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La diversidad toma la cancha: Toronto abraza el mundo

El tiempo, en Toronto, se detuvo un instante antes del grito inicial. No fue el silencio previo al pitazo, sino el murmullo de un mundo entero cabiendo en un solo estadio. A las 13.40 hora local, el Toronto Stadium dejó de ser apenas un recinto de cemento y césped para convertirse en el espejo líquido de una Canadá que no elige una bandera, sino que las teje todas.

Por Redacción de Deportes

Canadá, por primera vez anfitrión de un Mundial masculino, no quiso presentar batalla ni trofeo sin antes mostrar su alma de mosaico. La FIFA cedió el escenario y la producción de Balich Wonder Studio lo vistió de poesía colectiva: un trofeo de la Copa del Mundo reinventado como símbolo de encuentro, no de conquista. Porque aquí, antes del primer gol entre Canadá y Bosnia-Herzegovina, ya se había ganado otra cosa: la ceremonia del reencuentro.

Seis grupos indígenas trazaron el círculo primigenio, desde el Atlántico hasta el Ártico. Luego desfilaron la ballena, el alce y el oso polar —tótems de una tierra inmensa— mientras la música atravesaba fronteras invisibles. Alanis Morissette, Alessia Cara, Jessie Reyez, Michael Bublé, William Prince y Nora Fatehi compartieron canción con la palestino-chilena Elyanna, el productor Sanjoy y el francés Vegedream. No era un cartel: era una declaración.

Will Arnett, embajador del Mundial, saludó a las gradas hervidas de calor humano. Y cuando Morissette tomó el himno canadiense para hacerlo íntimo y universal, y Aleksandar Gajić respondió con el de Bosnia, el estadio entendió que ya no se trataba solo de fútbol. Era la primera vez que la selección masculina de Canadá jugaba como local en una Copa del Mundo. Pero la historia, esa tarde, no comenzaba con un balón en el círculo central. Comenzaba con un país entero diciendo: aquí cabemos todos.

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México había encendido la llama el jueves. Los Ángeles la avivaría más tarde. Pero Toronto, con su ceremonia de inmigrantes y aborígenes, de osos polares y acentos mezclados, le puso alma al instante. El partido estaba por llegar. Pero el abrazo ya había ganado.

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