Miles de dominicanos elevan sus plegarias en la solemnidad del Corpus Christi, clamando por paz y unidad en tiempos convulsos
Por César Dalmasi Guzmán
Bajo un cielo que parecía bendecir la jornada, miles de fieles transformaron este jueves las calles de Santo Domingo en un río de fe durante la celebración del Corpus Christi, una de las festividades más veneradas por la grey católica. Desde los barrios del sur de la capital hasta el parque Eugenio María de Hostos, frente al malecón, la procesión avanzó entre cánticos y plegarias, llevando en alto el símbolo eucarístico como estandarte de esperanza en medio de un mundo fracturado por conflictos y desigualdades.
Marisela, una devota entre la multitud, expresó con voz emocionada lo que muchos sentían: Estas celebraciones son bálsamo para el alma, especialmente ahora que la inseguridad nos golpea día a día. Como madre, solo me queda orar sin cesar por mis hijos desde que salen hasta que regresan a casa. Sus palabras, sencillas pero profundas, resumían el anhelo colectivo de protección y serenidad que movía a los presentes.
El acto litúrgico, celebrado ante un altar adornado con flores blancas, velones centelleantes y la imagen tutelar de la Virgen de la Altagracia, estuvo marcado por un llamado universal a la paz. El sacerdote principal, con tono grave, elevó una súplica por el cese de los conflictos que ensangrientan el planeta: desde el fuego cruzado entre Irán e Israel hasta el drama palestino en Gaza, pasando por la guerra en Ucrania y los olvidados enfrentamientos en África. Que el Cuerpo de Cristo nos recuerde que somos un solo pueblo, imploró ante los fieles, quienes respondieron con un silencio cargado de solemnidad.
La homilía, centrada en la Eucaristía como fuente viva de esperanza, trascendió lo ritual para convertirse en un manifiesto social. Con la voz del papa Francisco como eco —todos hermanos—, el celebrante denunció la creciente fractura humana: Nos duele ver a tantos hermanos, incluidos migrantes en RD y Estados Unidos, privados de la dignidad que Dios les otorgó. La indiferencia y la división hieren el corazón del Evangelio. El incienso que ascendía hacia el cielo se mezclaba así con un reclamo terrenal: la urgencia de construir sociedades donde la fraternidad no sea solo palabra sagrada, sino práctica cotidiana.
Entre salmos entonados al unísono y el repique de campanas, la ceremonia revivió el misterio central de la tradición cristiana: aquella última cena donde pan y vino se transfiguraron en símbolos eternos. Para los creyentes, este sacramento no es mero recuerdo, sino presencia viva que —como destacó el obispo— debe impulsarnos a ser pan partido para los hambrientos de justicia.
Al caer la tarde, cuando los últimos asistentes abandonaban el parque llevando consigo hostias consagradas, quedaba en el aire una pregunta tácita: ¿logrará esta fe que hoy caminó por Santo Domingo convertirse en puente real entre los hombres? La respuesta, como el mismo Corpus Christi, quizá esté en aprender a ver lo divino no solo en el altar, sino en el rostro de cada hermano.