Estos grupos, autodenominados «defensores de la soberanía», operan con una impunidad que solo puede explicarse por algún grado de tolerancia institucional. Visten uniformes similares a los de las Fuerzas Armadas, usan rangos militares y se atribuyen facultades que corresponden exclusivamente al Estado.
Por Julio Guzmán Acosta
En los últimos meses, un fenómeno inquietante ha ganado terreno en República Dominicana: el surgimiento de grupos paramilitares que, amparados en uniformes, simbologías castrenses y una retórica nacionalista, han comenzado a suplantar funciones propias del Estado. El más notorio de ellos y violento es La Antigua Orden Dominicana, que ha asumido abiertamente el rol de perseguir, hostigar y criminalizar a migrantes haitianos, actuando como una suerte de «policía migratoria paralela». Lo más grave, sin embargo, no es su existencia, sino el silencio cómplice —cuando no la posible connivencia— de sectores del gobierno de Luis Abinader y de estamentos policiales o militares que, por acción u omisión, permiten este peligroso juego al margen de la ley.
Paramilitarismo: ¿Nacionalismo o Anarquía?
Estos grupos, autodenominados «defensores de la soberanía», operan con una impunidad que solo puede explicarse por algún grado de tolerancia institucional. Visten uniformes similares a los de las Fuerzas Armadas, usan rangos militares y se atribuyen facultades que corresponden exclusivamente al Estado, como la interceptación de migrantes o la realización de «patrullajes fronterizos». La Antigua Orden Dominicana, en particular, ha viralizado sus acciones en redes sociales, donde exhibe detenciones arbitrarias y discursos de odio contra la comunidad haitiana, todo bajo una falsa narrativa de «protección nacional», o de “defensa de la patria”.
Pero aquí no hay heroísmo, ni patriotismo, sino ilegalidad. Ninguna democracia saludable puede permitir que grupos armados no estatales asuman roles de seguridad pública. Si estos actores actúan con tal descaro, es porque confían en que no habrá consecuencias. Y hasta ahora, el gobierno del PRM les ha dado la razón: su silencio es interpretado como un aval tácito.
El Estado Paralelo y la Omisión Deliberada
Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible que estos grupos operen sin que las autoridades intervengan? ¿Por qué no se desmantelan sus estructuras ni se investiga su financiamiento? La respuesta más preocupante es que, detrás de este fenómeno, podrían estar actores con vínculos a mandos policiales, militares o incluso políticos que comparten su agenda ultranacionalista y xenófobo. No sería la primera vez que sectores radicales de ultraderecha encuentran cobijo en instituciones que deberían garantizar el orden constitucional.
El gobierno de Abinader, que llegó al poder prometiendo transparencia y apego a la ley, no puede fingir que no ve lo que ocurre. Su pasividad envía un mensaje peligroso: que en República Dominicana se puede tomar la justicia por mano propia si se hace bajo la bandera del «patriotismo». Peor aún, debilita la ya frágil credibilidad del Estado en su capacidad para gestionar la migración y la seguridad fronteriza con apego a los derechos humanos y los tratados internacionales.
Migración y Populismo: Un Cóctel Explosivo
El tema migratorio es complejo, especialmente en lo relativo a la masiva presencia de nacionales haitianos, y demanda soluciones integrales, pero la respuesta no puede ser la legitimación de milicias, armadas o no. Al permitir que estos grupos asuman roles de vigilancia, el gobierno no solo incumple su deber, sino que alimenta un clima de linchamiento social que puede derivar en tragedias. Basta recordar los episodios de violencia contra haitianos en el pasado para entender el riesgo.
Si Abinader quiere demostrar que su gobierno no está detrás de este fenómeno, debe:
1. Desautorizar y desarticular públicamente estos grupos, investigar sus vínculos con funcionarios y procesar a quienes usen violencia o simbología estatal ilegalmente.
2. Fortalecer las instituciones responsables (Dirección General de Migración, CESFRONT, Policía) para que cumplan su rol sin necesidad de «ayuda» paramilitar.
3. Condenar sin ambigüedades el discurso de odio y la justicia extraoficial, que erosionan la democracia.
El PRM y Luis Abinader no Pueden Lavarse las Manos
El silencio del gobierno ante el paramilitarismo no es neutral: es una forma de complicidad. Si Luis Abinader no actúa ahora, estará permitiendo que se consolide un Estado paralelo, alimentado por el odio y la impunidad. República Dominicana merece un debate serio sobre migración y seguridad, pero desde las instituciones, no desde las turbas uniformadas.
La historia juzgará a este gobierno no solo por lo que hizo, sino por lo que dejó hacer. Y hasta ahora, el balance es alarmante.