Desde el Estadio Quisqueya Juan Marichal
Las Estrellas Orientales, al borde del abismo, resurgen en la novena con un grand slam monumental de Enmanuel Valdez para derrotar 6-5 a los Leones del Escogido.
Por Theo Núñez Guzmán
SANTO DOMINGO. – En el épico teatro del béisbol, donde el destino se escribe a golpe de madera y corazón, un nombre grabó anoche su leyenda con letras de fuego: Enmanuel Valdez. El emergente, en un acto de pura poesía dramática, conectó un jonrón con las bases repletas en el último episodio, virando un marcador que parecía esculpido en piedra y entregando a las Estrellas Orientales una victoria agónica por 6-5 sobre los Leones del Escogido. Fue un golpe que no solo cruzó la cerca, sino que atravesó el alma del juego.
El partido, disputado con la tensión de un clásico de la pelota invernal dominicana, parecía tener dueño. Los Leones, con una ventaja de 5-1 al comenzar la novena entrada, respiraban la confianza de quien tiene el triunfo atado con un lazo. El abridor cubano Norge Ruiz había tejido una labor magistral de 5.2 entradas, permitiendo apenas un hit, y el relevista Andy Otero, por las Estrellas, había respondido con cinco capítulos en blanco de pura efectividad. Todo apuntaba a un final previsible.
Pero el béisbol, ese deporte que desconoce los guiones, preparaba su revolución. Phillips Valdez inició la novena para los rojos y, tras ponchar a Abraham Almonte, la fortuna cambió de bando. Robinson Canó disparó un doble de autoridad. Magneuris Sierra siguió con un sencillo implacable. Entonces, Raimel Tapia, también desde la banca, envió un cohete al jardín central que remolcó a Canó. La ventaja se redujo, el estadio comenzó a vibrar con un rumor creciente. Vidal Bruján, con un infield hit cargado de nervio, llenó las bases. El caos se instaló en el diamante.
Fue en ese caldero de presión, con un out en el pizarrón y la derrota respirando en el nuca, cuando Enmanuel Valdez tomó el bate. Sustituyó a Francisco Peña, avanzó hacia la caja con la serenidad de un titán y se plantó frente al lanzador Jimmy Cordero. El silencio fue un preludio. Y luego, en un estallido de madera y voluntad, la pelota partió hacia la oscuridad, entre el jardín derecho y el central, en un vuelo limpio, alto, definitivo. Un grand slam. Cuatro carreras. El estadio estalló en un grito colectivo mientras Valdez recorría las bases bajo una lluvia de alaridos, consumando una de las remontadas más gloriosas de la temporada.
El triunfo fue crédito del relevista Enoli Paredes (1-0), quien había sostenido la esperanza con una entrada en blanco. La derrota, amarga, cayó sobre los hombros de Jimmy Cordero (1-1). Patrick Weigel anotó el salvamento.
En la estadística fría, brillaron Alex Munguia, con tres hits para las Estrellas, y Yamaico Navarro, con dos para los Leones. Pero las cifras se desvanecen ante la magnitud del momento. Lo que quedará, más allá de los números, es la imagen de un hombre que, desde el anonimato de la suplencia, se convirtió en el arquitecto de un milagro beisbolero. Anoche, Enmanuel Valdez no solo ganó un juego; conquistó su lugar en la memoria del clásico dominicano.