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El acoso sin tregua: La acusación a Raúl Castro, una nueva farsa contra Cuba

La imputación a Raúl Castro por el derribo de 1996 no es un acto de justicia, sino el último episodio de una guerra de desgaste que Washington libra contra la isla desde hace más de seis décadas. Detrás del teatro judicial se oculta la misma frustración imperialista que no ha logrado doblegar al pueblo cubano.

No es nuevo. No sorprende. Y, sin embargo, indigna. El reciente anuncio del Departamento de Justicia de Estados Unidos imputando al expresidente cubano Raúl Castro Ruz por el derribo de dos avionetas civiles en 1996 se inscribe en una tradición tan larga como vergonzosa: la de un imperio que, incapaz de aceptar la existencia de una revolución que le plantó cara a 90 millas de sus costas, recurre una y otra vez a la farsa jurídica, la calumnia y la amenaza para intentar lo que no ha podido lograr por la fuerza.

A estas alturas del camino, cualquier observador mínimamente informado reconoce el patrón. El gobierno estadounidense, bajo distintas administraciones —demócratas o republicanas, da igual el color del ave rapaz—, ha tejido una madeja de agresiones que van desde el bloqueo económico más prolongado de la historia moderna hasta intentos de magnicidio, pasando por invasiones fracasadas como la de Bahía de Cochinos, campañas de desestabilización mediática, y ahora, este revival judicial de tres décadas después.

¿Qué busca Washington con abrir este expediente contra un hombre de 94 años, retirado de la vida pública, a quien ya no le queda sino el testimonio de una vida entera de lucha? La respuesta es clara: distraer, intimidar y crear un pretexto. Distraer la atención de los problemas internos de la Casa Blanca, hoy acosada por escándalos y divisiones. Intimidar al liderazgo revolucionario cubano en un momento en que la isla enfrenta, con dignidad pero también con sacrificios, las consecuencias del recrudecimiento del bloqueo. Y crear un pretexto —un casus belli, como bien lo denunció el presidente Díaz-Canel— para justificar eventuales escaladas militares o sanciones aún más draconianas.

El argumento legal, por supuesto, es pura hojarasca. Ninguna nación soberana aceptaría que se juzgue desde el extranjero sus actos de defensa territorial. Cuando las avionetas de Hermanos al Rescate violaron conscientemente el espacio aéreo cubano, ignorando reiteradas advertencias, Cuba hizo lo que cualquier Estado haría: proteger sus fronteras. Que haya costado vidas es trágico, y ninguna muerte deja de ser lamentable, pero la responsabilidad política recae sobre quienes organizaron una provocación con fines propagandísticos en una zona de alta tensión. Pretender juzgar hoy, treinta años después y en tribunales de Washington, a quien tomó la decisión desde La Habana, es un atropello a la soberanía y una burla al derecho internacional.

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Pero este episodio no es más que un capítulo, un síntoma, de una enfermedad más profunda: la obsesión irracional de la clase política estadounidense por doblegar a Cuba. Una obsesión que ha fracasado durante 60 años. Fracasó cuando intentaron estrangular la economía de la isla. Fracasaron los complots. Fracasaron las invasiones. Fracasaron las campañas de mentiras. Y fracasará también esta nueva patraña.

Porque lo que Washington no termina de entender es que Cuba no es una república bananera que se rinda ante un comunicado de prensa ni ante una imputación lejana. Raúl Castro, como su hermano Fidel antes que él, pertenece a una estirpe de revolucionarios que aprendieron en la Sierra Maestra que el miedo se vence con coraje y la mentira con verdad. El pueblo cubano, que ha soportado carencias heroicas, no se arredra por un papel sellado en una corte de Florida.

Cada agresión, lejos de quebrar la moral de la isla, la ha templado. Cada nuevo intento de acoso ha terminado por reforzar lo que más irrita al imperio: la dignidad de un pueblo que prefiere morir de pie, que vivir arrodillado.

La imputación a Raúl Castro pasará. Los titulares de hoy serán olvidados mañana. Pero Cuba seguirá en pie, y la revolución seguirá siendo, para los pueblos del mundo, un símbolo de resistencia. Mientras tanto, Washington haría bien en mirarse al espejo: su propia historia está llena de derribos, invasiones y tribunales amañados. Lanzar piedras desde un cristal tan frágil es, cuando menos, un acto de cinismo.

La verdad, como la luz del Caribe, termina siempre por imponerse.

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