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El crimen de la luz: Cuba ante la agonía impuesta

La noche cubana ya no es la de los bares de La Habana ni la de los malecones iluminados por la luna. Es una noche densa, total, impuesta. Una oscuridad que no nace de la voluntad de sus habitantes ni de un capricho de la naturaleza, sino de la maquinaria más implacable que haya conocido la política exterior moderna: el bloqueo de Estados Unidos, ese cerco criminal que durante más de sesenta años ha pretendido rendir por hambre a un pueblo que solo defiende su derecho a existir con dignidad.

Lo que ocurre hoy en Cuba no es una crisis energética más. Es una ejecución programada. Desde que el pasado 29 de enero la administración Trump declarara la «emergencia nacional» para la isla, amenazando con sanciones a cualquier país que se atreva a proveerle combustible, el grifo del mundo se ha cerrado para los cubanos. Tres meses sin que entre una sola gota de petróleo. Tres meses de asfixia calculada, de apagones que superan las veinte horas diarias, de hospitales operando a tientas, de niños estudiando a la luz de velas, de abuelos muriendo en silencio porque la oscuridad también apaga los respiradores.

Este lunes, el sistema eléctrico colapsó por completo. Un apagón total sumió a la isla en la Edad Media mientras, al otro lado del estrecho, el presidente de Estados Unidos fantaseaba desde su escritorio con «tomar Cuba» porque, según sus propias palabras, «tiene una tierra linda y vistas lindas». La frivolidad del poderoso que observa el hambre ajena como quien contempla un atardecer desde su balcón.

No nos engañemos. El bloqueo no es una medida política. Es un acto de guerra en tiempos de paz. Es la negación deliberada del derecho más básico: el derecho a vivir. Durante seis décadas, Washington ha perfeccionado este mecanismo de destrucción masiva, blindándolo con leyes extraterritoriales, intimidando a gobiernos, persiguiendo barcos, congelando cuentas y castigando a empresas que osen comerciar con la isla. El objetivo nunca ha sido «promover la democracia», como repiten los voceros de turno. El objetivo ha sido, y sigue siendo, doblegar la dignidad de un pueblo que cometió el imperdonable pecado de querer ser libre.

Y ahora, en su arrogancia, pretenden además decidir quién debe gobernar la isla. Las filtraciones a la prensa neoyorquina hablan de exigencias inaceptables: la cabeza del presidente Miguel Díaz-Canel como condición para cualquier acuerdo. Como si los cubanos fueran marionetas cuyo hilo puede ser cortado desde el norte. Como si la historia de resistencia de una nación entera pudiera resumirse en un cambio de nombre en la tarjeta de presentación de La Habana.

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Desde este medio dominicano, que conoce bien el peso de las intervenciones y el sabor amargo de las imposiciones, hacemos un llamado a los pueblos y gobiernos del mundo. No se trata de simpatías ideológicas. Se trata de humanidad elemental. Se trata de mirar a once millones de seres humanos condenados a la oscuridad por la soberbia de un imperio que no tolera la desobediencia.

América Latina y el Caribe tienen una deuda histórica con la solidaridad. No podemos permitir que, en nuestro propio patio, se consume un crimen de lesa humanidad con la complicidad del silencio. Los puertos de la región deben abrirse al combustible que Cuba necesita. Los cancilleres deben alzar la voz en todos los foros internacionales. La Organización de Naciones Unidas, que año tras año condena el bloqueo por mayoría abrumadora, debe pasar de las resoluciones simbólicas a las acciones concretas.

Porque lo que está en juego no es un gobierno ni un modelo económico. Lo que está en juego es la vida misma. La vida de una madre que no puede cocer los frijoles porque no hay gas. La vida de un enfermo que depende de un respirador eléctrico. La vida de un niño que merece crecer sin que la oscuridad sea su única maestra.

El bloqueo es un crimen. Y los crímenes, cuando son prolongados en el tiempo, no se convierten en política. Se convierten en barbarie. Es hora de que el mundo despierte y diga basta. Es hora de que la luz vuelva a Cuba. No como concesión, sino como derecho.

Que la comunidad internacional actúe. Que los pueblos se movilicen. Que la dignidad cubana no sea apagada por la fuerza bruta de quienes solo entienden el lenguaje del dominio.

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