilidad de llegar a los penales. Cada despeje fue celebrado como un gol y cada minuto consumido parecía acercarlos a una definición en la que confiaban plenamente en Emiliano Martínez.
España entendió que había llegado su momento. Luis de la Fuente renovó el ataque y envió a Ferran Torres al campo con la misión de aportar movilidad, frescura y presencia en el área.
Ferran encontró la puerta de la gloria
El minuto 106 quedó reservado para la historia.
España construyó una nueva ofensiva sobre el área argentina. Ferran Torres encontró el espacio, recibió en posición de remate y ejecutó la acción que había resistido durante toda la noche. Su definición superó a Emiliano Martínez y llevó el balón hasta la red.
Durante un instante, el estadio pareció detenerse. Luego llegó la explosión.
Ferran corrió hacia una de las esquinas seguido por sus compañeros. El banquillo español se vació. Los aficionados levantaron las banderas y convirtieron las gradas en una marea roja. España había encontrado el gol después de más de cien minutos de insistencia.
No fue solamente el gol de una final. Fue el tanto que enlazó dos épocas del fútbol español: la generación de Andrés Iniesta, Xavi Hernández, Iker Casillas y David Villa con la nueva camada encabezada por Rodri, Lamine Yamal, Pedri, Nico Williams, Dani Olmo y el propio Ferran Torres.
En 2010, Iniesta había resuelto una final cerrada ante Países Bajos durante la prórroga. En 2026, Ferran hizo lo mismo frente a Argentina. Dos goles separados por dieciséis años, unidos por la paciencia, la técnica y la capacidad de aparecer cuando la historia reclama un protagonista.
Argentina murió defendiendo su corona
Con el marcador en contra, Argentina intentó abandonar su repliegue. Lo hizo con diez jugadores, el cuerpo agotado y muy pocos minutos por delante.
Messi buscó acercarse a la pelota para impulsar una última rebelión. Los defensores argentinos avanzaron algunos metros y el equipo trató de instalarse por primera vez con continuidad cerca del área española. Sin embargo, España defendió su ventaja con serenidad.
Rodri protegió el centro, los laterales evitaron los desbordamientos y los centrales respondieron con firmeza ante cada envío desesperado. Unai Simón permaneció atento, mientras el reloj se convertía en un adversario imposible para Argentina.
La selección sudamericana entregó hasta la última gota de energía. No pudo conservar el título conquistado en Catar, pero volvió a competir por la Copa del Mundo y confirmó la vigencia de una generación que había devuelto a Argentina a la élite internacional.
La derrota, sin embargo, también representó el cierre simbólico de una época. Lionel Messi había llegado a la final con ocho goles en el torneo y con la posibilidad de levantar por segunda vez consecutiva la Copa del Mundo. España le negó esa última coronación y puso fin al reinado argentino iniciado en 2022.
El triunfo de una idea colectiva
España conquistó el Mundial porque fue el equipo más coherente de la final. Frente a una Argentina experimentada y resistente, la selección europea confió en el balón, en la presión y en el trabajo colectivo.
No dependió únicamente del talento individual de Lamine Yamal ni de las apariciones de sus atacantes. Su fortaleza estuvo en la estructura: en la manera de ocupar los espacios, recuperar la pelota y mantener la calma incluso cuando el gol parecía negarse.
La selección española había llegado al partido decisivo después de superar an Austria, Portugal, Bélgica y Francia en las rondas eliminatorias. En semifinales venció 2-0 al conjunto francés, mientras Argentina consiguió su clasificación mediante una victoria 2-1 sobre Inglaterra.
La final confirmó el crecimiento de una selección que logró reconstruirse después de varios años de frustraciones mundialistas. España no intentó copiar exactamente al equipo campeón de 2010, pero recuperó algunos de sus principios: la defensa del balón, la superioridad en el mediocampo y la convicción de que el fútbol también puede ser una forma de inteligencia colectiva.
De Iniesta a Ferran
El fútbol español esperó durante décadas para conquistar su primera Copa del Mundo. Cuando finalmente lo consiguió en Sudáfrica 2010, lo hizo con un gol de Andrés Iniesta en la prórroga.
La segunda estrella llegó de una manera semejante.
Otra final sin goles durante los noventa minutos. Otro partido atrapado por la tensión. Otra prórroga. Y otro futbolista español entrando para siempre en la memoria colectiva de su país.
Ferran Torres será recordado desde ahora como el hombre que marcó el gol de la segunda estrella. Su nombre quedará asociado a una noche en la que España volvió a sentirse dueña del mundo.
El silbatazo final encontró a los jugadores españoles abrazados sobre el césped. Algunos cayeron de rodillas. Otros corrieron hacia las gradas. Luis de la Fuente levantó los brazos mientras sus futbolistas celebraban una conquista construida desde la disciplina, la juventud y la fidelidad a una idea.
En el otro extremo del campo, los argentinos quedaron inmóviles. Habían defendido su corona con orgullo, pero esta vez la gloria tenía otro destino.
España vuelve a ser campeona del mundo
La Copa del Mundo regresó a manos españolas dieciséis años después. La estrella de 2010 ya no está sola.
España es campeona del mundo por segunda vez y abre una nueva etapa en la historia del fútbol internacional. Una generación joven, todavía con muchos años de recorrido por delante, consiguió el mayor título posible y confirmó que su victoria en la Eurocopa no había sido un episodio aislado, sino el comienzo de un ciclo.
Lamine Yamal representa el futuro. Rodri, la inteligencia. Dani Olmo, la movilidad. La defensa, el equilibrio. Pero la final tendrá para siempre un solo nombre: Ferran Torres.
El delantero que apareció cuando la noche parecía caminar hacia los penales. El hombre que venció la resistencia argentina. El futbolista que convirtió un remate en una estrella.
España volvió a tocar el cielo. Y el fútbol, una vez más, encontró en la prórroga el instante exacto para escribir una leyenda.