Umbral

Opiniones

El lujo de no mirar

Hay racistas que nunca se miran al espejo. No porque les falte un rostro, sino porque en su reflejo siempre ven a un justo. El odio, para ellos, nunca es arbitrario: tiene una causa, una herida, un argumento que en su cabeza pesa como una sentencia. “Si no contrato a ese moreno es porque no tiene estudios”, “si mi hija no se casa con él es por la familia”, “si le digo ‘prieto’ es con cariño”. La razón del racista dominicano es una razón blindada: no admite fisuras porque él no es el agresor, es el defendido. Y en ese error germinal florecen todas las violencias.

El problema no es convencer al racista de que lo es. Eso es tan estéril como pedirle a un pez que reconozca el agua. La verdadera dificultad está en los demás, en los que no gritan insultos ni queman cruces, pero tienen una habilidad exquisita para no ver. Para archivar lo del haitiano en la construcción al que le pagan menos como “es que él aceptó”, lo de la muchacha negra a la que no le devuelven la solicitud en el call center como “falta de perfil”, lo del niño afrodescendiente al que llaman “cocolo” en la escuela como “un apodo sin malicia”. Llevamos siglos optando por la segunda opción: mirar hacia otro lado hasta que el cuello duele, y luego llamar a eso “convivencia pacífica”.

Pero ocurre que el racismo no pide permiso para instalarse. Está en la puerta de la discoteca que no se abre para los de “pelo malo”, en la oficina pública donde el de piel más clara pasa primero, en la sonrisa del vecino que dice “nosotros no somos así, eso es cosa de haitianos”. Y quien lo sufre no necesita un juicio probatorio: lo sabe. Lo sabe como se sabe el sol de la tarde. Lo que no sabe es cómo demostrarlo, porque el racismo cotidiano en República Dominicana es un arte de la negación. Siempre habrá una excusa: “es que no había cupo”, “es que así es el carácter dominicano”, “es que usted es muy sensible”. Y así, el racista no es el que discrimina, sino el otro, el que denuncia.

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Por eso duele tanto la pregunta trampa: “¿En República Dominicana hay racismo?”. Porque quien la hace ya sabe que la respuesta correcta —la cómoda— es un no rotundo. Y ese no nos devuelve a la casilla cero, donde los racistas se sienten arropados, donde el problema se disuelve en “cosas del pasado”, donde el país entero respira aliviado porque, total, aquí todos somos hermanos. Pasa. Y pasa en la cotidianidad. Cuando en un colmado llaman “moreno” al que no tiene nombre, cuando en un concurso de belleza se elogia el pelo lacio como sinónimo de “profesional”, cuando en la tele los protagonistas son siempre de tez clara y los sirvientes negros. Eso no es un incidente. Es un síntoma. Y los síntomas, si se ignoran, no desaparecen: se cronifican.

No pido que todos luchen. Pido que no pongan palos en la rueda. Que dejen denunciar. Que no nos obliguen a empezar cada conversación desde el principio, como si no hubiera historia, como si la sentencia de 1937 no existiera, como si el racismo fuera una invención de intelectuales resentidos. El racismo no es solo un problema para quien lo sufre. Es un aviso para quien cree que nunca le tocará. Porque el odio, cuando se siente legítimo, no se detiene en una frontera, en un tono de piel, en un origen. Se expande. Y un día, quizá, usted tampoco será el “adecuado”.

Hasta entonces, tenga al menos la decencia de no mirar hacia otro lado.

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