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Trump cruza otra línea roja en Irán y embarca a Estados Unidos en una guerra de alto riesgo para su país

El presidente impulsa un conflicto armado en una de las áreas más calientes del planeta, desoyendo a su propio Pentágono y arrastrando a la nación hacia una confrontación regional cuyas consecuencias nadie puede predecir. Tras saborear la facilidad del operativo contra Maduro en Venezuela, el inquilino de la Casa Blanca ha decidido apostar fuerte contra el régimen de los ayatolás, admitiendo por primera vez la posibilidad de bajas estadounidenses. La guerra prometida que nunca llegó durante su primer mandato ahora se materializa en una ofensiva conjunta con Israel que puede enquistarse justo cuando el país se aproxima a unas elecciones legislativas cruciales.

POR JULIO GUZMÁN ACOSTA
PARA SERVICIOS UMBRAL.COM.DO
01 DE MARZO DE 2026

Hay decisiones presidenciales que huelen a polvo y a pólvora mucho antes de que las bombas comiencen a caer. La madrugada de este sábado, mientras la franja oriental del planeta despertaba envuelta en el estruendo de las explosiones, Donald Trump probó una vez más el sabor de la fuerza militar que ya había degustado apenas dos meses atrás, cuando un comando especial arrancaba de Caracas a Nicolás Maduro para ponerlo ante la justicia estadounidense. Pero lo que entonces pareció una incisión quirúrgica, una operación limpia y sin mayores consecuencias, se ha transformado ahora en una herida abierta en el vientre de Medio Oriente.

Irán no es Venezuela. Esta frase, repetida hasta el cansancio por los estrategas del Pentágono en las últimas semanas, resonó en los pasillos del poder como una advertencia que el presidente decidió ignorar. El régimen de los ayatolás no es una gobierno legítimo tropical desgastada por décadas de sanciones y con una oposición apoyada por la Casa Blanca. Teherán es una teocracia consolidada, con un ejército de más de medio millón de hombres, con misiles capaces de alcanzar cualquier rincón de la región y, lo más importante, con una red de proxies que se extiende desde el Líbano hasta Yemen, desde Siria hasta Irak, dispuestos a encender la pradera en cuanto reciban la orden.

Trump ha decidido emprender esta aventura de la misma manera que emprendió la captura de Maduro: de forma unilateral, sin consultar al Congreso, sin preparar el terreno para convencer a sus votantes, sin importarle que la acción contradiga las promesas de paz que durante años vendió en sus mítines. La ambigüedad calculada que mantuvo durante días, esos silencios elocuentes que precedieron a la operación, no fueron sino el preludio de una decisión que, según fuentes del Pentágono consultadas por este medio, llevaba semanas gestándose en la más estricta reserva.

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El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, intentó frenar la locomotora. En reuniones privadas con el presidente, el militar trazó mapas, mostró informes de inteligencia, desgranó uno a uno los escenarios catastróficos que podrían desencadenarse. Las características geográficas de Irán, su extensión, su complejidad orográfica, la dificultad de cualquier operación terrestre, la capacidad de respuesta de sus fuerzas armadas, la posibilidad de que el conflicto se extienda como una mancha de aceite sobre aguas turbulentas. Todo fue expuesto con la claridad que exige el deber. Y todo fue desoído con la soberbia que permite el poder absoluto.

Trump ha decidido jugárselo todo a una carta: provocar un cambio de régimen. Lo dijo a su manera, en ese discurso de ocho minutos que grabó poco después de que los primeros misiles impactaran en Teherán. «Este régimen terrorista nunca puede tener un arma nuclear», sentenció, invocando la amenaza fantasma que durante años ha justificado las políticas más agresivas de Washington. Olvidó mencionar, quizás porque la historia no cabe en un mensaje presidencial, que el acuerdo nuclear de 2015 —el JCPOA, que él mismo dinamitó con la arrogancia del que cree que siempre puede negociar mejor— ya contenía en su primera página el compromiso iraní de no buscar, desarrollar ni adquirir armas nucleares. Olvidó mencionar que Jamenei, el líder supremo cuya muerte acaban de confirmar las agencias oficiales, había negado en reiteradas ocasiones la intención de fabricar la bomba. Olvidó mencionar que lo que hoy presenta como una amenaza existencial era, hace apenas unos años, un problema resuelto.

El presidente de EEUU, Donald Trump y primer ministro, Benjamín Netanyahu, acusado de genocidio en Gaza en foto de archivo.

Pero la lógica de la guerra no se alimenta de matices. Se alimenta de certezas absolutas, de enemigos totales, de justificaciones que puedan sostenerse sobre el dolor de las víctimas. Y las víctimas ya han comenzado a contarse. Más de doscientos muertos en Irán, según los primeros reportes. Entre ellos, además del líder supremo y la cúpula militar de la Guardia Revolucionaria, más de un centenar de menores fallecidos en el bombardeo contra una escuela primaria de niñas en la localidad de Minab. Un crimen de guerra, según ha denunciado Teherán. Un daño colateral, según la fría terminología de los partes militares.

El reconocimiento de posibles bajas estadounidenses por parte de Trump constituye, quizás, el síntoma más revelador de la gravedad del momento. Durante la llamada Guerra de los Doce Días del verano pasado, ni siquiera se contempló esa posibilidad. El conflicto fue aséptico, quirúrgico, televisivo. Una demostración de fuerza que no costó una sola vida americana. Ahora, el presidente ha admitido lo que ningún inquilino de la Casa Blanca quiere admitir cuando ordena un ataque: que los cuerpos de sus soldados pueden terminar envueltos en banderas, que las familias pueden recibir la visita de los oficiales de uniforme con la noticia que nadie quiere escuchar.

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«Mi administración ha tomado todas las medidas posibles para minimizar el riesgo para el personal estadounidense en la región», dijo Trump antes de concluir su intervención. «Aun así —y no hago esta declaración a la ligera— el régimen iraní busca matar. Las vidas de valientes héroes estadounidenses pueden perderse y podríamos tener bajas. Eso sucede a menudo, pero estamos haciendo esto no por el presente. Lo estamos haciendo por el futuro, y es una misión noble».

Nobleza. Esa palabra, dicha por un presidente que ha hecho del insulto y la descalificación su seña de identidad, suena extraña en este contexto. ¿Qué hay de noble en una guerra que puede enquistarse durante meses, durante años, justo cuando el país se aproxima a unas elecciones legislativas que definirán el equilibrio de poder en Washington? ¿Qué hay de noble en una decisión tomada a espaldas del Congreso, sin el debate que la Constitución exige para emprender acciones bélicas de esta magnitud? ¿Qué hay de noble en arriesgar la vida de los soldados americanos para imponer por la fuerza lo que ya se había conseguido por la vía diplomática?

La respuesta, probablemente, no se encuentra en la nobleza sino en la necesidad política. Trump necesita un trofeo. Necesita justificar ante sus bases MAGA, ya resquebrajadas por las contradicciones de su segundo mandato, que la aventura iraní tiene sentido. Necesita mostrar que el riesgo asumido merece la pena, que el cambio de régimen es posible, que la teocracia de los ayatolás puede caer como cayeron otras tiranías. Pero el coste de ese trofeo puede resultar demasiado alto. Las calles de Teherán, esta madrugada, mostraban la división del país: miles de fieles convocados por el régimen coreaban «muerte a América» mientras, en las azoteas, otros iraníes celebraban con fuegos artificiales la muerte del líder supremo, esperando que las bombas americanas hicieran lo que ellos no habían podido hacer por sí mismos.

Estados Unidos se ha embarcado en una guerra de alto riesgo sin tener claro el puerto de destino. Las defensas aéreas israelíes trabajan a pleno rendimiento mientras los misiles iraníes surcan el cielo de Tel Aviv. El estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial, ha sido cerrado por la Guardia Revolucionaria. Las bolsas temblarán cuando abran el lunes. Y Trump, el presidente que prometió sacar a Estados Unidos de las guerras eternas, acaba de encender la mecha de una que puede durar más que su propio mandato.

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La historia, como siempre, dictará su sentencia. Pero mientras las bombas siguen cayendo y los cuerpos siguen contándose, una pregunta queda flotando en el aire, sin respuesta posible: ¿merece la pena?

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