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La obsesión del águila: Trump y la locura de querer «tomar» una isla que ha sido sometida a un criminal bloqueo

Hay una dosis de irrealidad que flota sobre el Potomac en estas tardes de invierno, una suerte de espejismo imperial que nubla la visión de quienes, desde la majestuosidad del Despacho Oval, creen poder reconfigurar el mapa del Caribe con la misma facilidad con la que se traza una línea sobre un mapa de pacotilla. El lunes, desde la santidad de su escritorio, el presidente Donald Trump miró hacia el sur y vio, no una nación con una historia de resistencia de más de seis décadas, sino un territorio yermo y propicio para la codicia. «Será un gran honor para mí tomar Cuba», sentenció, como quien anuncia la adquisición de una propiedad vacacional. «Puedo hacer lo que quiera con ella».

Por Julio Guzmán Acosta

La frase, pronunciada con la displicencia del viajero que elige un destino turístico por sus «vistas lindas» y su «gran clima», no es una mera bravuconada. Es la punta de lanza de una estrategia que huele a naftalina de la Guerra Fría, pero que se ejecuta con la frialdad de un corte de suministros. Washington ha decidido asfixiar a la isla hasta el último candil, y lo ha logrado. Desde hace tres meses, ni una gota de combustible foráneo mancha las costas cubanas. El resultado es un apagón total, un silencio eléctrico que cayó sobre la isla este mismo lunes, sumiendo a once millones de personas en la oscuridad y el desconcierto mientras el inquilino de la Casa Blanca fantaseaba con sus playas.

Pero la locura que guía esta política tiene un libreto que va más allá del bloqueo energético. The New York Times reveló ayer, en sincronía perfecta con las bravatas presidenciales, que los negociadores enviados por Washington han puesto una condición innegociable sobre la mesa: la cabeza del presidente Miguel Díaz-Canel. Según cuatro fuentes anónimas familiarizadas con las conversaciones —esas voces que siempre pueblan los pasillos del poder sin mostrar el rostro—, la salida del mandatario cubano es el primer paso para cualquier entendimiento futuro. A partir de ahí, como en un mal chiste, «sería cosa de los dirigentes de la isla decidir los siguientes pasos».

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El presidente de Cuba Miguel Díaz-Canel Bermúdez, objetivo de la administración Trump.

La jugada es tan burda como peligrosa. Se pretende repetir el libreto venezolano, donde la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Nueva York sirvió como trofeo de caza para la galería interna. Sin embargo, la Habana no es Caracas, y el fantasma de Fidel Castro, a ocho años de su muerte, sigue pesando más que cualquier cálculo electoral en Miami. El exilio cubano más ortodoxo, ese que ha financiado campañas y dictado líneas rojas durante décadas, observa con recelo. No se conforman con la caída de Díaz-Canel; ellos exigen la erradicación total del castrismo. Y el castrismo, en la figura del nieto del nonagenario Raúl Castro —conocido en los círculos de inteligencia como El Cangrejo—, sigue sentado a la mesa de negociación junto al secretario de Estado, Marco Rubio. Una ironía digna de una novela de Graham Greene: los halcones del exilio negocian el futuro de la isla con la misma familia que juraron derrocar.

Mientras tanto, en Cuba, la realidad se impone con la crudeza de una cazuela vacía. El hambre, la falta de transporte y las jornadas de hasta veinte horas sin luz han encendido la mecha de la desesperación. El viernes, la sede del Partido Comunista en Morón ardió en llamas, incendiada por jóvenes que ya no distinguen entre el vandalismo y la protesta. El gobierno de Díaz-Canel, atrapado entre la asfixia externa y el descontento interno, ha optado por una rendija de apertura: los cubanos residentes en el exterior —sobre todo en Estados Unidos— podrán volver e invertir en el sector privado. Una reforma económica que huele más a tabla de salvación que a convicción ideológica.

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Trump, sin embargo, no quiere reformas. Quiere una conquista. Quiere una foto en la Casa Blanca con un gobierno títere que le permita presumir ante la historia que fue él quien doblegó a la última isla rebelde. «Es una nación fallida», repitió el lunes, como un mantra que justifica la intervención. «No tienen dinero, no tienen nada. Tienen una tierra linda».

Y es ahí, en esa mirada de terrateniente, donde reside la verdadera locura de Washington. Confundir la resiliencia de un pueblo con la ausencia de recursos. Creer que una isla se «toma» como se toma una trinchera, sin entender que Cuba, incluso a oscuras, sigue siendo una idea. Y las ideas, señor presidente, no se conquistan con bloqueos. Se siembran, se combaten o se negocian. Pero jamás se toman.

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