Cuéntale a la gente cuál es el pie que te duele…y verás exactamente cuál es el que “sin querer” te pisan.(Nicolás Maquiavelo)
Hace poco, fui el arquitecto de un evento. Fui el eje central, la persona en quien todo descansaba. Día y noche, mi teléfono no cesaba; la responsabilidad de que todo saliera a la perfección recaía sobre mis hombros. Y, efectivamente, el resultado fue un éxito rotundo. Sin embargo, al finalizar la actividad, el silencio fue absoluto. La soledad que siguió a la intensa jornada fue más estridente que cualquier llamada. Ni siquiera el Presidente de la institución volvió a dirigirme la palabra esa noche.
La verdadera lección llegó al llegar a casa. Me enteré, por casualidad, de que existía una reserva en un lujoso restaurante de la ciudad. Un equipo paralelo, del que yo no sabía nada, se había encargado de ese «detalle íntimo». Unos diez de mis compañeros fueron invitados a la cena de celebración. A mí, el artífice del trabajo y del éxito, ni siquiera me lo informaron.
Fue en ese momento de cruda lucidez cuando lo entendí todo: yo estaba en el entorno, pero no era parte del entorno.
Esta experiencia, que a muchos les resultará dolorosamente familiar, es un microcosmos perfecto de lo que sucede a escalas mucho mayores, especialmente en la política. Ahí están aquellos que lo dan todo por la causa: invierten su tiempo, sus capacidades, sus relaciones e incluso exponen a sus familias. Lo hacen con una fe inquebrantable en alcanzar los objetivos, con la ilusión de llegar al poder y, suponen, disfrutar de los frutos de la victoria.
Sin embargo, cuando por fin se alcanza la meta, una fría realidad se impone: los que hicieron el trabajo no son los que disfrutan del banquete del poder. No son invitados. Peor aún, si se atreven a llamar a los ahora «jefes», se convierten en un estorbo, en un impaciente que «no sabe esperar». Si acaso se les recibe la llamada o se les concede una visita fugaz a un despacho, es con la condescendencia con la que se atiende a un mendigo.
Y si, por casualidad, se les recuerda, su recompensa no es un lugar en la mesa, sino las migajas sobrantes. Son tratados como aquel artefacto usado para prevenir embarazos o enfermedades: una vez cumplida su función, son desechados sin miramientos.
Ante esta dinámica, les invito a hacer un ejercicio de introspección. Juzguen ustedes, ahora mismo o en base a sus experiencias pasadas: ¿Son realmente parte del entorno, o simplemente están en el entorno?
La diferencia es abismal. La primera implica pertenencia, respeto y un lugar en la mesa. La segunda significa ser un recurso, un instrumento útil hasta que deja de serlo. No se dejen utilizar. Reconozcan si su lealtad y su trabajo están siendo valorados o simplemente explotados. Porque al final del camino, lo único que queda después del éxito ajeno es el amargo sabor de haber estado, sin nunca haber sido.