Las palabras del Papa León XIV, resonantes y claras, no son solo un llamado piadoso. Son un espejo moral que devuelve a la comunidad internacional la imagen de su propia complicidad con una de las mayores barbaries del siglo XXI: la destrucción sistemática y el castigo colectivo del pueblo palestino en la Franja de Gaza por parte del Estado de Israel.
Cuando el pontífice exige el fin del «castigo colectivo» y el «desplazamiento forzoso», no describe abstractos conceptos legales. Nombra con precisión la realidad diaria de miles de civiles desarmados: familias enteras aniquiladas bajo los escombros, una hambruna declarada utilizada como arma de guerra, y una maquinaria militar que avanza implacable sobre hospitales, refugios de la ONU y, como bien señala la nota, incluso sobre los sagrados recintos de iglesias que se han convertido en el último bastión de humanidad.
La exigencia israelí de evacuar la Ciudad de Gaza, donde la hambruna ya campa a sus anchas, no es una medida de protección. Es un acto de crueldad calculada. Como bien señalan los patriarcas de Jerusalén, para los ancianos, los niños y los enfermos que se refugian en la iglesia de la Sagrada Familia y en San Porfirio, salir es una «sentencia de muerte». ¿Qué clase de estrategia militar justifica la muerte por inanición y exposición de los más vulnerables? La respuesta es ninguna. Esto no es guerra; es una carnicería.
Detrás de esta ofensiva, que se prepara ante la mirada impotente del mundo, se esconde un objetivo político tan claro como abominable: el desplazamiento forzoso permanente. Las declaraciones del primer ministro Netanyahu abogando por una «migración voluntaria» son un eufemismo cínico para una limpieza étnica. Los palestinos lo saben, las organizaciones de derechos humanos lo denuncian, y la historia, que ya vivió su Nakba en 1948, les da la razón. Temen, con justa causa, que si salen, nunca podrán volver.
Y ante esta realidad incontestable, ¿dónde está la comunidad internacional? Estados Unidos y la Unión Europea, que se erigen como defensores del orden global basado en normas, llevan meses firmando cheques en blanco con su apoyo político, financiero y armamentístico a Israel. Mientras emiten débiles declaraciones pidiendo «moderación» en un lado, facilitan las bombas que caen del otro. Su complicidad no es pasiva; es activa, deliberada y manchada de sangre.
El aplauso que interrumpió al Papa en el Vaticano es el clamor de una ciudadanía global que ve la obscenidad de lo que ocurre. Es un repudio moral a la doble vara que aplican los poderosos. El derecho internacional humanitario, ese que Occidente invoca a conveniencia, es pisoteado a diario en Gaza con total impunidad.
La barbarie no se detendrá con más llamados a la calma. Se detendrá cuando los cómplices dejen de armarla, cuando se impongan sanciones reales y cuando se exija, con la fuerza de la ley y la diplomacia, la rendición de cuentas por los crímenes cometidos. El mundo no debe ser recordado como el espectador que silbó mientras Gaza ardía. La historia juzgará este silencio cómplice como lo que es: una traición a la humanidad.