El mandatario dominicano estampó su firma en la «Proclamación de Miami» junto a once líderes afines al trumpismo, comprometiendo al país en una coalición militar hemisférica para combatir el narcotráfico. Mientras la Casa Blanca celebra una nueva alianza estratégica, analistas advierten que el acuerdo revive el espíritu intervencionista de la Doctrina Monroe y pone a prueba la autonomía de la política exterior dominicana.
Por: VIRTUDES ÁLVAREZ SAMPEDRO
MIAMI. – La mañana en Doral amaneció con el brillo metálico de los fairways y el peso de la historia geopolítica pisando la alfombra roja. A las 08:07, hora local, la comitiva presidencial dominicana cruzó las puertas del Centro de Convenciones del Trump National Doral Miami. Luis Abinader, vestido de traje oscuro y corbata azul, era recibido por Mónica Crowley, encargada de protocolo de la Casa Blanca, en un ceremonial milimétrico que dejaba claro quién es el anfitrión y quiénes los convidados.
Minutos después, el mandatario se sentaba a una larga mesa de caoba junto a otros once líderes latinoamericanoso. En el centro, presidiendo la escena, Donald Trump observaba con la satisfacción del anfitrión que ha logrado reunir en su finca a un bloque ideológicamente afín. Sobre la mesa, un documento que pasará a la historia como la «Proclamación de Miami», el acta fundacional del «Escudo de las Américas».
Abinader tomó la pluma y firmó. La imagen, difundida por la Dirección de Prensa del Presidente, lo muestra conversando animadamente con Trump mientras los asesores sellaban el acuerdo. En ese gesto, la República Dominicana se insertaba formalmente en una coalición militar regional cuyo objetivo declarado es «combatir los carteles del narcotráfico», pero cuyas implicaciones, advierten analistas, van mucho más allá de la retórica de la cooperación.
Los términos del Escudo
El acuerdo, según el comunicado oficial de la Presidencia, establece mecanismos de «cooperación reforzada contra el crimen organizado» y prevé el intercambio de inteligencia, la coordinación de operativos conjuntos y el fortalecimiento de las capacidades militares de los países miembros. Sin embargo, fuentes diplomáticas consultadas por Umbral.com.do indican que el documento incluye cláusulas que permitirían el entrenamiento de fuerzas especiales por parte del Comando Sur de Estados Unidos y la posible instalación de centros de coordinación regional.

Trump, en su intervención ante los mandatarios, fue claro en el espíritu que anima la alianza: «Juntos vamos a proteger nuestra seguridad, soberanía compartida, libertad compartida e independencia». Pero la retórica de la soberanía compartida contrasta con la asimetría evidente entre la superpotencia anfitriona y los doce países invitados.
La cumbre, concebida como un foro de «ideas afines», excluye a las principales potencias democráticas de la región —México, Brasil, Colombia— que han mostrado reservas ante lo que consideran un regreso a las viejas prácticas intervencionistas. En su lugar, reúne a un arcoíris de la derecha hemisférica que va desde el libertarismo radical de Javier Milei hasta el autoritarismo pragmático de Nayib Bukele, pasando por el conservadurismo tradicional de Santiago Peña y la ultraderecha católica de José Antonio Kast.
La sombra de Monroe
Para la mirada histórica, el paralelismo resulta inevitable. En 1823, el presidente James Monroe proclamó la doctrina que lleva su nombre: «América para los americanos», un principio que durante dos siglos ha servido para justificar la hegemonía estadounidense en el hemisferio y su derecho a intervenir en los asuntos de sus vecinos del sur.
Doscientos tres años después, la administración Trump ha encontrado un apodo para su versión actualizada: la «doctrina Donroe», un híbrido entre el ideario del magnate y la vieja aspiración imperial que nunca abandonó Washington. El «Escudo de las Américas» es su primera manifestación concreta.
«Este tipo de iniciativas responde al interés de Washington de consolidar alianzas en la región en línea con la histórica Doctrina Monroe», advierten analistas internacionales consultados por este diario. Pero lo que en el siglo XIX se presentaba como protección frente a las potencias europeas, hoy se formula como un dique de contención frente a la influencia china y una militarización de la política migratoria.

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo había adelantado en vísperas de la cumbre: la migración masiva es una amenaza para la civilización «occidental y cristiana». Ahora, con la firma de Abinader y sus pares, esa visión adquiere rango de compromiso internacional.
El cálculo dominicano
La Presidencia dominicana ha vendido la participación en la cumbre como una oportunidad para fortalecer los lazos con Washington y posicionar al país como socio estratégico. Abinader ha reiterado en diversas ocasiones que la relación con Estados Unidos es «muy especial», un pilar de su política exterior basado en fuertes lazos comerciales y valores democráticos compartidos.
Pero el cálculo político tiene sus riesgos. Al sentarse a firmar esta alianza, Abinader vincula el destino del país a una agenda que en Estados Unidos es profundamente divisiva y en la región abiertamente excluyente. La foto con Trump, Bukele y Milei puede rendir frutos a corto plazo en términos de acceso a recursos o cooperación en seguridad, pero hipoteca la capacidad dominicana de mantener una política exterior equilibrada y autónoma.
Horas antes de la firma, el Partido Comunista del Trabajo (PCT) había expresado su preocupación por las implicaciones del encuentro para la soberanía nacional. «Podría tener implicaciones para la soberanía nacional y la de otros países de la región», advirtió la organización en un comunicado. Una preocupación que, en los pasillos de Doral, pocos se atrevían a mencionar en voz alta.
La jornada y sus ecos

La cumbre no se agotó en la firma de la proclamación. A lo largo del día, Abinader sostuvo encuentros bilaterales con varios de los mandatarios presentes, en una intensa jornada de diplomacia paralela que incluyó un almuerzo ofrecido por Trump y una recepción nocturna del secretario de Estado, Marco Rubio.
El presidente dominicano aprovechó la ocasión para impulsar iniciativas conjuntas en materia de seguridad regional y desarrollo económico, según informó su Dirección de Prensa. Pero el peso simbólico de la jornada ya estaba fijado: la firma, la foto, la mesa compartida.
Mientras los líderes posaban para la imagen de familia, en las calles de Miami cientos de dominicanos celebraban en el loanDepot Park la victoria de su selección de béisbol sobre Nicaragua. Abinader había estado allí la víspera, lanzando la primera bola, compartiendo la pasión popular. Hoy, la pasión era otra: la geometría variable de la geopolítica, donde los principios a veces se doblegan ante las realidades del poder.
Queda la firma. Queda la proclamación. Y queda, sobre todo, la pregunta que el presidente deberá responder no a los analistas ni a los partidos, sino a la historia: ¿qué gana realmente República Dominicana alineándose sin matices en una coalición que excluye a la mitad del continente y abraza la visión más radical de la derecha hemisférica?
Por ahora, solo hay certeza de lo que se ve: una fotografía. Un presidente sonriente. Una pluma firmando. Y el eco lejano de una doctrina de hace dos siglos que, bajo nuevo nombre, sigue definiendo los límites de la soberanía en el patio trasero.