No es oro todo lo que reluce en Oslo. El reciente galardón concedido a María Corina Machado no es un reconocimiento a la paz, sino su más cínica negación. Es una bofetada a los pueblos que, con dignidad y sin patrocinios extranjeros, luchan cada día por una paz con justicia social. A lo largo de la historia de los premios Nobel, han existido omisiones y elecciones cuestionables, pero ninguna había significado una afrenta tan directa a la esencia misma de la lucha por la paz.
Basta escarbar levemente en el currículum de la premiada para encontrar la huella indeleble de la desestabilización. Esta misma figura que hoy recoge los laureles de la paz es quien estampó su firma en el infame decreto de Pedro Carmona durante el efímero y violento golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez en 2002. Aquel documento, que ilegítimamente disolvió todos los poderes públicos, no es un «error juvenil»; es la partida de nacimiento de una vocación antidemocrática. Quien apoya un golpe no puede ser paladín de la paz.
Pero su afán interventionista no se detuvo allí. A lo largo de los años, Machado ha hecho un llamado recurrente y descarado a que Estados Unidos invada a Venezuela, su propia patria. ¿Qué clase de pacifista clama por la invasión militar de su propio país? ¿Qué moral tiene para hablar de libertad quien pide a una potencia extranjera que bombardeé la soberanía de su nación? Esta posición no es la de una luchadora por la democracia, sino la de un peón en el tablero geopolítico de Washington, dispuesta a ver su tierra arrasada con tal de alcanzar el poder. María Corina Machado es, en esencia, una cómplice de la política guerrerista de EE.UU.
Su historial se completa con una estrecha y probada colaboración con los llamados «golpes blandos» y las estrategias de desestabilización. Sus manos están manchadas de sangre por su rol en las violentas Guarimbas, donde se sacrificaron vidas jóvenes en aras de un proyecto político fracturador. Su agenda nunca ha sido la del diálogo, sino la de la asfixia económica, la violencia callejera y la injerencia foránea.
Al premiar a Machado, el Comité del Nobel no honra la paz; la mancha hasta desprestigiarla por completo. Insulta la memoria de líderes genuinos que han dado su vida por la conciliación. Legitima a quienes, vestidos de opositores democráticos, son en realidad caballos de Troya del imperialismo. Este galardón, entregado a una guerrerista, hace saltar en pedazos su integridad, quitando la poca credibilidad que todavía conservaba. El premio a la paz, mancillado de esta manera, ha quedado irremediablemente manchado.
Los pueblos de Nuestra América deben ver en esta farsa una advertencia. La lucha por la paz verdadera, la que se construye con soberanía, diálogo y justicia, sigue más vigente que nunca. Frente al Nobel de la guerra disfrazada, alcemos la voz por los pacificadores anónimos que, sin aspavientos ni patrocinios, trabajan por un mundo donde la paz no sea el premio de los violentos, sino el derecho cotidiano de los pueblos.