El mandatario cubano responde con inusitada dureza a las declaraciones del presidente estadounidense, quien manifestó su deseo de «tomar o liberar» la isla, en una escalada diplomática que contrasta con los recientes contactos entre ambos gobiernos para explorar un acercamiento bilateral.
Por: JULIO GUZMÁN ACOSTA
La Habana ha roto su silencio con la contundencia de quien se sabe observado desde el poderoso vecino del norte. El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, elevó este martes el diapasón de su discurso hasta alcanzar notas de una gravedad poco comunes, erigiéndose en baluarte de la soberanía insular frente a lo que calificó como amenazas públicas y sistemáticas provenientes de la Casa Blanca. En una extensa declaración difundida a través de sus redes sociales, el mandatario cubano lanzó una advertencia directa al expresidente y actual inquilino del Despacho Oval, Donald Trump: «Cualquier agresor externo que avance sobre la isla chocará con una resistencia inexpugnable».
La respuesta de Díaz-Canel, envuelta en la prosa encendida de quien invoca la historia patria, no es un hecho aislado, sino la culminación de una semana de tensiones diplomáticas que han transitado de los cauces discretos de la negociación al estruendo de las declaraciones públicas. El detonante inmediato fueron las palabras de Trump el pasado lunes, cuando, ante periodistas congregados en el Salón Oval, manifestó sin ambages que tendría «el honor» de «tomar o liberar Cuba». «Creo que puedo hacer lo que quiera con ella. Es una nación muy debilitada en este momento», agregó el mandatario republicano, en una afirmación que ha sido interpretada en La Habana como una amenaza existencial.
«Estados Unidos amenaza públicamente a Cuba, casi a diario, con derrocar por la fuerza el orden constitucional», escribió Díaz-Canel en su alegato. «Y usa un indignante pretexto: las duras limitaciones de la debilitada economía que ellos han agredido y pretendido aislar hace más de seis décadas». Con estas palabras, el presidente cubano no solo respondía a la bravata trumpista, sino que tejía un argumento histórico que sitúa el actual momento de crisis como consecuencia directa de la política de asfixia económica mantenida por sucesivas administraciones estadounidenses.
El mensaje presidencial denuncia que desde Washington «pretenden y anuncian planes para adueñarse del país, de sus recursos, de las propiedades y hasta de la misma economía que buscan asfixiar para rendirnos». «Solo así se explica», abundó Díaz-Canel, «la feroz guerra económica que se aplica como castigo colectivo contra todo el pueblo» de Cuba, en una clara referencia al bloqueo que pesa sobre la isla desde hace más de sesenta años.
La aspereza del tono empleado por el mandatario cubano contrasta de manera notable con la moderación mostrada apenas cuatro días antes. El pasado viernes, en unas declaraciones que sorprendieron por su talante conciliador, Díaz-Canel había admitido que su gobierno sostenía conversaciones con representantes de la Administración republicana. «En los intercambios que se han sostenido, la parte cubana ha expresado la voluntad de llevar a cabo este proceso, sobre bases de igualdad y respeto a los sistemas políticos de ambos Estados, a la soberanía y a la autodeterminación de nuestros gobiernos», manifestó entonces el presidente, en un tono que invitaba al entendimiento bilateral.
Aquel primer gesto de apertura, que parecía indicar una disposición al diálogo en medio de la debacle económica que atraviesa la isla, encontró eco al otro lado del estrecho de la Florida. El domingo, el propio Trump confirmó la existencia de esos contactos y reveló que Cuba quería «llegar a un acuerdo». Sin embargo, la aparente ventana de entendimiento se cerró con estrépito apenas veinticuatro horas después, cuando el presidente estadounidense lanzó su provocadora idea de «tomar Cuba», acompañada de filtraciones a la prensa que apuntaban a un escenario de transición política sin Díaz-Canel al frente, siguiendo el modelo aplicado en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro y el apoyo a Delcy Rodríguez como «presidenta encargada».
La escalada diplomática continuó este mismo martes con un nuevo frente abierto por el secretario de Estado, Marco Rubio. El funcionario estadounidense condicionó cualquier acercamiento a que La Habana realice «cambios drásticos» en su política económica. Esta exigencia se produjo horas después de que el gobierno cubano anunciara su disposición a entablar una relación comercial «fluida» con empresas estadounidenses, en lo que constituía un gesto de apertura sin precedentes recientes.
En el trasfondo de este tenso intercambio de declaraciones subyace una realidad incontrovertible: Cuba es un país independiente y, como tal, las soluciones a sus problemas deben ser encontradas por los cubanos que habitan la isla, sin injerencias externas que pretendan tutelar su destino. El aporte que legítimamente corresponde hacer a Estados Unidos para aliviar la crisis que atraviesa la nación caribeña no es otro que la eliminación del criminal bloqueo que durante más de seis décadas ha sofocado su economía y lastrado el bienestar de su pueblo. Mientras tanto, la retórica incendiaria y las amenazas de intervención no hacen sino alejar la posibilidad de un entendimiento que, a juzgar por los recientes contactos, ambas partes parecían estar explorando en la intimidad de los canales diplomáticos.