Hay momentos en la historia de las naciones en que las palabras se convierten en la primera trinchera. A veces, la única. Ayer, desde La Habana, Miguel Díaz-Canel ocupó esa posición con la firmeza de quien sabe que, detrás de su voz, se yergue un pueblo que ha hecho de la resistencia su principal divisa. «Cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable», advirtió el mandatario cubano. Y no era retórica. Era la historia hablando por su conducto.
Porque si algo ha demostrado Cuba a lo largo de más de seis décadas es que la dignidad no se rinde, no se pliega, no se negocia. Lo han intentado todo contra la isla: invasiones, atentados, terrorismo, aislamiento, asfixia. Y, sin embargo, ahí está. De pie. Con las heridas abiertas por un bloqueo que es, en esencia, el castigo más prolongado y cruel que se haya infligido jamás a pueblo alguno, pero con la frente en alto.
Las declaraciones de Donald Trump, manifestando su deseo de «tomar o liberar» Cuba, no son una simple bravata de quien se siente con derecho a disponer del destino de otras naciones. Son la expresión más cruda de una mentalidad imperial que nunca ha terminado de asumir que Cuba no es una propiedad, ni un feudo, ni una pieza de caza mayor. Es una patria. Con toda la carga de soberanía, de historia y de sacrificio que esa palabra encierra.
Llama poderosamente la atención, eso sí, el contraste entre el tono de la respuesta de Díaz-Canel y la disposición al diálogo que el propio gobierno cubano había mostrado apenas días antes. El viernes, el presidente cubano admitía conversaciones con representantes de la Administración republicana, en busca de un entendimiento sobre bases de igualdad y respeto mutuo. El domingo, Trump confirmaba esos contactos. Pero el lunes, el inquilino de la Casa Blanca ya estaba hablando de «tomar» la isla.
Algo se rompió en el camino. O quizá no. Quizá lo que ocurrió es simplemente que el rostro amable de la diplomacia dejó paso al rostro real del poder cuando se siente con la fuerza suficiente para imponer sus condiciones. Las filtraciones sobre una transición sin Díaz-Canel al frente, emulando el modelo aplicado en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, despejan cualquier duda sobre las verdaderas intenciones de Washington.
No se trataba de negociar. Se trataba de rendir.
Y Cuba no se rinde. Esa es la lección que el imperio parece no terminar de aprender. Puede que la economía esté debilitada, que las dificultades sean inmensas, que el pueblo cubano lleve demasiado tiempo soportando lo insoportable. Pero rendirse no es una opción. No lo fue en Playa Girón. No lo fue en los años del Período Especial. No lo será ahora.
Marco Rubio, desde su posición de secretario de Estado, ha condicionado cualquier acercamiento a que La Habana realice «cambios drásticos» en su política económica. Lo hace, además, justo cuando el gobierno cubano anuncia su disposición a entablar una relación comercial fluida con empresas estadounidenses. Es decir, cuando da un paso al frente en la dirección que supuestamente se le reclama. La respuesta es más exigencias. Siempre más. Porque el objetivo no es el cambio, sino la rendición.
Conviene recordar, aunque parezca obvio, que Cuba es un país independiente. Que sus problemas, que son muchos y profundos, deben ser resueltos por los cubanos que habitan la isla, no por burócratas sentados en Washington ni por políticos que ven en la isla un trofeo que exhibir ante sus electores. El aporte que legítimamente corresponde hacer a Estados Unidos no es la injerencia, ni las amenazas, ni los ultimátum. Es, sencillamente, la eliminación de ese bloqueo criminal que durante más de sesenta años ha sofocado la economía cubana y lastrado el bienestar de su pueblo.
Todo lo demás es ruido. Un ruido que, ayer, encontró enfrente un muro. No de silencio, sino de fuego retórico. El muro de la dignidad. Ese que los cubanos llevan construyendo, piedra sobre piedra, desde mucho antes de que a nadie en la Casa Blanca se le ocurriera que la isla podía ser tomada como quien toma una mesa de juego.
Que quede claro: Cuba no se toma. Se respeta. Y si algo ha demostrado su historia reciente es que, contra todo pronóstico, contra toda lógica del poderoso, contra toda asfixia, la resistencia sigue siendo inexpugnable. Díaz-Canel lo ha dicho. La historia lo avala. Y el pueblo, ese pueblo que llena las gradas de los estadios de Miami cuando juega la selección de béisbol, que envía remesas a sus familiares, que mantiene viva la llama de la cubanía a pesar de la distancia, lo sabe mejor que nadie.
El muro está en pie. Y no será un tuit, por altisonante que sea, el que consiga derribarlo.