CIELONARANJA
Por Miguel D. Mena
Nunca me gustó la palabra “futuro”. Fría, lejana.
En un libro de mi infancia allá por los 70 veía imágenes de cómo sería el año 2000, con estaciones en Marte, con viajes a la Tierra similares a los que hacías hasta Boca Chica.
Pero ese futuro nunca llegó.
A lo que sí me acostumbré fue al pánico ante ese “día después” que finalmente acabó llegando.
Tres semanas antes de que concluyeran las clases en el Liceo Estados Unidos, pensaba que justo tenía ese tiempo para compartir con mis compañeros. Lo mismo luego en Los Mina, en la UASD, en la Escuela de Partido, en todas las escuelas del mundo. Bye.
Cuando Gabina se rompió la rodilla, no pude más. Desde entonces sólo tengo en una mano el poema de Vallejo esperando que me consuele, pero no pasa. En ese poema se advierte del momento en que en una mesa ya no oigas el “sírvete”.
Nos pasará a muchos: esa palabra que salvaba en la mesa, esa mecedora o sofá de los viejos, mientras despedían esas frases como las espadas luminosas de Martí, que hendían el aire y se rompían en alas. Hace tiempo que aquel hablar en “ocoeño” no lo oigo, que el día de mañana será lo mismo que todos los días en estos últimos años.
Terrible la palabra que es la palabra futuro. Nunca me sirvió. Ni ahora.