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Opiniones

El poeta azteca Cacamatzin y la certeza de la muerte

La muerte es un tópico literario metafísico abordado por los “grandes”, según nosotros, y casi siempre lo asociamos a pensadores europeos e ingleses. Lo cierto es que la muerte es patrimonio de los seres, hombres y animales, de las cosas, universos y cosmos, es inherente a la existencia. Todos tienen el derecho de interpretarla, abrazarla y vivirla. Los aztecas también hablaron de ella, y no sobre el dilema de su sexo, apariencia o naturaleza; la abordaron como destino inicial, como única certeza del ser humano.

Es una pena que nosotros, influenciados por el colonialismo, obviemos las riquezas que radican en la literatura de pueblos indígenas. Es horrendo que su cultura, específicamente la azteca, haya sido calificada como “decadente, simplificada y precaria” por personas que estaban supuestas a defenderla.

El canto de Cacamatzin tiene un peso ancestral, y está repleto de verdades asociadas a la vida y la muerte, a la grandeza y a la humildad. Este canto nos habla de la muerte como la única cosa segura que tenemos. Cacamatzin fue hijo de Nezahualpilli y de uno de sus amores ocasionales, considerado por muchos hijo ilegítimo. Creció rodeado de privilegios, ya que era sobrino directo del gran señor de los aztecas. A lo largo de su vida, se encontró en situaciones de vida o muerte; fue engendrado como para pelear eternamente por ganarse un lugar entre los suyos. Se anticipó a su muerte con su canto, y de una forma casi milagrosa, su melodía se extendió y perduró hasta nuestros días.

La primera estrofa de este canto sirve de salutación, pero también de advertencia:

Amigos nuestros,

escuchadlo: que nadie viva con presunción de realeza.

El furor, las disputas

sean olvidadas,

desaparezcan

en buena hora sobre la tierra.

Es curioso, pero Cacamatzin se atrevió, con esta introducción, a desafiar las creencias religiosas de su época cuando dijo “que nadie viva con presunción de realeza”. Es bien sabido que los aztecas se consideraban herederos de la grandeza tolteca, escogidos para la gloria. El poeta cuestiona a esta idea, y quizás no insinuando que dejen atrás su fe, pero, en pocas palabras, les dice que no dejen que esto les nuble el juicio, que se mantengan humildes. Les exhorta que vivan en paz mientras estén sobre la tierra, que olviden las diferencias.

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En la segunda estrofa, habla sobre el egoísmo del hombre, sobre la individualidad excesiva:

También a mí solo,

hace poco me decían,

los que estaban en el juego de pelota,

decían, murmuraban:

¿Es posible obrar humanamente?

¿Es posible actuar con discreción?

Yo sólo me conozco a mí mismo.

Todos decían eso,

pero nadie dice verdad en la tierra.

Y se relaciona con la estrofa anterior. Al entenderse hechos para la gloria, algunos aztecas (gobernadores, reyes) vivían por sus propios caprichos y medios, creyéndose merecedores de cuanto existe, de cargos y posiciones. Cacamatzin por esto tuvo algunos inconvenientes. Cuando fue príncipe, se levantaron en su contra, se asentó un grupo en otra localidad y desde allí le hacían oposición.

En la tercera estrofa, vemos como realiza una hermosa apreciación de su entorno. También, expone que la naturaleza está incluso por encima de nosotros, que su función es brindar alegría:

Se entiende la niebla,

resuenan los caracoles,

por encima de mí y de la tierra entera.

Llueven las flores, se entrelazan, hacen giros,

vienen a dar alegría sobre la tierra.

La cuarta estrofa habla de un dios cercano, que habita entre las flores, con ellos:

Es en verdad, talvez como en su casa,

obra nuestro padre,

tal vez como plumajes de quetzal en tiempo de verdor,

con flores se matiza,

aquí sobre la tierra está el Dador de la vida.

En el lugar donde suenan los tambores preciosos,

donde se hacen oír las bellas flautas,

del dios precioso, del dueño del cielo,

collares de plumas rojas

sobre la tierra se estremecen.

Tratando de entrever el mensaje de Cacamatzin contenido en esta estrofa, se infiere que su dios se escondía en los pequeños detalles, su dios tan grande y poderoso, habitaba en el plumaje del quetzal (ave del sur de México y Centroamérica), en las flores de matiza, cerca del bello sonido de los tambores, en el viento que se colaba por las flautas y las acariciaba.

Sobre las últimas tres estrofas:

Envuelve la niebla los cantos del escudo,

sobre la tierra cae lluvia de dardos,

con ellos se oscurece el color de todas las flores,

hay truenos en el cielo.

Con escudos de oro

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Allá se hace la danza.

Yo solo digo,

yo, Cacamatzin,

ahora solo me acuerdo

del señor Nezahualpilli.

¿Acaso allá se ven,

acaso allá dialogan

él y Nezahualcóyotl

en el lugar de los atabales?

Yo de ellos ahora me acuerdo.

¿Quién en verdad no tendrá que ir allá?

¿Si es jade, si es oro,

acaso no tendrá que ir allá?

¿Soy yo acaso escudo de turquesas,

una vez más cual mosaico volveré a ser incrustado?

¿Volveré a salir sobre la tierra?

¿Con mantas finas seré amortajado?

Todavía sobre la tierra, cerca del lugar de los atabales,

de ellos yo me acuerdo.  

Pág. 91, 92 y 93

Como evocando algún tipo de festividad, y valiéndose de figuras literarias que parten de la naturaleza, Cacamatzin evoca a sus ancestros, seres relevantes para su pueblo. Y solo quizás, su canto pudo haberse escrito justo entre la alegría y la algarabía del pueblo.

El sonido de los atabales parece abrir un portal al otro plano…

Se habla de uno de los derivados del tópico literario de la muerte, se habla de Ubi sunt? (dónde están), que hace referencia a extrañar a los seres queridos fallecidos. En este contexto, Cacamatzin quiere saber si sus antepasados se reunieron, si dialogaron.

¿Es el más allá un sitio de reencuentros y perdón?

La ultima estrofa es en donde se fraguan las ideas de estas palabras expresadas sobre el Canto de Cacamatzin. Vemos otro de los derivados del tópico aquí tratado: Omnia mors aequat (a todos iguala la muerte). Esta ultima estrofa revela algo que todos sabemos: todos moriremos, seamos pobres, ricos, ineptos, inteligentes, de la nobleza, de la servidumbre… todos tendremos un mismo fin/inicio: la muerte.

De forma conclusiva, se puede afirmar que Cantos de Cacamatzin es una melodía existencialista que trata de recordarle a la humanidad sus orígenes y su fin, que a su vez es un inicio. Entre atabales, flores y niebla, nos dice que todos somos iguales, que a todos nos une una dualidad: la vida y la muerte. Con este canto, el príncipe Cacamatzin inconscientemente se preparaba para su propia muerte, y éste se transmite, probablemente, de persona a persona hasta ser compilado, hasta llegar a nosotros, a nuestros ojos y oídos.

La única certeza que tenemos es la muerte.

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Referencias

León-Portilla, M. Trece poetas del mundo azteca. Ministerio de Cultura. Fundación Editorial el perro y la rana, 2006. Caracas, Venezuela.

Tópicos literarios: https://es.wikipedia.org/wiki/T%C3%B3pico_literario

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La autora es estudiante de la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD)

doralycastillo5134@gmail.com

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