Incendio intencional deja más de 20 comunidades aisladas en medio de un paisaje devastado y de difícil acceso
Por Thiago N. Guzmán
BARAHONA.— La noche llegó antes de tiempo para más de veinte comunidades de esta provincia sureña. Un incendio presuntamente intencional devoró postes y cables del circuito BARA 105, sumiendo en la oscuridad a poblaciones que ahora parecen islas desconectadas del mundo. La Empresa Distribuidora de Electricidad del Sur (Edesur) confirmó lo que muchos residentes ya sabían: el fuego no fue accidente, sino un acto de sabotaje que ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de la infraestructura eléctrica en zonas remotas.
Entre las comunidades afectadas se encuentran La 40, San Juan Bautista, Barrio Nuevo, Fudeco y Juan Esteban, aunque la lista se extiende como un lamento por la geografía escarpada de la región. Santa Elena, El Arroyo, Bahoruco y Ciénaga completan un mapa de penumbra que afecta a miles de personas, muchas de ellas agricultores que ven cómo se deterioran sus productos sin refrigeración, padres y alumnos preocupados ante el inicio del nuevo año escolar.
La batalla contra la geografía
Edesur ha desplegado un operativo que parece misión de rescate en terreno hostil. La zona siniestrada, ubicada en lo profundo de las montañas, es inaccesible para vehículos. Los equipos de reparación deben avanzar a pie, cargando postes y cables sobre sus hombros, desafiando precipicios y veredas que solo los lugareños conocen bien. «Es una carrera contra el tiempo en condiciones casi imposibles», admitió un técnico que prefirió no identificarse.
El circuito BARA 105, de tipo H, resultó severamente dañado. Las llamas no solo carbonizaron la infraestructura, sino que fundieron cables y debilitaron los soportes metálicos, obligando a reemplazar tramos completos del tendido eléctrico. Cada poste quemado representa horas de trabajo bajo un sol inclemente, cada metro de cable nuevo es una victoria pírrica contra la topografía traicionera.
El silencio de los culpables
Aunque Edesur calificó el hecho como «grave atentado contra el sector eléctrico», nadie ha reclamado responsabilidad. En las comunidades, circulan teorías que van desde ajustes de cuenta hasta protestas por el servicio intermitente que caracteriza a la zona. Lo cierto es que el incendio ocurre en un contexto nacional donde los ataques a infraestructura eléctrica se han vuelto recurrentes, aunque rara vez con consecuencias tan devastadoras para comunidades tan vulnerables.
Mientras los equipos de reparación avanzan lentamente, los habitantes sobreviven como pueden. Doña Ana María Feliz, de 67 años, cuenta que ha tenido que enterrar sus medicinas en la tierra para mantenerlas frescas. «Aquí no hay hielo, no hay nevera, no hay nada. Estamos viviendo como en los tiempos de antes, pero sin la salud de antes», dice mientras muestra una bolsa de plástico con insulina que se echa a perder.
La deuda histórica con el sur
Este incidente revela una vez más la precariedad del sistema eléctrico en regiones apartadas. Mientras en Santo Domingo se debaten megaproyectos de generación, en Barahona comunidades enteras dependen de circuitos frágiles que cruzan montañas y ríos sin mantenimiento adecuado. El fuego solo vino a recordar una verdad incómoda: para el país profundo, la electricidad sigue siendo un lujo inestable.
Edesur no ha dado un plazo definitivo para el restablecimiento total, pero fuentes internas sugieren que podría tomar varios días. Mientras tanto, las linternas y velas iluminan las noches barahoneras, y el sonido de los generadores —para quienes pueden costearlos— rompe el silencio de la montaña.