El conjunto quisqueyano, único campeón invicto en la historia del torneo, inicia mañana una nueva aventura con la misión de revalidar su condición de potencia, respaldado por una nómina de lujo y el liderazgo de Albert Pujols en el dugout
Por: Thiago Núñez G.
SANTO DOMINGO — El Clásico Mundial de Béisbol levantará mañana su telón con la exigencia competitiva como única certeza. Y en ese escenario de sueños y presión, donde cada lanzamiento puede significar la gloria o el fracaso, la República Dominicana vuelve a ocupar su lugar entre las potencias del torneo, respaldada por una historia que la señala y por una nómina que la justifica.
Pero no está sola en esa condición privilegiada. Japón, tricampeón del certamen y eterno guardián de la disciplina oriental; Estados Unidos, monarca en 2017 y anfitrión permanente; Venezuela, Puerto Rico y otras selecciones de primer nivel completan un panorama donde el margen de error es mínimo y donde los absolutismos suelen estrellarse contra la realidad del terreno.
El béisbol, se sabe, es un deporte de altibajos, de rachas y de momentos. Y en el Clásico, formato corto donde la exigencia no da tregua, esa verdad se multiplica.
El debut que marcó un camino
Desde su aparición en 2006, el conjunto quisqueyano dejó claro que no sería un actor secundario en esta fiesta global. Aquel equipo inaugural, encabezado por figuras de la talla de Albert Pujols, David Ortiz y Pedro Martínez, alcanzó las semifinales con autoridad, dejando en el camino a oponentes de respeto. Fue Cuba, precisamente, la que frenó su avance en aquella ocasión, pero el mensaje había quedado inscrito: el béisbol dominicano pesaba en el escenario internacional.
Tres años después, sin embargo, llegó el contraste que todo pueblo beisbolero lleva tatuado en la memoria. En 2009, Países Bajos —sí, Países Bajos, esa selección que muchos daban por desangelada— firmó una de las mayores sorpresas en la historia del evento al eliminar a Dominicana en la primera ronda. Aquella caída, dolorosa como pocas, expuso una verdad que el torneo se ha encargado de confirmar edición tras edición: el talento, por sí solo, no garantiza resultados cuando el nivel es el más alto del planeta y el formato no perdona distracciones.
La respuesta perfecta de 2013
Pero los pueblos grandes no se duermen en la derrota, y la respuesta de República Dominicana en 2013 fue sencillamente histórica. Aquel equipo, conducido por Tony Peña desde el dugout y por una constelación de estrellas en el terreno, conquistó el título con un récord perfecto de 8-0, convirtiéndose en el único campeón invicto en la historia del Clásico Mundial.
La final, disputada en San Francisco ante Puerto Rico, tuvo aroma a épica. Robinson Canó, elegido Jugador Más Valioso, brilló con luz propia; Nelson Cruz apareció en los momentos cruciales con su bate oportuno; José Reyes contagió con su energía de siempre; y Fernando Rodney, con su gesto de la flecha al cielo, cerró los partidos con autoridad de emblema. Ese torneo incluyó además remontadas memorables, como las logradas ante Estados Unidos e Italia, que confirmaron el temple de un grupo decidido a hacer historia.
La dualidad de una potencia
En 2017, esta nación volvió a mostrar su capacidad de reacción —inolvidable aquel cuadrangular de Nelson Cruz ante Estados Unidos tras revertir un 0-5—, pero el camino se cortó en segunda ronda. Y en 2023, Puerto Rico volvió a cruzarse en su sendero para frenar sus aspiraciones en fase inicial, recordando al mundo y a los propios dominicanos que la condición de favorito no exime del riesgo.
Esa dualidad —grandeza y vulnerabilidad, dominio y sorpresa— ha moldeado la identidad dominicana en el Clásico a lo largo de cinco ediciones disputadas. El balance, sin embargo, es más que positivo: un campeonato, presencia habitual entre los aspirantes y, sobre todo, ese registro invicto que nadie más puede exhibir. Solo Japón, con tres títulos, y Estados Unidos, campeón en 2017, han levantado más trofeos en el período reciente, pero ninguno lo hizo sin conocer la derrota.
Más allá del título: la vitrina del talento
El Clásico ha sido, además, la gran vitrina de la profundidad del béisbol dominicano en las Grandes Ligas. Cada edición reúne verdaderas constelaciones de estrellas que, durante unas semanas, intercambian los millones de sus contratos por el orgullo de defender la bandera. Esa capacidad de convocatoria, ese amor por la camiseta que trasciende lo económico, es quizás el mayor activo de una nación que respeta el béisbol como se respeta la familia.
Para la edición que comienza mañana, el equipo presenta una de las nóminas más completas de su historia reciente. Y tiene un ingrediente especial: Albert Pujols, leyenda viviente del béisbol dominicano y universal, asume por primera vez la conducción técnica en su nueva faceta de mánager. El hombre que en 2006 comenzaba su historia en el Clásico como jugador, regresa ahora para liderar desde el dugout a una generación que lo mira con admiración y respeto.
La nómina del presente
En la ofensiva, los nombres impresionan. Juan Soto, con su ojo clínico para seleccionar lanzamientos; Manny Machado, liderazgo y poder en cada swing; Fernando Tatis Jr., electricidad pura; Julio Rodríguez, juventud y proyección; Vladimir Guerrero Jr., fuerza bruta y talento natural. Todos ellos, en plenitud competitiva, forman un lineup que cualquier mánager firmaría sin dudar.
El pitcheo, tradicional talón de Aquiles en ediciones anteriores, presenta esta vez una rotación encabezada por Sandy Alcántara, cy young y as con mayúsculas, capaz de dominar cualquier lineup del planeta. El bullpen, por su parte, ofrece brazos de calidad para cerrar partidos en los innings finales, ese tramo donde los juegos se definen y las glorias se consagran.
La preparación previa ha dejado una imagen de cohesión que los propios jugadores se han encargado de resaltar: menos individualidades, más sentido colectivo, mayor conciencia de que en el Clásico no bastan los nombres ni los contratos. Los topes de exhibición celebrados en Santo Domingo ante los Tigres de Detroit sirvieron para afinar detalles y, sobre todo, para fortalecer ese espíritu de grupo que suele marcar la diferencia en los torneos cortos.
La pregunta necesaria para el Clásico:
República Dominicana inicia el Clásico 2026 como uno de los principales candidatos al título. La calidad individual, la profundidad del roster y la experiencia acumulada sustentan esa consideración. Pero el propio historial dominicano en el torneo invita a la cautela, a ese sano equilibrio entre la confianza y el respeto por el adversario.
La eliminación de 2009, el revés de 2023, los momentos de tensión vividos en cada edición demuestran que en este formato no existe margen para la relajación. Cualquier equipo, por más modesto que parezca en el papel, puede dar la sorpresa si el favorito se descuida un instante.
La pregunta, entonces, no es si República Dominicana tiene equipo para ganar —lo tiene, y de sobra—, sino si logrará sincronizar sus piezas en el momento justo. Si el engranaje colectivo funcionará con la precisión de un reloj suizo. Si la presión de ser favorito se convertirá en impulso o en lastre. Si Albert Pujols, desde su nueva posición, sabrá leer los momentos y tomar las decisiones que inclinen la balanza.
La cita con la historia
El Clásico comienza mañana. Y, como en cada edición desde aquel lejano 2006, la República Dominicana no solo compite: se mide contra su propia historia. Contra la gesta de 2013 y la decepción de 2009. Contra la grandeza de sus figuras y la exigencia de un pueblo que no concibe la mediocridad. Contra ese destino manifiesto que parece perseguirla cada vez que sale al terreno con la bandera en el pecho.
En el estadio, en las gradas, en cada rincón del país donde se encienda un televisor, habrá un dominicano o una dominicana conteniendo la respiración con cada lanzamiento, celebrando con cada hit, sufriendo con cada error. Porque el béisbol, aquí, no es un deporte más. Es una extensión de la identidad, una forma de estar en el mundo, una excusa para soñar.
Y en ese soñar colectivo, la República Dominicana vuelve a tomar su lugar entre las potencias. Con historia, con ambición y con la certeza de que, cuando el primer lanzamiento cruce el plato, todo es posible.
Que ruede la pelota.