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Rendición de Cuentas de Luis Abinader: «CUESTE LO QUE CUESTE»

Entre la fe heredada y el temblor de la voz: los instantes en que Luis Abinader dejó de ser presidente para ser hijo, creyente y hombre de pueblo durante su discurso de Rendición de Cuentas

Por Julio Guzmán Acosta 

SANTO DOMINGO — Hay momentos en que la investidura se desvanece y, bajo el traje y la banda presidencial, emerge el hombre de carne y hueso. Ocurrió este año en la Asamblea Nacional, cuando Luis Abinader, investido de jefe de Estado, se despojó por instantes del lenguaje institucional para hablar desde las vísceras. Lo que pudo ser un discurso más de cifras y promesas se convirtió, en varios pasajes, en una confesión íntima ante el país.

El instante más desgarrador llegó cuando la corrupción ocupó la tribuna. Allí, ante un hemiciclo en silencio, el presidente cerró los ojos, alzó las manos como quien jura sobre lo sagrado y, con la voz quebrada por un temblor apenas contenido, pronunció las palabras que retumbaron más allá de los escaños: «Cueste lo que cueste; me cueste lo que me cueste. Ese es mi compromiso incondicional con mi país, con mi padre y con Dios.»

El silencio que siguió fue de esos que pesan, que obligan a mirar hacia adentro. Luego, los aplausos. Pero antes hubo un vértigo colectivo, la sensación de estar presenciando algo más que un informe de gestión: una promesa sellada con la memoria de un hombre que ya no está.

Luis Abinader en la solemnidad de su discurso.

Porque la mención al padre no fue un adorno retórico. José Rafael Abinader Wasaf, histórico dirigente del Partido Revolucionario Dominicano, sembró en el hijo la semilla de una vocación que él mismo no pudo ver florecer. Aspirante a la Presidencia en tiempos de utopías, su proyecto político quedó trunco. Desde la tribuna, el hijo gobernante le devolvió la dignidad de un sueño cumplido por delegación, como si al hablar de ética y servicio público estuviera, también, saldando una deuda de sangre.

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Pero no todo fue gravedad en la noche. Hubo un instante en que el protocolo se rindió ante la ternura. Al referirse a las obras viales en la Sierra, específicamente en Sabana Iglesia, Abinader rompió el libreto y miró hacia un lugar invisible para la mayoría, pero tangible para él: «Hoy, la zona de las Sierras, nuestras queridas Sierras… mami, de donde tú eres, mami.»

La frase, dicha con la naturalidad de quien habla en la mesa familiar, provocó sonrisas cómplices y un aplauso espontáneo. La madre, Rosa Sula Corona Caba, se convirtió así en destinataria accidental de un informe al país, y el presidente, por un segundo, fue solo un hijo que menciona a su madre frente al mundo.

Raquel Arbaje y su madre Margarita escuchan emocionadas el discurso del presidente.

Luego vendría el guiño risueño a su suegra, doña Margarita, mencionada desde el hemiciclo con esa familiaridad criolla que desarma cualquier solemnidad. Ecos de una Rendición de Cuentas que, por momentos, olía a café conversado en familia.

El discurso recuperó su densidad cuando Abinader puso el acento en la niñez y la adolescencia. «Si hay un compromiso que define el futuro de una nación, es el que asumimos con nuestra niñez y adolescencia», dijo, antes de destacar la labor del Gabinete de Niñez y Adolescencia, presidido honoríficamente por la primera dama Raquel Arbaje. No fue una mención protocolizar; fue un reconocimiento a quienes, desde el silencio y la constancia, tejen el presente de los que vendrán.

Y entre los nombres propios que asomaron en el discurso, hubo uno que resonó con fuerza popular: Hensel Aquino García, «Pico de Oro», el niño cuya verba encendió las redes sociales semanas atrás. Abinader no olvidó la promesa. «Recibirlo en el Palacio Nacional», dijo, y con esa promesa reafirmó la fe en la palabra empeñada, en la educación como faro y en las oportunidades que no distinguen cuna.

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«Un Estado honesto no es una opción. Es una obligación moral», sentenció más tarde, en un giro que devolvió la brújula hacia lo esencial. Y agregó, como quien busca la mirada del ciudadano de a pie, que la confianza solo se garantiza cuando los recursos públicos llegan «a donde deben llegar: a la gente».

Hensel Aquino García, invitado por Luis Abinader.

Así, entre la memoria del padre ausente, la mención espontánea a la madre serrana, el recuerdo del niño prodigio y la fe puesta en Dios como testigo, Luis Abinader entregó una Rendición de Cuentas que no se agotó en las cifras. Porque hubo momentos, esa noche, en que el presidente se desvaneció para dejar paso al hombre que, desde la emoción, le habló al país como se habla a los seres queridos: con la verdad a flor de piel y el corazón en la mano.

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