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La unidad de la izquierda: una necesidad histórica para disputar el poder en 2028

La propuesta del Partido Comunista del Trabajo (PCT) para construir una candidatura unitaria de las fuerzas progresistas hacia las elecciones de 2028 reabre un debate que la izquierda dominicana ha postergado durante más de seis décadas. En un escenario de creciente desigualdad, amenazas a conquistas sociales y desgaste de los partidos tradicionales, la unidad deja de ser una aspiración ideológica para convertirse en una necesidad política si se pretende ofrecer al país una alternativa real de poder.

Por Julio Guzmán Acosta

La historia política dominicana está marcada por una paradoja difícil de explicar. Mientras en buena parte de América Latina las fuerzas progresistas comprendieron que solo la unidad podía abrirles las puertas del gobierno, en la República Dominicana la izquierda ha permanecido atrapada durante más de seis décadas en la fragmentación, las diferencias tácticas y los personalismos. El resultado ha sido una presencia electoral marginal que no guarda ninguna relación con el peso histórico de sus ideas ni con el creciente descontento de amplios sectores de la sociedad.

La carta abierta presentada por el Partido Comunista del Trabajo (PCT) al G-5 y al Referente de Izquierda Dominicana constituye mucho más que una propuesta organizativa. Es un llamado a romper definitivamente con una tradición de divisiones que ha impedido construir una alternativa política capaz de disputar el poder a los partidos tradicionales.

La pregunta ya no es si la unidad es conveniente. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más puede permitirse la izquierda dominicana continuar dividida mientras el país experimenta una creciente concentración de la riqueza, un deterioro de los derechos laborales y una reducción constante del espacio de participación popular.

Las elecciones de 2028 representan probablemente la mejor oportunidad en décadas para levantar una opción electoral distinta al bipartidismo ampliado que durante los últimos treinta años ha administrado esencialmente el mismo modelo económico. Cambian las siglas, cambian los liderazgos, pero la estructura de poder permanece prácticamente intacta.

PRD, PLD, PRM y Partido Reformista  han gobernado en distintos momentos de la historia reciente. Sin embargo, las profundas desigualdades sociales continúan siendo una constante. El crecimiento económico no ha eliminado la pobreza estructural, la informalidad laboral sigue afectando a millones de trabajadores y los servicios públicos permanecen lejos de satisfacer las necesidades de la población.

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Frente a ese panorama, resulta legítimo preguntarse quién representa hoy a los trabajadores, a los campesinos, a la juventud empobrecida, a las mujeres de los barrios populares, a los pequeños productores, a los pensionados y a quienes sobreviven diariamente en la economía informal.

La respuesta, lamentablemente, es que ese amplio universo social carece de una representación política suficientemente articulada.

Y precisamente ahí reside la importancia de la propuesta formulada por el PCT.

No se trata únicamente de sumar partidos pequeños para aumentar votos. Se trata de construir un movimiento político capaz de incorporar a miles de ciudadanos progresistas que nunca han militado o que abandonaron hace años las organizaciones tradicionales de izquierda porque dejaron de sentirse representados por ellas.

Quizá el mayor error cometido durante décadas ha sido creer que la unidad consiste únicamente en reunir direcciones partidarias alrededor de una mesa.

La verdadera unidad comienza cuando se abre espacio para la sociedad

Existen miles de profesionales, sindicalistas, estudiantes, maestros, intelectuales, dirigentes comunitarios, productores agrícolas y jóvenes comprometidos con las causas sociales que no pertenecen a ninguna organización política, pero mantienen convicciones profundamente democráticas y progresistas. Ese enorme caudal humano constituye probablemente la principal reserva política de la izquierda dominicana.

Sin ellos no habrá alternativa.

Pero tampoco bastará con incorporarlos si no existe una nueva cultura política basada en el respeto mutuo, la democracia interna, la transparencia y la capacidad de construir consensos.

La izquierda dominicana necesita entender que ninguna organización, por importante que sea su historia, posee por sí sola la fuerza suficiente para transformar el país.

La experiencia latinoamericana ofrece lecciones que no deberían ignorarse.

En distintos momentos, coaliciones progresistas lograron acceder al gobierno tras comprender que las diferencias ideológicas eran secundarias frente al objetivo estratégico de disputar democráticamente el poder político. Allí donde prevaleció la unidad, las posibilidades de crecimiento electoral aumentaron de manera significativa. Allí donde predominó la fragmentación, la irrelevancia terminó imponiéndose.

República Dominicana parece haber recorrido este último camino durante demasiado tiempo.

Mientras tanto, muchas de las conquistas sociales alcanzadas por generaciones de trabajadores se encuentran hoy sometidas a fuertes presiones. Los derechos laborales son objeto de debates que plantean su flexibilización; persisten intentos de reducir garantías históricas; los salarios continúan rezagados frente al costo de la vida; la precarización del empleo afecta especialmente a los jóvenes; y los movimientos sociales enfrentan crecientes dificultades para incidir en las decisiones públicas.

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En ese contexto, la unidad deja de ser una aspiración romántica para convertirse en una necesidad política.

No basta con resistir.

Es imprescindible construir una mayoría social y electoral capaz de disputar democráticamente la conducción del Estado y orientar las políticas públicas hacia la justicia social, la producción nacional, la soberanía, la defensa de los servicios públicos, la protección del medio ambiente y el fortalecimiento de los derechos ciudadanos.

Naturalmente, esa unidad no puede edificarse sobre la negación de las diferencias.

Las diferencias existen y seguirán existiendo.

La cuestión consiste en determinar si aquello que une es más importante que aquello que separa.

Cuando la desigualdad aumenta; cuando millones de personas sienten que el sistema político no responde a sus necesidades; cuando la representación popular se debilita y las organizaciones sociales buscan nuevos espacios de participación, persistir en la fragmentación equivale a renunciar voluntariamente a cualquier posibilidad de transformación.

El pueblo dominicano posee una larga tradición de luchas democráticas y patrióticas. La herencia de figuras como Máximo Gómez, Gregorio Luperón y tantos hombres y mujeres que defendieron la soberanía nacional recuerda que las grandes victorias colectivas nunca fueron fruto del aislamiento, sino de la capacidad para construir amplias alianzas en torno a objetivos comunes.

Hoy ese desafío vuelve a presentarse.

La izquierda dominicana dispone todavía de tiempo para construir una propuesta electoral competitiva hacia 2028, pero el reloj político avanza con rapidez. Cada año perdido será más difícil recuperar después.

La unidad no garantiza automáticamente el triunfo electoral.

La división, en cambio, garantiza casi siempre la derrota.

Por eso la convocatoria formulada por el Partido Comunista del Trabajo merece ser asumida con seriedad por todas las organizaciones progresistas, democráticas y revolucionarias del país. No como un llamado a la subordinación de unas fuerzas respecto de otras, sino como la oportunidad de inaugurar una nueva etapa política en la que prevalezcan los intereses del pueblo sobre los intereses particulares de cada organización.

Disputar el poder a las élites económicas y construir un proyecto nacional de justicia social exige una izquierda capaz de actuar unida, con visión estratégica y vocación mayoritaria.

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Después de más de sesenta años de dispersión, la historia parece ofrecer una nueva oportunidad.

Sería un grave error dejarla pasar.

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