Desde el corazón de la Amazonía, Brasil y México alzaron su voz en la COP30: Lula propuso redirigir los fondos del petróleo hacia energías limpias, mientras México denunció la «parálisis» global y la «cobardía disfrazada de diplomacia» frente a la crisis climática.
Lula presentó esta cumbre como la «de la implementación», un intento por convertir las letra muerta del Acuerdo de París en realidad. Con la crudeza de quien conoce la desigualdad, recordó que más de dos mil millones de personas carecen de combustibles adecuados para cocinar y que cientos de millones viven sin electricidad. «No puede haber justicia ambiental sin garantizar energía, salud y educación dignas para las comunidades más vulnerables», sentenció, trazando así una línea indisoluble entre ecología y equidad.
Su hoja de ruta se articuló en tres ejes: transición energética, justicia climática y protección de bosques. Propuso un fondo nacional que canalice los beneficios del petróleo y el gas hacia energías limpias, y presentó el Tropical Forests Forever Facility, un mecanismo para recompensar a los países que conserven sus selvas. Criticó con dureza que el gasto militar mundial duplique los recursos para la acción climática. «No habrá seguridad energética en un planeta en guerra», advirtió, en un guiño a la geopolítica de la crisis.
Pero si Lula habló con la autoridad del anfitrión, México lo hizo con la rabia del afectado. La secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, lanzó un discurso que resonó como un aldabonazo en la conciencia colectiva. Denunció la «parálisis del mundo ante la crisis climática» y la «cobardía disfrazada de diplomacia». Sus palabras, talladas en el dolor reciente de 83 muertos por lluvias torrenciales en su país, fueron un recordatorio de que el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad que cobra vidas.
México llegó a la cumbre con compromisos concretos: su NDC 3.0, que limita emisiones en términos absolutos, y la adhesión a la iniciativa «Gran Selva Maya» junto a Guatemala y Belice. Bárcena anunció que la adaptación climática será considerada un asunto de seguridad nacional, y que para 2026 el país contará con su primera Política Nacional de Adaptación.
En la atmósfera cargada de Belém, rodeados por la majestuosidad de una selva que el mundo entero necesita respirar, los llamados de Brasil y México dejaron una pregunta flotando en el aire: ¿escuchará la comunidad internacional, antes de que sea demasiado tarde, o seguirá paralizada por la cobardía y la inercia? La respuesta, como el futuro del planeta, pende de un hilo.