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El Imperio sin Brújula : Cuando Washington Declara la Guerra al Orden Mundial 

La administración Trump, lejos de ejercer un liderazgo responsable, ha optado por dinamitar los frágiles consensos internacionales, convirtiendo a Estados Unidos en el principal vector de caos y violencia global. El asesinato del ayatolá Jamenei no es un acto aislado, sino la confirmación de una doctrina imperial que empuja al mundo hacia el abismo de la fuerza bruta.

Por JULIO GUZMÁN ACOSTA

Hay momentos en la historia en que la locura deja de ser un atributo individual para convertirse en política de Estado. Lo que estamos presenciando desde la Casa Blanca, en esta nueva y alarmante fase del experimento trumpista, trasciende la simple torpeza diplomática o el exabrupto matutino en redes sociales. Nos hallamos ante la liquidación sistemática de ese delicado tejido de normas, pactos y organismos que, con todas sus imperfecciones, constituían el armazón de un orden internacional basado en consensos.

El Imperio ha enloquecido. Y en su delirio de grandeza terminal, está incendiando la aldea global.

La reciente escalada contra Irán, que ha cobrado la vida del ayatolá Alí Jamenei en los bombardeos del 28 de febrero, no es una operación quirúrgica contra una amenaza inminente. Es un mensaje cifrado en sangre para toda la humanidad: la negociación ha muerto. Washington, en su actual encarnación, no concibe la diplomacia como un puente, sino como un trofeo de guerra que se arrebata al vencido. La noción misma de «rules-based order», ese orden basado en reglas que Occidente pregonó durante décadas, ha sido arrojada por la borda como lastre innecesario. Y lo más grave es que, al hacerlo, han demostrado que aquellas instituciones —la ONU, los tribunales internacionales, los tratados de no proliferación— solo eran respetadas en la medida en que favorecían la correlación de fuerzas impuesta por el hegemon.

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Lo que comenzó como un genocidio televisado en Gaza, con la complicidad cómplice del gobierno de Biden, se ha convertido en el modelo de gobernanza global de la era Trump. La fuerza bruta, desnuda de todo ropaje jurídico, es el único idioma que entiende y profesa esta nueva administración. El secuestro de mandatarios, las amenazas anexionistas sobre Groenlandia, la desestabilización en el Caribe y, ahora, la guerra injustificada contra la República Islámica, no son piezas sueltas de un rompecabezas caótico. Son los latidos sincopados de un mismo corazón imperial que late al ritmo de la pólvora.

La tragedia iraní encierra una lección cruda que ningún país del Sur Global debería ignorar. Teherán, durante los últimos dieciocho meses, tendió la mano de la diplomacia. Estuvo dispuesto a concesiones significativas, a poner sobre la mesa su programa nuclear a cambio de no ser despojado de toda capacidad disuasoria. La respuesta del eje israelí-estadounidense fue la bomba y el misil. El mensaje es terroríficamente claro: «O te rindes sin condiciones, o te rendimos por la fuerza».

Ante esta disyuntiva, el cálculo racional de cualquier nación soberana que no se halle bajo el paraguas de la OTAN se vuelve perverso pero inevitable. Si Estados Unidos ha decretado que la ley del más fuerte es la única ley, ¿qué incentivo existe para no volverse más fuerte? ¿Qué razón de peso puede esgrimirse para que un país con capacidad tecnológica renuncie a desarrollar armas de destrucción masiva, si estas —particularmente el arma nuclear— representan el único seguro de vida creíble frente a la voracidad del Leviatán norteamericano?

Las armas nucleares igualan. Nivelan el terreno de juego. Convierten una invasión en un cálculo de riesgos existenciales. Si Washington demuestra día tras día que no respeta soberanías, que no honra acuerdos y que considera a los líderes de otras naciones como objetivos militares legítimos, está empujando al mundo a una peligrosísima carrera por la disuasión atómica. Es la profecía autocumplida del caos: al destruir los mecanismos de consenso, siembran las semillas de un mundo donde cada quien busque su propia bomba para sentarse a la mesa de un juego que ya no tiene reglas.

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El complejo tecnológico-militar estadounidense, quizá el último bastión de una hegemonía en declive en otros órdenes, es lo suficientemente letal como para decapitar gobiernos en cuestión de días. Pero esa misma capacidad, ejercida sin brújula ética ni legal, convierte a Estados Unidos en el principal factor de inseguridad sistémica del planeta. Ya no es un faro de libertades, ni siquiera un mal necesario en el equilibrio de poderes. Es, sencillamente, un peligro para la humanidad.

El mundo que nos propone el trumpismo es un mundo hobbesiano de todos contra todos, donde la única certeza es la violencia del más fuerte. Y si esa es la nueva normalidad impuesta por el jefe de la OTAN, no cabe sino preguntarse: ¿quién negociará mañana con un socio que ha roto todas las barajas? ¿Qué valor tendrá la firma de un tratado con un imperio que ha pisoteado sus propias instituciones? La locura de unos pocos no debería costarle la cordura —y la vida— a todo el planeta. Pero esa es, exactamente, la apuesta que la Casa Blanca ha hecho sobre el tablero mundial.

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