Francisco Mejía lideró con tres imparables la ofensiva de 11 hits que permitió a los Tigres del Licey doblegar 5-2 a las Estrellas Orientales, en un partido donde los azules mostraron señales de renacimiento.
Por Alejandro F. Guzmán
SANTO DOMINGO.— Bajo las luces del Quisqueya, donde la brisa caribeña se mezcla con el eco de las porras, Francisco Mejía escribió con madera una noche de resurrección para los Tigres del Licey. Con tres dobles que resonaron como martillazos en las graderías, el receptor no solo impulsó la victoria de 5-2 sobre las Estrellas Orientales, sino que encendió una chispa de esperanza en un equipo que busca renacer tras una sequía de sietes derrotas.
Desde el primer inning, el partido olió a cambio. En la segunda entrada, con el juego aún virgen, Mejía lanzó el primer aviso: un doble al prado derecho que pareció despertar a un gigante dormido. Tras él, una sucesión de jugadas inteligentes —un vuelo de sacrificio, otro doble de Michael De La Cruz— empezaron a tejer una ofensiva de 11 hits que fluyó con la precisión de un reloj recién afinado.
Pero fue en la tercera entrada cuando el Licey destapó la furia. Mejía volvió a la carga, enviando otro batazo al callejón que inició una seguidilla de tres carreras. Cada doble de Mejía no fue solo un hit: fue una declaración. Mientras los bateadores azules movían corredores con la frialdad de un estratega, en el montículo Paolo Espino contuvo con profesionalismo el avance de las Estrellas, permitiendo solo dos carreras en su labor de 3.2 entradas.
Las Estrellas Orientales, por su parte, intentaron reaccionar. El doble de Euribiel Angeles en la cuarta entrada que impulsó la primera carrera del equipo purpura despertó brevemente a su fanaticada, pero la bullpen de los Tigres —con Adonis Medina como figura destacada— apagó cualquier asomo de rebelión. Cada lanzamiento de los relevistas azules fue un cerrojo que condenó a las Estrellas a su novena derrota de la temporada.
Al final, las cifras hablaron por sí solas: Mejía perfecto de 3-3, Mel Rojas Jr. y Armando Álvarez con dos hits cada uno, y una defensa que no cometió errores. Fue una victoria construida sobre la base de ofensiva oportuna y pitcheo sólido —la fórmula exacta que necesitaba un equipo que lucha por encontrar su identidad.
Mientras el estadio se vaciaba y los últimos ecos del «¡Licey! ¡Licey!» se perdían en la noche, los Tigres empacaban sus bates con una nueva confianza. La temporada es larga, pero en las líneas de box score de esta noche quedó escrita una promesa: que esta pueda ser la chispa que encienda el fuego de su resurgencia.