Umbral

Opiniones

Hilda Gautreaux: la luz que no cesa

Aquella muchacha de El Seibo que supo convertir el coraje en jurisprudencia y la ternura en trinchera, sigue siendo faro para las dominicanas que hoy reclaman su lugar en la historia


Hay nombres que la historia escribe con tinta indeleble, no porque hayan buscado el bronce ni la página oficial, sino porque su paso por este mundo dejó una estela de dignidad tan honda que las generaciones venideras no pueden menos que detenerse a contemplarla. Hilda Gautreaux Mazara pertenece a esa estirpe de mujeres que no pidieron permiso para existir, que no aguardaron a que les concedieran un lugar en el relato patrio, sino que lo conquistaron a fuerza de convicción, de sacrificio y de una entereza que aún hoy, a más de medio siglo de su partida, sigue interpelándonos.

Cuando pienso en Hilda —y permítaseme la confianza del cronista que ha investigado sus pasos— no puedo evitar imaginar a esa muchacha de El Seibo, nacida en 1932 bajo el sol implacable de la región Este, en una provincia que olía a caña y a campo, a pobreza digna y a horizontes que parecían vedados para quienes venían al mundo sin más herencia que la necesidad de sobrevivir. El Seibo era entonces, como ahora en tantos aspectos, el país profundo: ese territorio donde la dictadura de Trujillo no necesitaba murallas porque la vigilancia estaba en cada esquina, en cada susurro, en el miedo que se respiraba como se respira el aire.

¿Qué llevó a esa joven seibana, de origen humilde, a convertirse en la mujer que luego sería? ¿Dónde nace la rebeldía? ¿En qué recodo del alma germina la decisión de enfrentar al poderoso, de jugarse la vida por un ideal, de entender que la justicia no es un concepto abstracto sino una tarea cotidiana que exige sudor y lágrimas y, a veces, la propia existencia?

Los biógrafos de Hilda nos cuentan que su despertar político fue temprano, que la sombra del tirano, que todo lo alcanzaba, también tocó su puerta y la de los suyos. Pero no basta con explicaciones sociológicas. En cada ser humano hay un misterio que las ciencias sociales no logran desentrañar. Hilda Gautreaux pudo haber sido una mujer más de su tiempo y su lugar: campesina, ama de casa, quizás maestra de escuela si la suerte le sonreía. Pero en ella habitaba una llama distinta, una vocación de libertad que la llevó a vincularse a las tramas conspirativas que buscaban derribar la dictadura de los treinta y un años.

Y ahí comienza la leyenda.

Porque Hilda no fue de esas revolucionarias de escritorio, de las que firman proclamas desde la seguridad de la distancia. Ella estuvo donde dolía. En la clandestinidad, con el riesgo cierto de la tortura y la muerte. En las cárceles de Trujillo, donde aprendió a defenderse a sí misma ante los tribunales, descubriendo una vocación jurídica que luego pondría al servicio de los demás. En las calles de Santo Domingo, cuando la Guerra de Abril de 1965 la encontró entre las primeras en acudir al llamado del pueblo en armas.

Leer Noticia  La oposición desmonta el relato de Abinader: “Hay una desconexión con la realidad del pueblo”

Conviene detenerse en este punto, porque es donde Hilda Gautreaux alcanza una dimensión que trasciende lo meramente político para adentrarse en lo simbólico, en lo que los antiguos llamaban la ejemplaridad. En abril de 1965, mientras los constitucionalistas resistían el embate de las tropas invasoras y de los sectores más reaccionarios del país, Hilda no solo atendía heridos en la Avanzada Médica —tarea que ya de por sí exigía un coraje fuera de lo común—, sino que asumió la formación militar de otras mujeres en la Academia 24 de abril. Allí, en medio del fragor de la batalla, enseñaba a sus compañeras a defender la soberanía nacional con las armas en la mano.

Imaginemos la escena: una mujer instruyendo a otras mujeres en el manejo de fusiles, en tácticas de combate urbano, en la disciplina necesaria para enfrentar a un ejército regular y a una potencia extranjera. Esto no era un gesto de audacia individual; era la subversión más profunda de los roles establecidos, la demostración palpable de que la lucha por la patria no tenía género, de que las mujeres no estaban para secundar a los hombres sino para compartir con ellos, en igualdad de condiciones, el peso de la historia.

Y sin embargo, Hilda no era una amazona mitológica ni una heroína de mármol. Era una mujer de carne y hueso, con miedos seguramente, con dudas, con la fragilidad propia de todo ser humano. Lo que la distingue no es la ausencia de temor, sino la capacidad de sobreponerse a él. Lo que la hace grande no es la infalibilidad, sino la convicción profunda de que había causas que merecían el sacrificio de la propia vida.

Luego vino la represión de los doce años de Balaguer, ese período siniestro en que la «democracia» exhibió su rostro más cruel, con persecuciones, encarcelamientos, torturas y desapariciones. Hilda, que ya era abogada, se convirtió entonces en defensora de presos políticos. Arriesgaba su integridad cada vez que entraba a un tribunal, cada vez que enfrentaba a jueces complacientes con el poder, cada vez que lograba arrancar de las garras de la injusticia a algún compañero de lucha.

La persecución no se hizo esperar. El régimen sabía que Hilda Gautreaux era mucho más peligrosa que cualquier panfleto subversivo, porque encarnaba la dignidad en persona, porque no había cárcel que quebrantara su espíritu ni amenaza que la hiciera claudicar. Y la persiguieron con saña, con esa mezcla de odio y miedo que los poderosos sienten siempre hacia quienes no se doblegan.

El 15 de junio de 1968, a los treinta y cinco años, Hilda Gautreaux murió. Oficialmente, quizás, la causa fue alguna enfermedad o algún accidente. Pero quienes conocen la historia saben que fue la persecución, los maltratos, el desgaste físico y psicológico de una lucha desigual contra un sistema que disponía de todos los recursos para aplastar a sus oponentes. Murió joven, como mueren los que viven intensamente, como mueren los que no negocian con la injusticia.

Leer Noticia  "El legado de Hilda Gautreaux: una rosa roja en la memoria de abril"

Pero he aquí lo prodigioso: su muerte no fue el final.

Porque Hilda Gautreaux sigue viva en cada muchacha dominicana que decide estudiar una carrera, que se rebela contra los destinos prefabricados, que entiende que su origen humilde no es una condena sino un punto de partida. Sigue viva en las mujeres trabajadoras que el próximo 8 de marzo se concentrarán frente a su estatua en el Parque del Este, para decirle al mundo que la lucha continúa, que las reivindicaciones de entonces son las de ahora, que la soberanía nacional y la emancipación de la mujer son batallas de un mismo frente.

Y sigue viva en la madera esculpida de dos profesionales, con manos de artistas y corazón de pueblo. Esa estatua no es un monumento frío, una pieza decorativa para el deleite de los turistas. Es un altar laico, un lugar de peregrinación para quienes creemos que otro mundo es posible, para quienes sabemos que la dignidad no se negocia y que la justicia, aunque tarde, siempre llega.

Cuando yo era niño en El Seibo —y perdóneseme la digresión personal, pero el cronista también tiene derecho a la memoria—, los mayores hablaban de Hilda Gautreaux como de una leyenda. No había libros sobre ella en las escuelas, no había placas con su nombre en las calles. Pero su nombre flotaba en el aire, se transmitía en susurros de generación en generación, como esas historias que el pueblo guarda en su corazón porque sabe que allí está la verdad que no aparece en los textos oficiales.

Por eso celebro que hoy, en vísperas del 8 de marzo, se recupere su memoria, se honre su ejemplo, se convoque a las nuevas generaciones de mujeres a mirar hacia esa figura que emerge de las brumas del pasado para mostrarnos el camino. Porque Hilda Gautreaux no es solo un personaje histórico; es un espejo donde las dominicanas pueden mirarse para descubrir sus propias potencialidades, para entender que no hay límites que no puedan derribarse, que no hay sueño que no pueda alcanzarse cuando hay convicción y coraje.

A las muchachas de El Seibo, a las jóvenes de todo el país que dudan de sus fuerzas, que creen que el origen humilde es una barrera infranqueable, que piensan que la historia la escriben otros y que a ellas solo les queda el papel de espectadoras, les digo: miren a Hilda Gautreaux. Ella fue como ustedes, de su misma tierra, de sus mismas limitaciones aparentes. Y sin embargo, se convirtió en abogada, en combatiente, en defensora de los perseguidos, en símbolo de una patria que aún hoy, tantos años después, la reconoce como una de sus hijas más ilustres.

El 8 de marzo, a las 9:30 de la mañana, en el Parque del Este, frente a la avenida San Vicente de Paúl, habrá una cita con la historia. Las mujeres trabajadoras honrarán a Hilda Gautreaux, pero en el fondo se estarán honrando a sí mismas, a su propia capacidad de lucha, a su decisión de continuar la senda que ella abrió con tanto sacrificio.

Leer Noticia  Un coronel, un capitán y varios alistados: los rangos de los policías acusados de robo en San Cristóbal

Ojalá que aquella muchacha seibana, la que nació bajo el sol del Este y murió perseguida por defender sus ideas, pueda ver desde algún lugar —desde ese lugar donde habitan los que viven para siempre en la memoria de los pueblos— que su ejemplo no fue en vano. Ojalá que las nuevas generaciones recojan la antorcha que ella dejó caer, y la eleven más alto, y la lleven más lejos.

Porque mientras haya una mujer dispuesta a luchar por sus derechos, mientras haya una trabajadora que reclame justicia, mientras haya una joven que se niegue a aceptar los límites que otros pretenden imponerle, Hilda Gautreaux seguirá viva. Y su luz, esa luz que nació en El Seibo y alumbró los días más oscuros de nuestra historia, no cesará de brillar.

Hola, 👋
Encantados de conocerte.

Regístrate para recibir contenido interesante en tu bandeja de entrada, cada mes.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

Suscríbete

Deja un comentario

Noticias Relacionadas

Ultimas Noticias

Social Share Buttons and Icons powered by Ultimatelysocial
Scroll al inicio