Umbral

Opiniones

Si estás en Tokio, no pienses en mí

Santo Domingo.– Con una mezcla de ironía, humor y reflexión crítica, el autor cuestiona los rituales y frases hechas que suelen repetirse tras la muerte de una persona, al tiempo que reivindica la importancia de valorar, apoyar y reconocer a los seres queridos mientras están vivos, antes de que los homenajes lleguen demasiado tarde.

Me ha tocado ver muchos muertos. Yo también me voy tras cada rostro y cuerpo que en un instante fueron abrazo, idea, “te veré pronto”, “cuídate”.

La muerte siempre ha sido un acto social. Mientras más rápido das la noticia, pareciera que vas escalando el Kilimanjaro. Así demostramos contactos, que luego serán poder, cheverismo, todo bajo control. Pero lo terrible de esas partidas es la explosión de los consabidos rituales: la gente removiendo baúles, constatando que estuvo ahí, con fulanito. Lo sabemos y no podemos hacer nada.

Antes asumía como parte del duelo un listado de frases hechas. Pero como nunca cambian y —peor aún— ahora se multiplican como repiques de gongs de monjes tibetanos, ya forman parte de ese Diccionario de la Basura que algunos tendremos en la mesa de noche.

Tres frases en particular se han convertido en la carne de estos sancochos:

Paz a su alma.
Dale, Señor, el descanso eterno.
Brille para él la luz perpetua.

Lo que evidencian estas tres fórmulas tan cristianas es la sospecha de que fuiste un revoltoso y que te mereces, para siempre, un descanso; e igualmente, que jamás faltará la luz.

No me imagino un mundo donde siempre haya luz: sería un exceso.

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El concepto de descanso es algo físico, regido por la ley de la gravedad. No existiría descanso si no hubiese ejercicio; el descanso eterno equivale a convertirse en piedra. Ni siquiera en un vegetal, porque las plantas están expuestas a las leyes de Lavoisier, ¿recuerdas? Oh sí, Pequeño Saltamontes: aquello de que todo crece, a veces se reproduce y, naturalmente, muere. Nada de esto aplicaría, por supuesto, si te encuentras fuera de la órbita terrestre. De manera que es posible que accedamos a la condición de marcianidad después de la muerte. ¡Lo que no lograron los personajes de El túnel del tiempo lo lograrán los cristianos consecuentes!

Dentro de estas metáforas cristianas también se cuelan algunos orientalistas. Cada vez que alguien «firma para el equipo de Los Ángeles», una amiga escribe algo así como “en tu camino de luz”.

Como diría el comentarista hípico, “para los que llevan anotaciones”, les pido lo siguiente: ahora que estoy vivo —y antes de que me toque visitar al endocrinólogo, a la diabetóloga y a Impuestos Internos— les rogaría que me apoyen, que me den más luz aquí en la tierra, que me compren mis libros, que me inviten a ricas cenas o desayunos. No les pido que me lleven a Jarabacoa, Las Terrenas o Casa de Campo, porque sé que se me han adelantado sus nietos.

Ahora que estoy tratando de concluir no sé cuántos libros, ayúdenme a terminar el proyecto sobre Pedro Henríquez Ureña, las obras sobre Puerto Plata, Santiago y Barahona, y a seguir difundiendo la grandísima literatura de las mujeres dominicanas y de nuestros clásicos (que los tenemos).

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Y no me vengan con diplomas ni reconocimientos, que con eso no le compro comida a mis gatos ni los llevo a la veterinaria de la UNPHU, que eso cuesta. Tampoco me sigan viniendo con el “guao, qué trabajador eres, qué cosas tan hermosas has hecho”, que —como dirían en Rancagua— eso me hincha las pelotas. Ni se tomen fotos conmigo, que sería peor aún: patético. Y si se descuidan, sólo permiso de publicar fotos mías si es que incluyen unos bigoticos ridículos que usaba en los 80.

Pero tampoco voy a exagerar. Me conformo, en verdad, con pocas cosas. Es más: con que sigan pensando en mí cuando vean un queso de hoja en la Autopista Duarte será suficiente. ¡Pero no se olviden de llamarme y entregármelo, por favor! En caso de que estén en Madrid o Nueva York, tampoco voy a exagerar. Y si es en Tokio, ya los eximo de pensar en mí.

En fin, no me deseen después luz alguna, y mucho menos descanso, que eso sería el colmo. Pero tampoco voy a seguir mendigando, porque tampoco tenemos que descarrilarnos en un artículo que comenzó pensando el Diccionario de la basura y no quiere ser ahora tirado al cesto.

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