Cuando la policía global es el principal violador del derecho internacional
Por Julio Guzmán Acosta
No hay hipocresía más peligrosa que la que se viste de moral universal. Estados Unidos, autoproclamado gendarme del mundo, acumula un historial de intervenciones criminales que eclipsa cualquier otro régimen en la historia moderna. Mientras señala con el dedo a gobiernos soberanos tachándolos de terroristas, sus propias acciones —desde golpes de Estado hasta bombardeos masivos contra civiles— revelan el verdadero rostro del terrorismo institucionalizado.
El manual del imperio: intervención, saqueo e impunidad
Desde 1945, Washington ha iniciado o participado en más de 80 guerras y operaciones encubiertas, dejando un saldo de millones de muertos. Solo en este siglo:
– Irak (2003): Una invasión basada en mentiras sobre armas químicas que costó 1 millón de vidas.
– Libia (2011): La OTAN redujo a escombros un Estado funcional, generando mercados de esclavos y caos migratorio.
– Siria (2014-act.): Bombardeos contra el terrorismo que destruyeron hospitales y escuelas bajo la doctrina del daño colateral.
El patrón es claro: invocan la democracia para justificar invasiones, pero arman dictaduras cuando conviene. Apoyaron a Pinochet (Chile), a los Contras (Nicaragua), a Ríos Montt (Guatemala) y hoy apoyan y financian a Israel mientras este comete genocidio en Gaza. Su soft power (acción blanda) es igual de letal: las sanciones unilaterales contra Venezuela, Cuba o Irán son armas de destrucción masiva que matan por hambre y medicinas.
La arquitectura de la ilegalidad: un sistema hecho a medida
Washington trata el derecho internacional como papel mojado:
– Corte Penal Internacional: La ignoran cuando investiga sus crímenes en Afganistán, pero exigen juicios para líderes africanos.
– ONU: Vetan resoluciones contra Israel mientras usan la Asamblea General como teatro de virtue signaling, (señal de virtud).
– Doctrina Monroe 2.0: En Latinoamérica, persiguen a Snowden pero protegen a Bolsonaro.
El colmo es su exceptionalismo doméstico: mientras condenan protestas en Hong Kong, reprimen con gases y balas el Black Lives Matter. Autorizan asesinatos con drones (Obama batió récords) pero censuran a Rusia por lo mismo.
El doble rasero como política de Estado
Califican de terrorista a todo gobierno que rechace su tutelaje:
– Cuba: 60 años de bloqueo criminal por atreverse a ser soberana y construir su propio destino.
– Venezuela: Sanciones por nacionalizar su petróleo y por no obedecer sus directrices e ir contra sus políticas imperiales.
– Irán: Bombardean instalaciones nucleares legales mientras Israel tiene 200 cabezas atómicas no inspeccionadas.
Mientras, Arabia Saudí —decapitadora de periodistas y genocida en Yemen— es su aliado preferente. La lógica es perversa: el terrorismo es lo que hace el enemigo; lo de ellos son intervenciones humanitarias.
Conclusión: Romper el espejo distorsionado
EE.UU. no es un «garante de la paz»: es el principal exportador de violencia del planeta. Su sistema se sustenta en tres pilares:
1. Militarización: 800 bases en 80 países.
2. Neocolonialismo económico: FMI y Banco Mundial como herramientas de sometimiento.
3. Hegemonía cultural: Hollywood y CNN lavando culpas con narrativas de buenos vs. malos.
Frente a esto, solo queda la resistencia multilateral. Los pueblos deben exigir que rindan cuentas por sus crímenes —desde Vietnam hasta Gaza— y construir alianzas fuera de su órbita. Porque en el diccionario imperial, terrorista es sinónimo de quien osa desafiarles.
Datos que duelen
– 27%: Porcentaje de presos mundiales que están en cárceles de EE.UU.
– $6.4 billones: Coste de sus guerras post-9/11 (Brown University).
– 0: Juicios por crímenes de guerra de sus soldados en Irak.