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Wemby, el emperador de dos mundos: el unicornio que desafía la historia y la paciencia de Nueva York

San Antonio y Nueva York reeditan unas Finales que huelen a venganza, genealogía y gloria: el reinado que prometió el francés o la redención de los Knicks después de 53 años; Brunson, el heredero de un apellido que ya escribió un capítulo en 1999

Por Julio Guzmán Acosta

San Antonio amanece con el aire espeso de una noche que huele a cetro y a porcelana rompiéndose. No es una final cualquiera. Es la encrucijada donde el futuro del baloncesto —un ser de 2,24 metros con brazos de pulpo y alma de base— se sienta a la mesa con el fantasma de unos Knicks que llevan 53 años ayunando de anillo. Esta madrugada (02:30, hora española), el AT&T Center será el teatro donde Victor Wembanyama, con apenas 22 primaveras, busca empezar a reinar. Enfrente, Jalen Brunson, menudo y astuto como su padre Rick —hoy entrenador asistente de Nueva York y entonces soldado de aquellos Knicks que cayeron ante los Spurs de Robinson y Duncan en 1999—, pretende cobrarse una deuda histórica y, de paso, una venganza íntima.

Porque estas Finales tienen más ramas que un roble milenario. San Antonio llega como favorito. No por pedigrí reciente —su último anillo fue en 2014—, sino por la simple y aterradora existencia de Wembanyama. El unicornio acaba de devorar a los campeones Thunder en Finales de Conferencia con una autoridad que recuerda a los grandes ogros de la historia. Y, sin embargo, hay una espina clavada: en diciembre, los Knicks le arrebataron la Copa NBA en una final vibrante (124-113). Esa derrota aún escuece en el vestuario tejano.

Jalen Brunson, la esperanza de Nueva York

“Todavía no hemos hecho lo más difícil, el trabajo no está hecho para nada”, espetó Wemby, recitando a Kobe Bryant con la solemnidad de quien ya se sabe parte del Olimpo.

Pero la presión no está en el unicornio. Está en Nueva York. En esos Knicks que vuelven a una final 27 años después, precisamente contra el mismo equipo que les negó su tercer anillo en 1999. Entonces fue Patrick Ewing quien mordió el polvo ante la torre gemela de Robinson y la clase de Duncan. Ahora, Jalen Brunson toma el testigo de su padre, que aquel año fue testigo y hoy es voz en el banquillo. El destino, ese dramaturgo cruel, ha querido que la sangre vuelva a cruzarse en el mismo río.

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San Antonio juega sin ansiedad. Su proyecto es joven, pero Wemby acelera el reloj de la historia. New York, en cambio, siente el peso de cinco décadas y media de sequía, más la madurez de un roster veterano que sabe que esta ventana puede no repetirse. Los precedentes de temporada regular sonríen a los Knicks (2-1) y suman once victorias seguidas, pero el factor Wembanyama es un eclipse que borra cualquier estadística.

Será el hombre de 2,24 contra el de 1,88. La omnipresencia contra la astucia. La necesidad de una historia que quiere ser borrada frente a las ansias de una nueva era que pide paso. Que empiece el cuento.

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