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«No pedimos permiso»: José Estalin Quezada y la izquierda que vuelve a la calle para ganar las urnas

Abogado, activista y presidente de Juventud Caribe, José Estalin Quezada Perera irrumpe en el debate dominicano con una agenda que mezcla derechos laborales, soberanía ambiental y una izquierda que no le teme a las urnas. En un país donde el 48% de abstención habla de una ciudadanía que dejó de creer, este joven de San Pedro de Macorís exige renovación a la izquierda histórica, coherencia al Estado y honestidad al debate público. No habla desde los márgenes. Habla desde la calle, desde el expediente jurídico y desde una generación que heredó conquistas que no vivió ganar.

Por Redacción de Política 
Umbral.com.do

Hay un momento en las marchas del Día del Trabajo en que el ruido desaparece. No porque cesen los cánticos ni las consignas, sino porque alguien dice algo que obliga a escuchar. José Estalin Quezada conoce ese instante. Lo ha vivido en cada esquina de Santo Domingo, en cada expediente de desahucio laboral, en cada viaje con su padre —el cineasta Andrés Quezada, ya fenecido— que lo llevó de niño a recorrer un país donde la izquierda parecía haberse extraviado en el espejo retrovisor.

Hoy, a sus treinta y tantos años, Quezada preside Juventud Caribe y lleva consigo una pregunta que no admite silencio: ¿por qué una generación que creció con el PRM en el poder, que nunca vio una alternativa gobernando, sigue marchando? La respuesta, para él, no está en la nostalgia sino en la urgencia.

Una izquierda que no supo traducir las luchas en votos

Quezada no viene a enterrar a nadie. A la izquierda histórica —la de la posguerra civil, la de los años 70 y 80— le expresa «gratitud, por sentar los precedentes». Pero el reconocimiento no le impide el diagnóstico: «El fraccionamiento temprano provocó que no se pudieran estructurar como poder político en unas décadas donde lideraban todo el movimiento social». Esa fractura, advierte, fue aprovechada por los aparatos represivos del Estado, que «no escatimaron esfuerzos en masacrar y perseguir a los líderes».

El resultado está a la vista: una izquierda que hoy tiene en promedio en sus filas, hombres y mujeres con más de 60 años de edad y que no ha logrado convertir décadas de lucha social en representación electoral real. Pero Quezada no se resigna. «El hecho de que aquí aún hay jóvenes marchando con ideales claros demuestra que se pueden construir alternativas políticas diferentes», sostiene.

La cesantía como campo de batalla

Cuando la Comisión de Trabajo de la Cámara de Diputados aprobó a finales de abril un informe que, según sus promotores, «no toca la cesantía», Quezada no se dejó tranquilizar. «No te puedo garantizar la certeza de que van a garantizar la cesantía; de lo que estoy seguro es de lo que provocaría no garantizarla», afirmó con la precisión de quien conoce tanto el Código de Trabajo como la temperatura de la calle.

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Frente al argumento empresarial —la Copardom y la ANJE insisten en que la cesantía encarece la contratación formal y frena el empleo juvenil—, Quezada responde con una pregunta que desnuda la contradicción: «¿Cuándo vamos a fomentar carreras desarrolladas en tecnologías o desarrollo de la agricultura? ¿Cuántos jóvenes tenemos estudiando esto en la universidad estatal y en qué condiciones lo estudian?».

Para él, el verdadero freno al empleo joven no es la cesantía, sino «los estereotipos y el nepotismo», que han «superado la capacidad e iniciativa de cualquier joven». Y lanza otra pregunta que resuena más allá del debate laboral: «¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que los empleos públicos estén atados a conexiones políticas?»

Sobre la posible extensión del período de prueba del primer empleo de tres a seis meses —una de las medidas que acompañaría la reforma—, Quezada es categórico: «Esto es lo que le llaman una ‘victoria pírrica’. Mantener la cesantía sería un éxito para la clase trabajadora, pero al costo de ceder la estabilidad de miles de jóvenes», que podrían ser explotados durante casi seis meses y luego descartados sin consecuencias para el empleador.

Tres demandas mínimas para la juventud trabajadora

Cuando se le pide concretar su agenda, Quezada abandona la retórica y enumera con precisión de abogado:

Primero, la garantía del primer empleo como política pública del Estado. Señala una «clara desconexión entre el Ministerio de Trabajo y el desarrollo de su política en relación con los nuevos profesionales, tanto universitarios como técnicos superiores, que salen miles todos los años, sin garantía de trabajar en lo que estudiaron».

Segundo, un salario digno. «Si bien es cierto que un joven trabajador no tiene una experiencia sénior, no debemos precarizar su estabilidad económica con sueldos precarios».

Tercero, descentralizar. Quezada propone «desarrollar una política de educación superior y de trabajo enfocada a las necesidades económicas locales, descentralizar los trabajos de las grandes urbes, desarrollar y mantener a profesionales en las comunidades y demás provincias del país».

En materia salarial, cita una consigna que escucha en las marchas —»Suban los salarios y bajen la comida»— y la convierte en pregunta política: «¿La gente vive o sobrevive en República Dominicana?» Su respuesta es directa: «Hay que dejar de convertir los derechos de la gente en un modelo de negocio».

San Juan, el agua y la soberanía natural

Quezada no es solo un activista laboral. De niño, hasta que la pandemia se llevó a su padre en 2020, viajó por todo el país. Por eso su voz pesa en el debate ambiental que hoy sacude a la nación. Antes de que el presidente Luis Abinader frenara la posible actividad minera en Romero, San Juan, Quezada había escrito: «El agua vale más que el oro». Y desmontó con argumentos jurídicos y técnicos la Ley 146-71 sobre Minería, a la que califica sin ambages como «una ley de ‘extracción’, no de ‘desarrollo'».

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Su análisis va más allá del rechazo emocional: documenta cómo los mecanismos financieros —exoneraciones de aranceles por 25 años, precios de transferencia, regalías fijas— permiten que las empresas mineras «reduzcan drásticamente sus aportes al Estado dominicano», mientras los pasivos ambientales del cierre de minas terminan siendo «un subsidio invisible que el país paga con su patrimonio natural y fondos públicos».

No se opone a toda minería. Propone una alternativa: una minería estatal responsable que adopte técnicas como el dry stacking —que reduce hasta un 90% el impacto ambiental—, viable geográfica y climáticamente para el país. Pero su pregunta de fondo es política: «¿Hasta cuándo el interés del capital superará la soberanía y el verdadero interés nacional de preservar la vida y el desarrollo de nuestro pueblo?»

El socialismo, Venezuela, Cuba y Nicaragua

Cuando se le confronta con los referentes más visibles y más cuestionados del socialismo caribeño, Quezada no esquiva. Llama primero a estudiar: «Hacer un ejercicio de entender qué es el socialismo, izquierda, progresismo, comunismo, desde sus bases teóricas». Luego señala la asimetría mediática: «Siempre es curioso que sean los casos más mediatizados y virales, pero ¿por qué no son igual de virales en los países denominados democráticos?».

Y cierra con una interpelación que convierte la pregunta incómoda en espejo: «Cada vez que tomes vacaciones pagas, jornada laboral de ocho horas, cesantía, seguridad social, piensa en que hubo gente que se paró a luchar y arriesgó su vida para que hoy podamos disfrutar eso».

Sobre el 2028, es honesto sin ser derrotista: «El socialismo no será una opción para el próximo cuatrienio», pero no descarta que, ante las adversidades acumuladas, las izquierdas puedan estructurarse como fuerza electoral. El primer obstáculo, dice, es ideológico: «Primero toca derrotar el sesgo mediático impuesto, de que los gobiernos de izquierda no son ejemplos de desarrollo».

Una generación que no pide permiso

José Estalin Quezada no encaja en el molde del dirigente de izquierda que habla para los convencidos. Habla para los que dudan, para los que trabajan, para los que estudian en condiciones precarias y para los que marchan sin saber todavía cómo se llama lo que defienden. Su socialismo no viene de los libros solamente —aunque los cita— sino de la experiencia concreta de una generación que creció con el PRM en el poder y que nunca vio una alternativa gobernando, pero que tampoco está dispuesta a aceptar que esa sea la única historia posible.

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En un país donde el 48% de abstención en las últimas elecciones habla de una ciudadanía que dejó de creer, Quezada apuesta por reconectar la política con la vida cotidiana. No desde la nostalgia de una izquierda que ya fue, sino desde la urgencia de una generación que todavía tiene que construir la suya. Sin permiso. Y sin pedir disculpas.

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