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La Diplomacia del Subalterno: Abinader y el Arte del Servilismo

Ante la visita del secretario de Guerra estadounidense, el gobierno dominicano ha exhibido una complacencia que raya en la sumisión, abandonando la tradición de equilibrio diplomática que caracterizó a administraciones anteriores y alineándose de manera incondicional con los designios de la administración Trump, particularmente en su cruzada contra Venezuela.

En los anales de la diplomacia dominicana, nunca se había presenciado un espectáculo tan lastimoso como el ofrecido esta semana por la administración de Luis Abinader. Con una deferencia que avergonzaría hasta al más leal de los vasallos, el gobierno del Partido Revolucionario Moderno (PRM) ha desplegado la alfombra roja para Pete Hegseth, secretario de Guerra de los Estados Unidos, en lo que constituye una clara demostración de servilismo geopolítico que marca un punto de inflexión en las relaciones internacionales de la República Dominicana.

La escena en el Palacio Nacional habría provocado rubor incluso en los tiempos más oscuros de la Guerra Fría. Mientras Hegseth descendía de su avión militar para ser recibido con honores casi monárquicos, el presidente Abinader y su equipo se aprestaban a cumplir con el guión establecido en Washington: reforzar la «Operación Lanza del Sur» y, lo que es más grave, avalar la narrativa que justifica el creciente intervencionismo estadounidense en el Caribe so pretexto de combatir el narcotráfico.

La Venezuela de Maduro como Pretexto Geopolítico

No es difícil discernir el verdadero propósito detrás de esta súbita atención que Washington presta a Santo Domingo. La administración Trump, en su obsesión por derrocar al gobierno legítimo de Nicolás Maduro, ha encontrado en Abinader un aliado dispuesto a prestar su territorio y su legitimidad internacional para una causa que poco tiene que ver con los intereses nacionales dominicanos. El llamado «Cartel de los Soles», designado por Washington como organización terrorista, sirve de pretexto conveniente para una estrategia de cerco que viola abiertamente el principio de no intervención que durante décadas guió nuestra política exterior.

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Lo que estamos presenciando es la transformación de la República Dominicana en un portaaviones diplomático al servicio de los intereses hegemónicos norteamericanos. Mientras el gobierno de Abinader se presta a este juego peligroso, ignora deliberadamente que la soberanía no es moneda de cambio, sino principio fundamental de la existencia nacional. Ni siquiera durante el gobierno de Joaquín Balaguer, tan criticado por su alineamiento con Washington, se llegó a estos niveles de sumisión.

La escena en el Palacio Nacional habría provocado rubor incluso en los tiempos más oscuros de la Guerra Fría. Mientras Hegseth descendía de su avión militar para ser recibido con honores casi monárquicos, el presidente Abinader y su equipo se aprestaban a cumplir con el guión establecido en Washington: reforzar la «Operación Lanza del Sur» y, lo que es más grave, avalar la narrativa que justifica el creciente intervencionismo estadounidense en el Caribe so pretexto de combatir el narcotráfico.

La Ceguera Voluntaria ante los Problemas Domésticos

Resulta particularmente cínico que este gobierno, tan solícito para con las demandas estadounidenses, muestre una incapacidad tan notable para limpiar su propia casa. Mientras Hegseth y Abinader conversaban sobre el narcotráfico internacional, los fantasmas domésticos del PRM acechaban en las sombras: regidores, exdiputados y dirigentes políticos vinculados al tráfico de drogas, procesados en cortes estadounidenses, constituyen un recordatorio patente de que la complicidad con el narcotráfico no es un fenómeno nuevo y que cada día toca las puertas del partido de gobierno, el PRM.

Esta contradicción fundamental revela la verdadera naturaleza de la postura gubernamental: no se trata de una lucha genuina contra el narcotráfico, sino de un alineamiento político estratégico que sacrifica la soberanía nacional en el altar de los intereses estadounidenses. El gobierno dominicano, en su afán por congraciarse con Washington, ha terminado por convertirse en el peón perfecto en un tablero geopolítico cuyas reglas no ha contribuido a escribir.

El Precio de la Subordinación

La historia juzgará severamente este capítulo de la diplomacia dominicana. Cuando las aguas vuelvan a su cauce y la obsesión trumpista con Venezuela pase a los archivos históricos, quedará al descubierto el precio de esta política de subordinación: el debilitamiento de nuestra posición internacional, el sacrificio de principios diplomáticos fundamentales y la transformación de la República Dominicana en un satélite de la política exterior estadounidense.

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El verdadero patriotismo no se mide por la capacidad de congraciarse con las potencias, sino por la firmeza para defender los intereses nacionales frente a ellas. En este sentido, la administración Abinader ha fracasado estrepitosamente, intercambiando la dignidad nacional por un lugar en la foto junto al secretario de Guerra estadounidense. Las generaciones futuras recordarán este período como el momento en que la República Dominicana, voluntariamente, cambió su soberanía por un plato de lentejas geopolíticas.

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