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Reunion entre Gustavo Petro y Donald Trump: El Encuentro Imposible

Petro y Trump: la foto que estremece a Colombia y el cálculo frío de un año electoral donde todo, hasta un apretón de manos con el “fascista”, es una jugada por el poder

Por Julio Guzmán Acosta.

La instantánea es un puñal. Ahí están, congelados en un marco que parece blasfemo: el primer presidente de izquierda que ha tenido Colombia, estrechando la mano del hombre que amplios sectores del planeta –con razón fundada– señalan como fascista, autoritario, pedófilo, xenófobo, misógino, genocida, negacionista climático y artífice de políticas que han esparcido dolor y muerte dentro y fuera de Estados Unidos. La imagen escuece, quema la retina del idealismo. Pero reducir la política a la moral de una fotografía es un lujo que sólo pueden permitirse quienes nunca han tenido que gobernar. La verdadera política, esa que se cuece a fuego lento en los despachos donde se miden fuerzas, se leen contextos y se administran riesgos, es otra cosa: es la arena sucia y gris de lo posible.

El encuentro entre Gustavo Petro y Donald Trump no es una curiosidad diplomática. Ocurre en el minuto exacto en que Colombia entra formalmente en la vorágine electoral. El 15 de marzo se elige nuevo Congreso; el 31 de mayo, presidente y vicepresidente. Petro no puede reelegirse, pero su proyecto –ese giro político iniciado en 2022– está en la picota. Lo que se juega no es la permanencia de un hombre, sino la continuidad o el desmantelamiento de una apuesta histórica. Y esa continuidad hoy tiene un nombre que resuena con fuerza en el campo progresista: Iván Cepeda Castro. Él es la carta para profundizar lo iniciado, el dique contra la ofensiva conservadora que quiere revertir cada reforma.

Trump, por su parte, no es un espectador imparcial. Ha metido sus manos –tosca, temerariamente– en los procesos electorales de América Latina. A Colombia la tiene en la mira: ha acusado a Petro de narcotráfico, sin pruebas, en declaraciones que aquí no son simples improperios. En un país donde el narcotráfico, la seguridad y el visto bueno de Washington han sido históricamente látigos de campaña, esas palabras tienen el peso de una losa. Por décadas, en Colombia se instaló una pedagogía perversa que disfrazó la subordinación como “cooperación estratégica”. La presencia militar extranjera, la sombra de las agencias, los acuerdos de “asistencia” –esa palabra dulce para el saqueo– no se veían como injerencia, sino como garantías de un orden impuesto. El prolongado conflicto interno dio el pretexto perfecto: la lucha contra el comunismo y las guerrillas sirvió para legitimar una élite política, económica y mediática profundamente alineada con el Norte. Así se naturalizó una relación asimétrica: Estados Unidos como garante, Colombia como socio disciplinado. Una dependencia funcional sostenida por un axioma tácito: la seguridad se delega, la soberanía se negocia y la crítica se vuelve sospechosa.

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Por eso, este viaje a Washington no fue un mero trámite de política exterior. Fue, ante todo, una jugada maestra de política interna. Petro llegó con el agua al cuello: reformas entrampadas, tensiones en su propio campo, una ofensiva judicial y mediática feroz desde la derecha, y la narrativa opositora que lo pinta como un paria internacional, incapaz de dialogar con los centros reales del poder. La reunión con Trump, en ese contexto, operó en varios frentes a la vez. Le permitió desactivar –al menos en parte– el relato del aislamiento, contener la acusación de ser “enemigo de Estados Unidos” y exhibir capacidad de diálogo hasta con su antagonista ideológico más poderoso. Nada de esto implica afinidad o concesión; habla de un pragmatismo frío, atado al calendario electoral que marca el compás de cada gesto presidencial.

Surge entonces la pregunta inevitable: ¿legitimación o contención? Es comprensible el reparo moral: la foto conjunta puede sentirse como una traición a los principios. Pero gobernar exige a veces decidir en escenarios que no son ideales. No se trata de claudicar, sino de administrar los principios en un mundo de poder real. ¿Qué habría ganado Colombia con una negativa? En política, la ausencia también comunica, y en año electoral, puede ser un arma letal. Negarse habría alimentado el relato de la irresponsabilidad diplomática. Asistir conlleva un riesgo simbólico, pero también otorga un cierto control narrativo. Petro optó por lo segundo.

Incluso el tuit posterior, con la dedicatoria de Trump –“You are great”– debe leerse en clave doméstica. La derecha colombiana ha construido durante años una descalificación clasista y cultural contra la izquierda: por no hablar inglés con fluidez, por el origen social, por el pasado guerrillero, por no encajar en los códigos rancios de la élite bogotana que se cree única “capaz y merecedora” de gobernar. Ese gesto, más allá de su contenido, es un mensaje interno: no se negocia desde la inferioridad cultural ni desde el complejo colonial. Se habla de tú a tú, aunque la asimetría estructural siga ahí, intacta.

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La derecha intentará usar el acercamiento como señal de incoherencia; el progresismo, como prueba de gobernabilidad. Pero más allá de la retórica inmediata, Estados Unidos seguirá siendo un factor estructural en la política colombiana. La relación en seguridad, migración, comercio y lucha contra las drogas no se evapora por afinidades o fricciones ideológicas. Y no cabe ingenuidad: Trump no da puntada sin dedal. Su política exterior no se mueve por gestos gratuitos; opera sobre intereses concretos, y eso casi siempre significa injerencia y saqueo. Es probable que en los próximos meses emerjan presiones o condicionamientos hoy aún ocultos. La reunión no cancela la historia de dependencia, ni transforma por sí sola la correlación de fuerzas. El imperialismo no desaparece con un apretón de manos.

La pregunta correcta, entonces, no es si dialogar o no dialogar. La pregunta es desde qué posición se dialoga y con qué objetivo estratégico. Petro eligió hacerlo en el momento más complejo del calendario político. La fotografía es incómoda, sí. Pero la política, sobre todo en nuestra América Latina convulsa, rara vez ofrece escenarios cómodos. Y a veces, en año electoral, gobernar también significa administrar contradicciones, caminar sobre el filo de la navaja, y saber que, tras la foto que estremece, queda la batalla por el futuro de un país. Esa batalla, la de verdad, es la que ahora se libra.

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